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lunes, 5 de mayo de 2025

"un cierto rostro referido a una cierta situación"

LA C(r)ÓNICA LUZ











21 de enero

          Sobre la fotografía:
          Las manos levantan la cámara fotográfica a la altura de los ojos y el mundo desaparece. Rápido o despacio, según el grado de urgencia o de provocación de la imagen que va a ser captada, el movimiento de las manos respondió a un estímulo visual. Ahora, por detrás del visor, el ojo hará reaparecer, no el mundo, sino un fragmento del mismo, lo poco que puede caber en un rectángulo cuyos lados, como láminas insensibles, cortan y cercenan el cuerpo de la realidad. En aquel último e ínfimo instante que precede al disparar del objetivo, y como si a lo largo de las líneas que imperativamente limitan el visor existiese una red de microscópicas conductas, el mundo exterior aún intentará penetrar en el espacio que le fue retirado, para dejar en él una señal de su obliterada dimensión. Fragmento de un todo o de su apariencia, cada fotografía, a su vez, es fragmento de fragmentos y, por un movimiento de aproximación y expansión en todas las direcciones, al mismo tiempo que por el movimiento contrario de conversión al punto de resolución que finalmente es, se vuelve, en la imagen única que presenta, lectura múltiple del mundo. Pero eso, sólo más tarde nos será mostrado, cuando la imagen aprehendida haya pasado, revelada, al papel. Entonces sabremos verdaderamente lo que habíamos visto cuando y donde apenas creíamos no haber hecho más que mirar.
          Esparcimos las fotografías delante de nosotros, las disponemos por temas, asuntos, afinidades, queremos que unas hagan preguntas y otras respondan, desearíamos que contasen una historia, aunque sea breve, aunque no llegásemos a conocer el final. Pero parece que es del natural de las imágenes, aunque tomadas de un mismo objeto y en un periodo mínimo de tiempo, que se resistan a perder su identidad: cada una de ellas querrá ser, por supuestas y exclusivas virtudes suyas, el alfa y omega, no sólo de la comprensión de sí mismas, sino también de todos los desciframientos posibles del espacio invisible que la rodea, de esa ausencia representada por la blancura de los márgenes. Lo que la fotografía no puede mostrar es, precisamente, lo que daría sentido de realidad a lo que estuviera mostrando. Por eso quizá sea correcto afirmar que el ojo que ve la fotografía, justamente por ser fotografía lo que ve, no es el mismo, aunque sea lo mismo, que miró y vio una parte del mundo para fotografiarla.












22 de enero

          Sobre rostros y (...)
          Hay quien fotografía rostros buscando en sus trazos el camino hacia un espíritu que se cree que habita por detrás de ellos; hay quien se contenta con captar la superficie plana y obvia de una belleza o de una fealdad inexplicables en sí mismas; hay quien acepta dejarse sorprender por la fotografía que hizo, tal como espera que vaya a sorprenderse el observador de la misma. Más allá de una imagen ¿qué será entonces el rostro para el fotógrafo? ¿Un discurso, una voz, una pluralidad de discursos y de voces? Expresivos hasta la frontera de lo inefable, los rostros son lo que más fácilmente mostramos y lo que más frecuentemente ocultamos. Los rostros sólo son verdaderamente auténticos cuando están desprevenidos: el miedo, la cólera, un impulso que no puede vigilarse, expresan la verdad total de un rostro. En situaciones no extremas el rostro es casi siempre, y sólo, un cierto rostro referido a una cierta situación. Por eso es capaz de revestirse tan fácilmente de expresiones útiles, simulando un sentimiento que no experimenta, una emoción cuando el pulso se mantiene firme y el corazón sosegado, un interés cuando está indiferente. O lo contrario.




Textos, extraídos de "Cuadernos de Lanzarote", de José Saramago.
Imágenes extraídas de la película "Downton Abbey" de Michael Engler.

jueves, 5 de octubre de 2023

"Fotografiar es dar importancia"

LA C(r)ÓNICA LUZ



"Fotografiar es dar importancia"


 “… En las primeras décadas de la fotografía, las fotografías eran necesarias para ser imágenes idealizadas. Este sigue siendo el objetivo de muchos fotógrafos aficionados, para quienes una hermosa fotografía es la fotografía de algo hermoso, una mujer o un atardecer. En 1915 Edward Steichen fotografió una botella de leche en la escalera de incendio de una casa adosada, y dio uno de los primeros ejemplos de una noción totalmente diferente de hermosa fotografía. Y desde los años veinte, los profesionales más ambiciosos, los que llegan a los museos con sus obras, han continuado separándose de temas líricos, explorando conscientemente materiales triviales, hortera o incluso insultante. En las últimas décadas, la fotografía ha logrado forzar a todos a revisar parcialmente las definiciones de lo bueno y lo feo... Si (citando a Walt Whitman) "cada tema o condición o combinación o proceso expresa su propia belleza", se vuelve superficial definir ciertas cosas buenas y no buenas otras. Si "todo lo que una persona hace o piensa es relevante", se vuelve arbitrario considerar ciertos momentos de la vida importantes y algunos otros triviales.

