jueves, 5 de febrero de 2026

"Oscar Valido"

BLOg DE NOTAS


Oscar Valido
Las Palmas de Gran Canaria, 1960















          Lo primero de todo es tener una máquina que a uno le guste, la que más le guste a uno, porque se trata de estar contento con el cuerpo, con lo que uno tiene en las manos. El instrumento es clave para el que hace un oficio, y que sea el mínimo, lo indispensable y nada más. Segundo, tener una ampliadora a su gusto, la más rica y simple posible (en 35mm. la más chica que fabrica Leitz es la mejor, te dura para toda la vida.

          El juego es partir a la aventura, como un velero, soltar velas. Ir a Valparaíso, o a Chiloé, por las calles todo el día, vagar y vagar por partes desconocidas, y sentarse cuando uno está cansado bajo un árbol, comprar un plátano o unos panes y así tomar un tren, ir a una parte que a uno le tinque y mirar, dibujar también y mirar. Salirse del mundo conocido, entrar en lo que nunca has visto, dejarse llevar por el gusto, mucho ir de una parte a otra, por donde te vaya tincando. De a poco vas encontrando cosas y te van viniendo imágenes, como apariciones las tomas.

          Luego que has vuelto a la casa, revelas, copias y empiezas a mirar lo que has pescado –todos los peces– y los pones con su scotch al muro, los copias en hojitas tamaño postal y los miras. Después empiezas a jugar con las L, a buscar cortes, a encuadrar, y vas aprendiendo composición, geometría. Van encuadrando perfecto con las L y amplías lo que has encuadrado y lo dejas en la pared. Así vas mirando, para ir viendo. Cuando se te hace seguro que una foto es mala, al canasto al tiro. La mejor las subes un poco más alto en la pared, al final guardas las buenas y nada más (guardar lo mediocre te estanca en lo mediocre). En el tope nada más lo que se guarda, todo lo demás se bota, porque uno carga en la psiquis todo lo que retiene.

          Luego haces gimnasia, te entretienes en otras cosas y no te preocupas más. Empiezas a mirar el trabajo de otros fotógrafos y a buscar lo bueno en todo lo que encuentres: libros, revistas, etc. Y sacas lo mejor y, si puedes recortar, sacas lo bueno y lo vas pegando en la pared al lado de lo tuyo y si no puedes recortar, abres el libro o las revistas en las páginas de las cosas buenas y lo dejas abierto en exposición. Luego lo dejas semanas, meses, mientras te dé. Uno se demora mucho en ver, pero poco a poco se te va entregando el secreto y vas viendo lo que es bueno y la profundidad de cada cosa.

          Sigues viviendo tranquilo, dibujas un poco, sales a pasear y nunca fuerzas la salida a tomar fotos, porque se pierde la poesía, la vida que ello tiene se enferma: es como forzar el amor o la amistad, no se puede. Cuando te vuelva a nacer, puedes partir en otro viaje, otro vagabundeo: a Puerto Aguirre, puedes bajar el Baker a caballo hasta los ventisqueros desde Aysén; Valparaíso siempre es una maravilla: es perderse en la magia, perderse unos días dándose vueltas por los cerros y calles y durmiendo en saco de dormir en algún lado en la noche. Y muy metido en la realidad, como nadando bajo el agua, donde nada te distrae, nada convencional. Te dejas llevar por las alpargatas lentito, como si estuvieras curado por el gusto de mirar, canturreando. Y lo que vaya apareciendo lo vas fotografiando ya con más cuidado, algo has aprendido a componer y recortar, ya lo haces con la máquina, y así se sigue, se llena de peces la carreta y vuelves a casa. Aprendes foco, diafragma, primer plano, saturación, velocidad, etc. aprendes a jugar con la máquina y sus posibilidades, y vas juntando poesía (lo tuyo y lo de otros), toma todo lo bueno que encuentres, todo lo bueno de otros. Hazte una colección de cosas óptimas, un museíto en una carpeta.

Sigue lo que es tu gusto y nada más. No le creas más que a tu gusto, tú eres la vida y la vida es la que se escoge. Lo que no te guste a ti, no lo veas, no sirve. Tú eres el único criterio, pero ve de todos los demás. Vas aprendiendo, cuando tengas una foto realmente buena, las amplias, haces una pequeña exposición o un librito, lo mandas a empastar y con eso vas estableciendo un piso. Al mostrarla te ubicas de lo que son, según lo veas frente a los demás, ahí lo sientes. Hacer una exposición es dar algo, como dar de comer, es bueno para los demás que se les muestre algo hecho con trabajo y gusto. No es lucirse uno, hace bien, es sano para todos y a ti te hace bien porque te va chequeando.

          Bueno, con esto tienes para comenzar. Es mucho vagabundeo, estar sentado debajo de un árbol en cualquier parte. Es un andar solo por el universo. Uno nuevamente empieza a mirar, el mundo convencional te pone un biombo, hay que salir de él durante el período de la fotografía.



"No le creas más que a tu gusto" de Sergio Larraín.














Imágenes de Oscar Valido.






domingo, 25 de enero de 2026

"un poema eterno"

"UN CAJÓN deSASTRE"






"Tú y yo...
En esta vida no.
Pero, en un poema,
somos eternos".
Osvaldo Salazar





Original.


