lunes, 4 de noviembre de 2013

"Karl Bloosfeldt"





LOS CAZADORES deMENTES





Karl Bloosfeldt
Alemania, 1864-1932



Fotografía bajada de la red.












"El principio de todo"





     En el principio del mundo y de todas las cosas, sólo existía el Caos. Desorden, choque de elementos, amalgama indefinible en la que sólo habitaba el germen de todas las cosas. Desde los orígenes del tiempo, el Caos lo inundaba todo, lo sumergía todo en sus pliegues informes, todo lo abarcaba desordenadamente, llenando de confusión las cosas visibles  y las invisibles.
     Mas de ese caos informe surgió repentinamente un latido, una convulsión de vida y de belleza que, al paso de un tiempo improbable, fue trocándose en un cuerpo hermosísimo, de carne y de sangre: el cuerpo de una mujer. Rodeada por un mundo inestable en el que tierra y agua estaban amalgamados todavía, se puso a danzar sobre las olas, desnuda y magnífica, hasta que, por efecto del movimiento de su danza, el mar, el cielo y la tierra se separaron. Su nombre era Eurínome.




     El mundo comenzó a tener una apariencia ordenada y abarcable. Aun así, la diosa primigenia, la madre universal, siguió danzando, y su cuerpo creó una corriente vigorosa, un remolino preñado de su respiración y de su aliento, rebosante de la humedad que, igual que las gotas del rocío, iba desprendiéndose de su cuerpo en movimiento. Poco a poco una espiral fue rodeándola, abarcándola: por primera vez el lugar en que la tierra habría de asentarse pudo oír el grito del viento.
     De todos los lugares partieron los vientos, unos suaves y húmedos, otros violentos y helados. Una desordenada sinfonía de agudos gritos pobló el horizonte hasta que, sometidos a la cadencia que marcaba la danza de la diosa, un solo sonido pareció sobreponerse a los otros y llenar con su música todos los espacios infinitos. Había nacido el primer viento, el viento del norte, el Bóreas, rebosante de fío y de misterios. Por doquier su aullido movía las cosas del mundo y esparcía semillas de las que brotaban nuevas criaturas.




     La diosa, incansable, siguió danzando hasta que el frío Bóreas fue enfriando sus desnudos miembros. Entonces relajó su cuerpo y alargó sus brazos con el gesto complacido; tomó entre sus manos al viento y lo frotó con fuerza, sin desmayo, con un ritmo creciente y decidido. La fría esencia de Bóreas fue templándose estre las manos de la diosa y su naturaleza etérea pareció tomar cuerpo en el calor que las manos de Eurínome le regalaban. El viento del norte pareció condensarse, adquirir un volumen visible que se convulsionaba al compás del movimiento de la diosa, y entonces, del calor de ese frotamiento, nació un ser de forma casi líquida, como si el manantial de viento que escapaba de las manos de Eurínome hubiera adoptado la forma sinuosa de un río. Así llegó al mundo Ofión, la gran serpiente.




     Eurínome aumentó el ritmo de su danza, que fue tornándose más frenética, más rápida, buscando el calor que la presencia de Bóreas le quitaba. Ofión observaba los movimientos, percibía con su lengua de ofidio el aroma que Eurínome desprendía en cada una de sus inclinaciones, en cada uno de sus giros, y sus ojos, atrapados por aquella belleza en movimiento, se fueron clavando en el cuerpo de la diosa, hasta que el deseo lo venció.
     Ella notó como su cuerpo era rodeado, ceñido por los anillos de la serpiente que ella misma había creado, e, igual que Ofión, sintió que un calor dulce y violento se pegaba a todos sus miembros, y se entregó a él sin resistencia. Fundidos ambos en un abrazo inflamado y caluroso, copularon furiosamente, al abrigo del frío Bóreas que los contemplaba.





     Eurínome quedó preñada de Ofión; abandonó su danza y, agotada y satisfecha, habitó entre las aguas, dejándose mecer por el eterno movimiento del mar. Entretanto, en su interior crecía, por primera vez, el germen de la vida. Contemplaba las crestas de las olas y seguía con la mirada su rumbo infinito, abrumada por el peso de la soledad de un mundo en el que nada alentaba todavía y en el que tierras y aguas, separadas ya por el impulso de su danza, no eran más que tristes y silenciosos desiertos vestidos por sombras permanentes.
     Mas un día Eurínome sintió en su vientre el movimiento violento de la vida. Asustada como cualquier madre primeriza, se acercó a una costa desconocida donde, convulsionada y expectante, depositó en el suelo un huevo brillante y luminoso: el huevo llamado universal. Ofión se enroscó en él, le dio calor mientras la diosa contemplaba, agotada, el efecto de su esfuerzo entre los anillos de aquel amante nacido de sus manos y de la semilla invisible del viento del norte. Ofión se entregó con pasión y con torpeza a aquella tarea secundaria de prestar el calor de su cuerpo al huevo de la vida; presionó con tal fuerza que lo rompió.




     Entonces Eurínome observó el prematuro nacimiento de sus hijos. Un nacimiento que era, a la vez, el del mundo que conocemos. El sol llenó con su luz los días y la luna llenó de sombras las noches; los planetas iniciaron sus errantes caminos por el cielo y las estrellas lo iluminaron; los monte rivalizaron con los valles en lo que antes eran sólo llanuras baldías; brotaron los árboles y fluyeron los ríos, en cuyas riberas germinó la hierba, y prosperaron las flores. Eurínome y Ofión, satisfechos y felices, se retiraron a las faldas de un monte que ya nunca dejaría de ser sede permanente de dioses y sueños: el monte Olimpo. Allí vivieron contemplando cómo palpitaba de vida el nuevo mundo que ellos habían creado.

















Fotografías de Karl Bloosfeldt.
Título y texto extraído de "El rayo y la espada" de Bernardo Souvirón.







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