Fotografiar es dar importancia. Probablemente no hay tema que no se pueda hacer hermoso; además, no se puede eliminar la tendencia, insistiendo en todas las fotografías, para dar valor a sus temas..."








Texto: Susan Sontag, “Fotografía, realidad e imagen en nuestra sociedad", 1978.

Fotografía de Edward Steichen, “Botellas de leche en una escalera de incendios”, 1915.




viernes, 10 de marzo de 2023

"La fotografía explicada a los atunes"

LA C(r)ÓNICA LUZ
EL CAJÓN deSASTRE


Kelly Bundy
"Matrimonio con hijos".


Paso la tarde en los jardines de Mirabel. Distraigo el tiempo fotografiando la hojarasca muerta del suelo, alguna nube renqueante y mi propia sombra inútil dibujada sobre el murete del parque.

     Últimamente disparo mi cámara en un gesto de estupor, el ceño fruncido y arrugados los labios. Es un rictus como de asco y extrañamiento puro frente al cadáver de un mundo al que el linternazo de mi cámara hubiera expuesto a la luz en todo su horror. La verdad es que no sé qué pensará la gente viéndome tomar fotografías como un animal espantado, pero lo cierto es que ya no soy capaz de fotografiar sin un punto de desasosiego. Y es que el reportero Dávila ha dejado de utilizar la cámara como un instrumento de plácida contemplación: más bien al contrario, vengo esgrimiendo últimamente el aparato como un arma de defensa personal frente a la realidad inclemente de ahí fuera. Reflexionando sobre mi breve evolución creativa (<<como microbio aturdido por el cosmos>>, apunto en mi libreta en un arrebato confesional), creo distinguir tres etapas fotográficas claramente diferenciadas que he decidido denominar reparadora, explicativa y contraventora.

     Y ahora voy a intentar explicarme. La primera, la etapa reparadora, estaría marcada por el periodismo sanitario y fariseo de los primeros años, anclado en la presunción de ofrecer al mundo con mi trabajo un servicio de reparación universal a todos sus descalabros. Pasado un tiempo, aceptada la ineficacia auxiliadora de la fotografía, pasaríamos, sin solución de continuidad, a la segunda fase, la que llamaríamos la etapa explicativa, en la que me veo utilizando la cámara como llave para una interpretación de ese carnaval planetario nuestro -fase que habría terminado, igualmente, en la ofuscación y el estregamiento más absolutos-; pasaríamos, entonces, a la tercera fase, la etapa contraventora, en la que me encuentro actualmente, nihilista en esencia, supongo, y que tendría como eje la protesta y objeción frente al absurdo vital, y que explicaría este gesto de asquete con el que paseo por Salzburgo, despachando la realidad a disparos, como un operario desinfectando a manguerazos las calles de la ciudad.

    Leyendo estos días a Karl Kraus, creo haber anticipado la que será la cuarta etapa en mi escalada de alimaña ciega por esta covachuela de Platón -en cuyo extremo final, por cierto, no atisbo luz alguna-. Se trataría de la fase, o etapa, que podríamos llamar de sometimiento a una realidad blindada a todo intento elucidador. El escritor vienés ilustra la futilidad de la fotografía recurriendo a una imagen publicada en la prensa que muestra la rey de Sajonia en su visita a una fábrica de agua carbonatada. <<¿Cómo anda el rey?>>, se pregunta el cronista. <<Gracias al registro fotográfico -se responde-, podemos saber que con un pie delante del otro.>> La marcha del monarca, sin embargo, continúa explicando Kraus, se convierte por efecto de la congelación de la instantánea en un patético titubeo, un <<intento de andar>>, tutelado, además, por el ayudante del rey, que, concentrada la mirada en los pies del mandatario, <<parece contar los pasos para que no se salte ninguno: un, dos, un, dos…>>. Así sabremos, al menos, gracias a la fotografía, <<cómo es la suela del zapato del rey de Sajonia>>, concluye, sarcástico, el escritor.

      Pienso en este mundo que, además de irreparable, se muestra inexplicable y que, además de inexplicable, se antoja irreductible; y pienso en la imagen del monarca de este relato, en el vuelo poético de la fotografía alcanzando la mareante cima de la suela del zapato del rey de Sajonia, epítome de la rendición y el sometimiento del hombre, y de su invento fotográfico, a la realidad soberana del mundo.