          Alexander von Humboldt era un hombre bajo y viejo de cabellos bancos como la nieve. Lo seguían un secretario con el blog de notas abierto, un mandadero de librea y un joven con patillas que portaba un trípode con una caja de madera. Se colocaron en su puesto como si lo hubiesen ensayado. Humboldt alargó los brazos hacia la puerta del carruaje.

          Nada sucedió.

          En el interior del vehículo se oía palabras agitadas. ¡No!, gritó alguien, ¡no! Resonó un golpe sordo, después, un tercer ¡No! Durante un rato, reinó el silencio.

          Al fin se abrió la puerta y Gauss bajó a la calle, cauteloso. Cuando Humboldt lo agarró por los hombros y exclamo cuánto honor, qué gran momento para Alemania, para la ciencia, para él mismo, retrocedió sobresaltado.

          Mientras el secretario tomaba notas, el hombre situado tras la caja de madera dijo con voz contenida: ¡Ahora!

          Humboldt se quedó inmóvil. Ese es el señor Daguerre, musito sin mover los labios. Un protegido suyo que trabajaba en un aparato que retendría el instante sobre una capa de yoduro de plata sensible a la luz, arrancándosela a la fugacidad del tiempo. ¡Por favor, no había que moverse por nada del mundo!

          Gauss dijo que quería irse a casa.

         Solo un momento, susurró Humboldt, unos quince minutos, ya habían progresado mucho. Poco antes costaba mucho más, durante los primeros ensayos había pensado que su espalda no lo resistiría. Gauss intentó escabullirse, pero el menudo anciano lo sujetó con sorprendente fuerza murmurando: ¡Informa al rey! Y el mandadero se alejó a la carrera. Después añadió, evidentemente porque la idea acababa de pasarle por la cabeza: ¡Toma nota, analizar la posibilidad de la cría de focas en Wanemünde, las condiciones parecen propicias, presentármelo mañana! El secretario así lo consignó.

          Eugen, que bajaba del carruaje cojeando ligeramente, se disculpó por lo tardío de su llegada.

          Allí no era temprano ni tarde, murmuró Humboldt. Allí solo había que trabajar. Por fortuna aún había luz. ¡Nada de moverse!

          Un policía entró en el patio y pregunto qué ocurría.

           Luego, cuchicheo Humboldt con lo labios apretados.

          Eso era una revuelta, dijo el policía. O se dispersaban en el acto o procedería de acuerdo con las normas oficiales.

          Humboldt precisó en voz baja que era chambelán.

          Perdón, ¿cómo dice?, inquirió el policía inclinándoselas hacia adelante.

          Chambelán, repitió el secretario de Humboldt. Miembro de la corte.

          Daguerre invitó al policía a salir de la imagen.

          El policía retrocedió con el ceño fruncido. Primero, cualquiera podía afirmar eso, y segundo, la prohibición de reunión regía para todos. Y ese de ahí, señaló a Eugen, era a todas luces un estudiante. La situación se tornaba muy peliaguda.

          Si no se marchaba en el acto, dijo el secretario, se metía en un lío que ni siquiera podía imaginar.

          Así no se le habla a un funcionario, respondió vacilante el policía. Les doy cinco minutos.

          Gauss gimió y se soltó.

          ¡Oh  no!, exclamó Humboldt.

          Daguerre pateó el suelo. ¡El momento se había perdido para siempre!

          Como todos los demás, repuso Gauss con calma. Como todos los demás.

          Y era cierto: cuando Humboldt, esa misma noche, mientras Gauss roncaba tan fuerte en la habitación contigua que se le oía en toda la casa, examinó con una lupa la plancha de cobre impresionada, no distinguió nada en absoluto. Y solo después de un rato creyó vislumbrar en ella una maraña de contornos fantasmales, el dibujo evanescente de algo que parecía un paisaje bajo el agua. En el centro, una mano, tres zapatos, un hombro, la bocamanga de un uniforme y la parte inferior de una oreja. ¿O no? Suspirando, arrojó la plancha por la ventana y el oyó el golpe sordo contra el suelo del patio. Segundos después lo había olvidado, como todo lo que le había salido mal alguna vez.



“La medición del mundo”, Daniel Kehlmann.





Coloreada desde Php.



Recreación IA.



«Vista desde la ventana en Le Gras» (en francésPoint de vue du Gras) es la fotografía permanente más antigua que se conserva. Fue tomada por el ingeniero e inventor francés Joseph Nicéphore Niépce en julio de 1824 desde una ventana de su finca, Le Gras, ubicada en Saint-Loup-de-VarennesFrancia.

(Wikipedia)

 

lunes, 5 de enero de 2026

"The Atlas of Beauty"

BLOg DE NOTAS






Mihaela Noroc
Rumanía




"The atlas of beauty"








"Hazme una de esas fotos que tu haces,
empaña el objetivo, desenfoca
lo justo y mide mal la luz. Ahora
que está cayendo el día no es difícil
salir favorecida. Que los rasgos
se suavicen, que todas las arrugas
del alma y del contorno de los ojos
desaparezcan y que quien me mire
piense que puedo merecer la pena.
Y sobre todo, que lo que emocione
de esa foto no sea yo, que salgo
allí, sino tus ojos que la han hecho."

Amalia Bautista




































theatlasofbeauty.com