     Con estos y otros devaneos, y con el compás de la gravilla crujiendo bajo mis pies, he llegado a la escalinata del parque, flanqueada por dos unicornios con barbas de chivo y sonrisa de sátiro. Uno de ellos tiene el cemento del cuerno sajado y el otro soporta en sus lomos a tres turistas orientales sonriendo a la cámara de un compañero. Y recuerdo a una periodista del llamado <<mundo del corazón>> que aseguraba hace unos días en loa televisión, del modo más decidido, que el unicornio se halla en la actualidad en serio peligro de extinción, así dijo, serio peligro de extinción. Interpelada en un siguiente programa por el fundamento de su información, la reportera optó por el más feroz de los ataques en defensa de su <<contrastada credibilidad>>, que veía ahora cuestionada por el presentador: en su descargo matizó que, habiéndose documentado debidamente, <<el unicornio, de hecho, se había ya extinguido>>.

     <<Estamos, pues, entregados sin remedio a las fuerzas desatadas del periodismo>>, apuntaba, lúcido, Karl Kraus.




"Matrimonio con hijos".



(…) Todo este capítulo nuestro sobre la fotografía y el conocimiento verdadero del mundo me ha recordado al vecino de vuelo que le tocó una vez a Pablo Picasso. Cuenta la anécdota que este compañero intempestivo se dedicó a criticar sin empacho durante todo el viaje la falta de tino del artista para dibujar retratos correctamente porque <<los ojos, señor Picasso -le espetaba admonitorio-, van uno al lado del otro y no se ponen de cualquier manera, donde a uno le venga en gana. Eso es faltar a la verdad, señor Picasso, ¡faltar a la verdad!>>. Pero las protestas no se quedaron ahí y el osado atún, ni corto ni perezoso, sacando una foto de la cartera, mostró al pintor una fotografía de su mujer, rematando su lección en tono profesoral: <<Vea usted, señor Picasso, vea usted, ESTO es un retrato de verdad>>. A lo que el pintor, dicen, respondió lacónico: <<Caramba, amigo, no me había dicho usted que su mujer mide cinco centímetros>>. 







"Los amigos de Peter"


Atiende el conspicuo y paciente Gambetti los desahogos de Murau, que reparte sus dispersiones y extraños de iluminado bizantino a lo largo de las páginas insobornables de Extinción. La fotografía asoma en el relato como objeto repetido de las invectivas del narrador: <<Con la invención de la fotografía, o sea, con la iniciación de este proceso de embrutecimiento hace más de cien años, el nivel intelectual de la población mundial desciende continuamente. Las imágenes fotográficas, le dije a Gambetti, han puesto en movimiento el proceso de embrutecimiento universal>>…

     Lo cierto es que las frecuentes lecturas de Extinción, a las que vuelvo por prescripción propia desde hace años, bien podrían estar en el origen, pienso ahora, de la aversión, un punto enfermiza, que vengo incubando hacia la fotografía utilizada como crónica espuria y atolondrada de la realidad. Llevo un tiempo hipersensible y perplejo ante la persistencia con que la especie perpetúa en los medios de comunicación, fotografía a fotografía, noticiero a noticiero, cartel a cartel, los mismos clichés periodísticos, fósiles y centenarios, los mismos patrones de belleza inadmisibles, dictados por las mismas casas de cosméticos y los mismos diseñadores antediluvianos, amortajados en trajes funerarios y momificados por la química cancerígena aplicada sin descanso a sus mejillas. Pienso en la decidida perversión con la que las grandes corporaciones invaden la sesera del espectador que, embrutecido, digiere con una ceguera inusitada todas esas fabricaciones fotográficas infamantes. Esto es lo bello, nos anuncian, mostrando el mismo rostro una y otra vez, repitiendo hasta la asfixia las mismas imágenes, fotografías que se publican y exhiben obscenamente como el certificado incontestable de una realidad ingeniada, sin embargo, en los laboratorios de sus promotores y abogados. Seguirán, entretanto, banqueros y marchantes de armas decidiendo el mapa de las guerras, enviando en sus aviones a políticos salvapatrias y audaces fotoperiodistas, que exhibirán con orgullo la embajada de sus palabras gastadas y de sus imágenes de siempre… Y seguirán las revistas trasvistiendo de falso documento el contenido de sus páginas promocionales: la casa que nunca tendrás, el cuerpo que nunca poseerás, el destino edénico -la dichosa playa con palmeral- al que nunca escaparás, y el postre rebrillante y de sospechosa turgencia que, por supuesto, nunca saldrá de tu puñetero horno.

     <<Pero basta de esta cháchara pseudosociológica… ¡Gambetti!>>, me digo a mí mismo, escapando a mi extravío. El verdadero problema de este rechazo mío (irracional en sustancia, lo reconozco) hacia la fotografía utilizada como instrumento promocional de una realidad, si no lamentable en todo su horror cuando menos cuestionable, es la extensión de la misma a la pandemia universal de los selfis: el gigantesco carnaval planetario poblado de guiñoles autofotografiados con el que estamos anegando redes y galaxias desde la ventana de nuestras cámaras, exhibiendo y multiplicando hasta el infinito nuestro careto contraído por el rictus mortífero de la falsa-sonrisa-ultracongelada. Sonriamos todos al pajarito.

     <<¿Qué hace pensar a los hombres que se dejan fotografiar -insiste Murau- que han de aparecer felices en las fotografías que nos muestran? […] Todo el mundo quiere ser representado como un hombre feliz, siempre como totalmente falsificado, nunca como es en realidad, es decir, siempre como el más infeliz de todos […] Se refugian en la fotografía, se encogen deliberadamente en la fotografía que, con una falsificación total, los muestra felices y hermosos o, por lo menos, como menos feos e infelices de lo que son […]. En sus pisos cuelgan las fotografías que se han dejado hacer como un mundo hermoso y feliz, que en verdad es el más feo e infeliz y más mentiroso. Durante toda su vida miran fijamente sus imágenes hermosas y sus imágenes felices en las paredes y se sienten contentos cuando, sin embargo, sólo tendrían que sentir aversión…>>

     Bien es cierto que nada se aproxima más a la idea de eternidad que el parpadeo de un instante (despojados ambos de la carga inamovible del pasado y de los espejismos ilusorios del futuro), y que el juego fotográfico se presta del mejor modo a la falsa promesa de intemporalidad y al artificio fabricado de nuestra felicidad. Archivamos, así, con nuestras instantáneas fotográficas, el inventario de los mejores momentos, en la asunción descabellada y alucinatoria de hurtar al viento nuestra existencia efímera y espectral, evocando un pasado inexistente que, si acaso, fue, pero que en ningún caso es, y acumulando pruebas y certificados que den constancia del espejismo de nuestras alegrías, al tiempo que eliminamos de nuestra luminosa memoria (visual) desvelos, sombras y melancolías. <<Generador de alegría, archivo de la felicidad>>, rezaba un promisorio eslogan de la casa Kodak el pasado siglo.

     Para colmo de males, esta reinvención visual de nuestra propia existencia mediante la fotografía, que quedaba confinada, hasta hace poco, al álbum doméstico (álbum, por cierto, remite al latín albus, blanco: la hoja sin huella sobre la que nos es dado reescribir nuestra historia) y al recreo íntimo de cada familia en su hogar, ha saltado en la actualidad, vencidos los pudores, a la parrilla internáutica; aventamos, así, al exterior nuestro día a día en miles y redes sociales, en un frenesí publicitario en el que nos hemos convertido en satisfecha mercancía de nosotros mismos.

     Me pregunto si este mundo descalabrado y en esencia mortal, esta esfera ingrávida que imaginamos suspendida del modo más absurdo en la penumbra sideral o rodando a lomos del tiempo, si este mundo, insisto, se merece un solo gramo de nuestra nostalgia y evocación, no digamos ya de toda esta propaganda fotográfica celebratoria.

     <<Vivimos en dos mundos, le dije a Gambetti, en el real, que es triste e innoble y, en definitiva, mortal, y en el fotografiado, que es por completo mentiroso…>>




"La loca historia del mundo"




Texto, extraído de “Tractatus Logico-Photographicus. La fotografía explicada a los atunes.”, de Ricky Dávila.

Imágenes de la serie y películas reseñadas al pie.




domingo, 5 de junio de 2022

"Para la gloria del viento y el agua"

LA C(r)ÓNICA LUZ
LOS CAZADORES deMENTES








Robert Frank
"Para la gloria del viento y el agua", 1976.







          "Hay demasiadas imágenes, demasiadas cámaras ahora. Todos estamos siendo observados. Cada vez se vuelve más estúpido. Como si cada acción tuviera significado. Nada es tan especial. Solo es vida. Si todos los momentos son grabados, nada es hermoso y tal vez la fotografía ya no sea un arte. Tal vez nunca lo fue".




Fotografía y texto, extraídos de Facebook, de Robert Frank.




viernes, 15 de abril de 2022

"El atrevimiento de mirar"

LA C(r)ÓNICA LUZ







“El atrevimiento de mirar”


Antonio Muñoz Molina




          Recorriendo las salas de arte del siglo XX de este mismo museo se comprueba que en él no son nada frecuentes los retratos. La explicación es obvia: desde Cézanne, la ruptura con el espacio visual del Renacimiento conduce inevitablemente al asalto del grado extremo de la pintura ilusionista que, sin duda, es el retrato, el ejemplo más acabado de la sumisión del arte a las normas del parecido con la realidad.

          Si la historia de la inteligencia europea consiste, según algunos, en la contienda perpetua entre Platón y Aristóteles, quizás el debate, en general estéril, entre abstracción y figuración no haga sino repetir al cabo de muchos siglos, y no en las iglesias, sino en las salas de los museos y de las galerías, las disputas sangrientas de los iconoclastas y los iconódulos. Si es así, está claro que, en conjunto, a lo largo de los últimos cien años, la victoria ha sido de los iconoclastas. Los volúmenes, las construcciones geométricas, los planos de color de Cézanne despojan de sus rasgos característicos o circunstanciales a las figuras y las caras humanas igual que la pincelada impresionista había disuelto en puntos de luz y pulsaciones de color la materialidad imperturbable de los paisajes y los objetos.

          Pero el primer asalto radical a las normas del retrato está, sin duda, en Les Demoiselles d’Avignon, que consuma la ruptura con toda ilusión de profundidad y parecido agregando un rasgo más de iconoclasta, como un ademán brutal, esa máscara africana que es la antítesis exacta de la representación europea: si el retrato se ocupa de lo que es más singular en un rostro, la máscara y la escultura primitiva afirman en su rigurosa abstracción los rastros comunes, borrando o cubriendo los rasgos individuales.

          Más atrás aún, en los orígenes de la pintura moderna, en Goya, la máscara ya tiene una presencia tan obsesiva como la desfiguración de lo individual. Sus carnavales y sus multitudes con las caras tapadas por máscaras o desgarradas por gestos y gritos de dolor vuelven a aparecer con una fuerza terrible en Ensor y en Munch, en las estampas de guerra de Otto Dix y en las caricaturas de Grosz, que tienen el propósito, expresamente declarado por él mismo, de mostrar en ellas el verdadero rostro de la clase dominante. Los plutócratas tienen caras que son máscaras de animales o de monstruos y los soldados muertos deambulan con frecuencia llevando la máscara inversa de la calavera.

          Vuelve de nuevo la angustia por la tiranía del rostro humano, de las caras de los desconocidos multiplicándose geométricamente en ciudades donde nadie se reconoce en nadie. La danza de las caras y las máscaras, inaugurada por Goya, por Allan Poe, por Daumier, por De Quincey, estalla en la pintura expresionista y logra su paroxismo emblemático en la Metrópolis de Grosz, donde, igual que en la Bruselas de Ensor, no hay nadie que sea alguien, pero no porque los individuos hayan decidido taparse las caras, sino porque éstos carecen de rasgos precisos que los permitan distinguirse entre sí. En un cuento de Papini, un individuo llega a un baile de Carnaval disfrazado de dominó, mira en uno de los grandes espejos de la sala y no es capaz de saber quién es él entre la multitud de dominó iguales que bailan, y ya se pierde para siempre.

          En la primera décadas del siglo XX, las figuras humanas de los cuadros tienen a veces cabezas lisas y sin facciones ni ojos, como las bolas de billar o como esas figuras articuladas de las escuelas de arte y oficios.

          La rebelión contra la pintura representativa lo es sobre todo contra el retrato, pero en ella se intuyen dos líneas de fuerza que no coinciden entre sí. La primera y más evidente es el disgusto ante la hipertrofia del yo burgués, de la identidad indiscutible, satisfecha y arrogante del individuo acomodado en sus privilegios, en su rango social. En este sentido, los retratos académicos de próceres, las estatuas y los bustos, aun guardando un celebrada superficie de fidelidad al modelo físico, en realidad son aún más encubridores que las máscaras antiguas. Detrás de lo visible, de la apariencia de respetabilidad, de los atributos que muestra el retrato, hay una verdad tan oculta y en ocasiones tan vergonzosa como las que descubre, siempre por casualidad, el personaje narrador de Proust, o las que revela el método analítico de Freud.

          El arte moderno, lo mismo que la literatura o la psicología que le son contemporáneas, no ataca las convenciones académicas y los saberes heredados porque sean demasiado realistas, sino justamente porque no lo son. Poniendo en duda las evidencias de lo individual, lo que busca Proust es hallar la individualidad más verdadera, ese puente que lleve, como le pide Beckmann a la pintura, de lo visible a lo invisible, lo que no puede ser captado con los instrumentos demasiado rudimentarios que ofrece la tradición.






Henri Cartier-Bresson



Walker Evans



Ansel Adams



Cristina García Rodero



Dorothea Lange



Robert Capa



William Klein


Texto de Antonio Muñoz Molina.
Fotografías de los autores reseñados editadas por enriqueponce.



Garry Winogrand


sábado, 25 de diciembre de 2021

"distance of time"

EL CAJÓN deSASTRE
BLOg DE NOTAS
LA C(R)ÓNICA LUZ






"Distance of time"

by Xue Yutao⁣




I stood up and down Kangrinboqe and looked at Gurla Mandhata at an altitude of 7694 meters, 130 kilometers away from me. The light of the stars in the sky was hundreds, millions, billions of years ago.The mountain in front of me is a masterpiece of tens of millions of years of Creator. That ray of red is a distance of 30 seconds for humans.⁣




"Distancia de tiempo"


Me paré arriba y abajo de Kangrinboqe y miré a Gurla Mandhata a una altitud de 7694 metros, a 130 kilómetros de mí. La luz de las estrellas en el cielo fue hace cientos, millones, miles de millones de años. La montaña frente a mí es una obra maestra de decenas de millones de años del Creador. Ese rayo rojo es una distancia de 30 segundos para los humanos.







Fotografía y texto de Xue Yutao.

3er lugar/Bellas Artes/Paisaje IPA 2020 (International Photography Awards)

[Extraído de un comunicado de Facebook]





martes, 5 de enero de 2021

"Roland Barthes-II"






LA C(r)ÓNICA LUZ





Roland Barthes
Cherburgo-Octeville, Francia. 1915-1980




Fotografía de Jacques Livet, 1938.










"The photograph", 1981
Luis Camnitzer


          Lo que había observado al principio, de forma separada, a guisa de método, y que consistía en que toda foto es de algún modo connatural con su referente, lo descubrí ahora de nuevo, como algo nuevo, debería decirlo así, arrebatado por la verdad de la imagen. Así pues, desde aquel momento debía consentir la mezcla de dos voces: la de la trivialidad (decir lo que todo el mundo ve y sabe) y la de la singularidad (hacer emerger dicha trivialidad del ímpetu de una emoción que sólo me pertenece a mí). Era como si indagase la naturaleza de un verbo que no tuviese infinitivo y que sólo se pudiese encontrar provisto de un tiempo y de un modo.
          Era preciso ante todo concebir, y por consiguiente, si fuera posible, decir (incluso si se trataba de una cosa sencilla) en qué se diferenciaba el Referente de la Fotografía del de los otros sistemas de representación. Llamo <<referente fotográfico>> no a la cosa facultativamente real a que remite una imagen o un signo, sino a la cosa necesariamente real que ha sido colocada ante el objetivo y sin la cual no habría fotografía. La pintura, por su parte, puede fingir la realidad sin haberla visto. El discurso combina unos signos que tienen desde luego unos referentes, pero dichos referentes pueden ser y son a menudo <<quimeras>>. Contrariamente a estas imitaciones, nunca puedo negar en la Fotografía que la cosa haya estado allí. Hay una doble posición conjunta: de realidad y de pasado. Y puesto que tal imperativo sólo existe por sí mismo, debemos considerarlo por reducción como la esencia misma, el noema de la Fotografía. Lo que intencionalizo en una foto (no hablemos todavía del cine) no es ni el Arte, ni la Comunicación, es la Referencia, que es el orden fundador de la Fotografía.
          El nombre del noema de la Fotografía será pues: <<Esto ha sido>>, o también lo Intratable. En latín (pedantería necesaria ya que aclara ciertos matices), esto se expresaría sin duda así: <<interfuit>>; lo que veo se ha encontrado allí, en ese lugar que se extiende entre el infinito y el sujeto (operator o spectator); ha estado allí, y sin embargo ha sido inmediatamente separado, ha estado absoluta, irrecusablemente presente, y sin embargo diferido ya. Todo esto es lo que quiere decir el verbo intersum.
          Puede que en la marejada cotidiana de las fotos, las mil formas de interés que parecen suscitar, el  noema <<Esto ha sido>> no sea reprimido (un noema nunca puede serlo), pero sí vivido con indiferencia, como un rasgo que cae de su peso. La Foto del Invernadero acababa de despertarme de dicha indiferencia. Siguiendo un orden paradójico, puesto que normalmente nos aseguramos de las cosas antes de declararlas <<verdaderas>>, bajo el efecto de una experiencia nueva, la de la intensidad, yo había inducido de la verdad de la imagen la realidad de su origen, había confundido verdad y realidad en una emoción única, y en ello situaba yo de ahora en adelante la naturaleza -el genio- de la Fotografía, puesto que ningún retrato pintado, aun suponiendo que me pareciese <<verdadero>> podía demostrarme que su referente había existido realmente.



"A failed attempt to photograh reality", 1976
Duane Michals




Texto, extraído de "La cámara lúcida", de Roland Barthes.
Obras de los autores citados.


domingo, 5 de abril de 2020

"Win Wenders"






LOS CAZADORES deMENTES
LA C(r)ÓNICA LUZ







Win Wenders
Düsseldorf, Alemania. 1945




Autorretrato, 1975.


















"Disparar fotos"


          Disparar fotos. Sacar fotos es un acto en el tiempo en el que algo se saca de su propio tiempo y se traslada a otro tipo de duración. Se suele suponer que lo que se capta en ese acto se halla ENFRENTE de la cámara. Pero no es cierto. Sacar fotos es un acto en dos direcciones: hacia adelante y hacia atrás. Sí, en el acto de sacar fotos también se dan <<culatazos>>. No es mala comparación. Del mismo modo que el cazador alza el rifle, apunta al ciervo que tiene delante, aprieta el gatillo y cuando sale la bala por la boca el culatazo le lanza hacia atrás, también el fotógrafo es lanzado hacia atrás, sobre sí mismo, cuando dispara. La fotografía es siempre una imagen doble, que muestra, a primera vista, su tema, pero en un segundo vistazo -más o menos visible, <<oculto tras él>>, por decirlo así- muestra el "ángulo inverso": la foto del fotógrafo en acción. Pero del mismo modo que al cazador no le alcanza la bala, sino que sólo siente el culatazo de la explosión, tampoco la lente capta, de hecho, esa contra-imagen contenida en cada foto. (Aunque permanece, un tanto inextricablemente, en la foto, como una impresión invisible del fotógrafo que se revela en la química del cuarto oscuro...)

          ¿Qué es entonces el culatazo del fotógrafo? ¿Cómo nota uno su impacto? ¿Cómo afecta al tema y qué rastro deja en la fotografía? En alemán hay una palabra muy reveladora para este fenómeno, una palabra conocida en diversos contextos: "EINSTELLUNG". Significa la actitud con la que alguien se acerca a algo psicológica o éticamente, esto es, la manera de sintonizar con algo y de <<asimilarlo>> después. Pero "Einstellung" también es un término que viene de la fotografía y el cine, y que significa tanto la "toma" (una toma concreta y su encuadre) como el modo de ajustar la cámara en términos de la apertura y la exposición con las que el cámara "saca" la foto. No es casual que (al menos en alemán) la misma palabra defina a la vez la actitud y la foto así producida. Cada foto refleja sin duda la actitud de quien la ha sacado.

          Así que el culatazo del fusilero se corresponde con el retrato del fotógrafo, más o menos visible "detrás de la foto", sólo que, en vez de captar sus rasgos, define la actitud del fotógrafo hacia aquello que haya podido estar delante de él (o de ella).

          La cámara es por tanto un ojo capaz de mirar hacia adelante y hacia atrás al mismo tiempo. Hacia adelante, de hecho, sí que "dispara una foto"; hacia atrás registra una vaga sombra, una especie de rayos-x de la mente del fotógrafo, pues mira directamente a través de los ojos de éste (o de ésta) al fondo de su alma. Sí: hacia adelante, una cámara ve su tema, hacia atrás ve el deseo de captar, en primer lugar, ese tema concreto, mostrando así de manera simultánea LAS COSAS y EL DESEO de ellas.








          Cada segundo, en algún lugar del mundo, alguien da a un disparador y capta algo porque a él (o a ella) le fascina cierta LUZ o ROSTRO o GESTO o PAISAJE o ATMÓSFERA o simplemente porque la SITUACIÓN quiere ser captada.

          Los temas de la fotografía, evidentemente, son incontables, cada segundo que pasa los multiplica al infinito. Aun así, cada momento de la toma de una foto, dondequiera que ocurra en el mundo, es un acontecimiento único cuya unicidad la garantiza el incesante paso del tiempo. (Incluso las tropecientas instantáneas turísticas de las sesiones especiales de "fotos protocolarias" son, cada una, un acontecimiento irrepetible. Hasta en sus momentos más triviales y banales el tiempo sigue siendo irreversible.)

          Lo asombroso de cada fotografía no es tanto que "congele el tiempo" -como suele pensar la gente- sino que por el contrario el tiempo vuelve a demostrar con cada fotografía HASTA QUÉ PUNTO es imparable y perpetuo.

          Cada fotografía es un memento mori. Cada fotografía habla de la vida y de la muerte. Cada "imagen captada" tiene un aura de sacralidad, trasciende el ojo de su fotógrafo y supera todas las capacidades humanas. Cada foto es también un acto de creación fuera del tiempo, desde la perspectiva de Dios, por decirlo así, que recuerda ese mandamiento cada vez más olvidado: "No te harás imagen tallada alguna".

          Sacar fotos (mejor dicho: tener el increíble privilegio de sacar fotos) es "demasiado bueno para ser cierto". Pero de la misma manera es demasiado cierto para ser bueno. Sacar fotos es siempre un acto de presunción y de rebelión. Sacar fotos, por tanto, enseguida infunde codicia y, con menor frecuencia, modestia. (Ésa es la razón de que la "jactancia" sea una actitud mucho más habitual en fotografía que la "humildad".)








          Así, si una cámara dispara en dos direcciones, hacia adelante y hacia atrás, fundiendo ambas imágenes de modo que la parte "trasera" se disuelve en la "delantera", permite que el fotógrafo, en el momento mismo de disparar, esté delante con los temas en vez de separado de ellos. A través del "visor", el que mira puede salir de su cascarón y ponerse "al otro lado" del mundo, y de ese modo recordar mejor, entender mejor, ver mejor, oír mejor y amar más intensamente (y también, ay, despreciar más intensamente. El "mal de ojo", al fin y al cabo, también existe.)

          En el interior de cada fotografía también está el comienzo de una historia que empieza con "Érase una vez...". Cada fotografía es el primer fotograma de una película. A menudo, el momento siguiente, el disparo soltado al cabo de unos instantes, es decir, la imagen posterior, está ya rastreando el desarrollo de esta historia en su propio espacio y en su propio tiempo. Así que a lo largo de los años, al menos para mí, sacar fotos se ha ido convirtiendo cada vez más en "rastrear historias" (...) Con cada segunda imagen el "montaje" está ya en marcha, y la historia anunciada en la primera imagen empieza ahora a canalizarse por su propia dirección, definiendo su sentido del espacio y presagiando su sentido del tiempo. A veces aparecen nuevos actores, a veces el supuesto papel principal resulta no ser más que un papel secundario, y a veces no hay ninguna persona en el centro, sino un paisaje.

          Creo firmemente en el poder de construir historias que tiene los paisajes. Hay paisajes, ya sean ciudades, desiertos, montañas o costas, que literalmente piden a gritos que se cuenten "sus historias". Las evocan, incluso hacen que ocurran. Los paisajes mismos pueden ser personajes protagonistas, y la gente que hay en ellos, extras.

          Creo con idéntica firmeza en el poder narrativo del attrezzo. Un periódico abierto, tirado como al descuido en la esquina de una fotografía, ¡cuántas cosas puede contar! ¡Una valla publicitaria al fondo! ¡El coche oxidado que asoma por un lado de la imagen! ¡Una silla! ¡En una posición que indica que tan sólo hace unos instantes ha debido de haber alguien ahí sentado! ¡Un libro abierto sobre una mesa con medio título legible! ¡El paquete vacío de cigarrillos en la acera! ¡La taza de café con la cuchara dentro! En las fotografías, LAS COSAS pueden ser serenas o tristes, incluso cómicas o trágicas.

          ¡Y no digamos la ropa! En muchas imágenes, es la parte más interesante. ¡El calcetín caído en torno al tobillo de un niño! ¡El cuello alzado de la camisa de un hombre al que sólo podemos ver desde atrás! ¡Manchas de sudor! ¡Arrugas! ¡Parches zurcidos y remendados! ¡Botones que faltan! ¡Una blusa planchada con esmero! ¡La vida de una mujer resumida toda ella en su vestido, su vida entera mostrándose en los sufrimientos de un vestido! ¡El drama de una persona expresado por un abrigo! La ropa indica la temperatura de una imagen, la fecha, la hora del día, tiempo de guerra o tiempo de paz. 





          Y todo ello aparece frente a la cámara UNA SOLA VEZ, y cada fotografía convierte esta VEZ en una eternidad. Sólo A TRAVÉS de la imagen captada se vuelve visible el tiempo y en el lapso de tiempo ENTRE el primer disparo y el segundo emerge la historia, una historia que, de no ser por estas imágenes, habría caído en el olvido para toda esta misma eternidad.

           De la misma manera que, en el preciso instante de sacar la foto, queremos desaparecer y entrar en el mundo y en las cosas, el mundo y las cosas se abalanzan ahora desde la fotografía sobre el que la mira, buscando sobrevivir y durar ahí. Es "AHÍ" donde suceden las historias, en el ojo del que mira.

          (...)




Fotografías y texto, extraído de EXIT 3, de Win Wenders.