lunes, 5 de mayo de 2025
"un cierto rostro referido a una cierta situación"
jueves, 5 de octubre de 2023
"Fotografiar es dar importancia"
“… En las primeras décadas de la fotografía, las fotografías eran necesarias para ser imágenes idealizadas. Este sigue siendo el objetivo de muchos fotógrafos aficionados, para quienes una hermosa fotografía es la fotografía de algo hermoso, una mujer o un atardecer. En 1915 Edward Steichen fotografió una botella de leche en la escalera de incendio de una casa adosada, y dio uno de los primeros ejemplos de una noción totalmente diferente de hermosa fotografía. Y desde los años veinte, los profesionales más ambiciosos, los que llegan a los museos con sus obras, han continuado separándose de temas líricos, explorando conscientemente materiales triviales, hortera o incluso insultante. En las últimas décadas, la fotografía ha logrado forzar a todos a revisar parcialmente las definiciones de lo bueno y lo feo... Si (citando a Walt Whitman) "cada tema o condición o combinación o proceso expresa su propia belleza", se vuelve superficial definir ciertas cosas buenas y no buenas otras. Si "todo lo que una persona hace o piensa es relevante", se vuelve arbitrario considerar ciertos momentos de la vida importantes y algunos otros triviales.
Fotografiar es dar importancia. Probablemente no hay tema que no se pueda hacer hermoso; además, no se puede eliminar la tendencia, insistiendo en todas las fotografías, para dar valor a sus temas..."
Texto: Susan Sontag, “Fotografía, realidad e imagen en nuestra sociedad", 1978.
Fotografía de Edward Steichen, “Botellas de leche en una escalera de incendios”, 1915.
viernes, 10 de marzo de 2023
"La fotografía explicada a los atunes"
![]() |
| Kelly Bundy "Matrimonio con hijos". |
Paso la tarde en los jardines de Mirabel. Distraigo el tiempo fotografiando la hojarasca muerta del suelo, alguna nube renqueante y mi propia sombra inútil dibujada sobre el murete del parque.
Últimamente disparo mi cámara en un gesto de estupor, el ceño fruncido y arrugados los labios. Es un rictus como de asco y extrañamiento puro frente al cadáver de un mundo al que el linternazo de mi cámara hubiera expuesto a la luz en todo su horror. La verdad es que no sé qué pensará la gente viéndome tomar fotografías como un animal espantado, pero lo cierto es que ya no soy capaz de fotografiar sin un punto de desasosiego. Y es que el reportero Dávila ha dejado de utilizar la cámara como un instrumento de plácida contemplación: más bien al contrario, vengo esgrimiendo últimamente el aparato como un arma de defensa personal frente a la realidad inclemente de ahí fuera. Reflexionando sobre mi breve evolución creativa (<<como microbio aturdido por el cosmos>>, apunto en mi libreta en un arrebato confesional), creo distinguir tres etapas fotográficas claramente diferenciadas que he decidido denominar reparadora, explicativa y contraventora.
Y ahora voy a intentar explicarme. La primera, la etapa reparadora, estaría marcada por el periodismo sanitario y fariseo de los primeros años, anclado en la presunción de ofrecer al mundo con mi trabajo un servicio de reparación universal a todos sus descalabros. Pasado un tiempo, aceptada la ineficacia auxiliadora de la fotografía, pasaríamos, sin solución de continuidad, a la segunda fase, la que llamaríamos la etapa explicativa, en la que me veo utilizando la cámara como llave para una interpretación de ese carnaval planetario nuestro -fase que habría terminado, igualmente, en la ofuscación y el estregamiento más absolutos-; pasaríamos, entonces, a la tercera fase, la etapa contraventora, en la que me encuentro actualmente, nihilista en esencia, supongo, y que tendría como eje la protesta y objeción frente al absurdo vital, y que explicaría este gesto de asquete con el que paseo por Salzburgo, despachando la realidad a disparos, como un operario desinfectando a manguerazos las calles de la ciudad.
Leyendo estos días a Karl Kraus, creo haber anticipado la que será la cuarta etapa en mi escalada de alimaña ciega por esta covachuela de Platón -en cuyo extremo final, por cierto, no atisbo luz alguna-. Se trataría de la fase, o etapa, que podríamos llamar de sometimiento a una realidad blindada a todo intento elucidador. El escritor vienés ilustra la futilidad de la fotografía recurriendo a una imagen publicada en la prensa que muestra la rey de Sajonia en su visita a una fábrica de agua carbonatada. <<¿Cómo anda el rey?>>, se pregunta el cronista. <<Gracias al registro fotográfico -se responde-, podemos saber que con un pie delante del otro.>> La marcha del monarca, sin embargo, continúa explicando Kraus, se convierte por efecto de la congelación de la instantánea en un patético titubeo, un <<intento de andar>>, tutelado, además, por el ayudante del rey, que, concentrada la mirada en los pies del mandatario, <<parece contar los pasos para que no se salte ninguno: un, dos, un, dos…>>. Así sabremos, al menos, gracias a la fotografía, <<cómo es la suela del zapato del rey de Sajonia>>, concluye, sarcástico, el escritor.
Pienso en este mundo que, además de irreparable, se muestra inexplicable y que, además de inexplicable, se antoja irreductible; y pienso en la imagen del monarca de este relato, en el vuelo poético de la fotografía alcanzando la mareante cima de la suela del zapato del rey de Sajonia, epítome de la rendición y el sometimiento del hombre, y de su invento fotográfico, a la realidad soberana del mundo.
Con estos y otros devaneos, y con el compás de la gravilla crujiendo bajo mis pies, he llegado a la escalinata del parque, flanqueada por dos unicornios con barbas de chivo y sonrisa de sátiro. Uno de ellos tiene el cemento del cuerno sajado y el otro soporta en sus lomos a tres turistas orientales sonriendo a la cámara de un compañero. Y recuerdo a una periodista del llamado <<mundo del corazón>> que aseguraba hace unos días en loa televisión, del modo más decidido, que el unicornio se halla en la actualidad en serio peligro de extinción, así dijo, serio peligro de extinción. Interpelada en un siguiente programa por el fundamento de su información, la reportera optó por el más feroz de los ataques en defensa de su <<contrastada credibilidad>>, que veía ahora cuestionada por el presentador: en su descargo matizó que, habiéndose documentado debidamente, <<el unicornio, de hecho, se había ya extinguido>>.
<<Estamos, pues, entregados sin remedio a las fuerzas desatadas del periodismo>>, apuntaba, lúcido, Karl Kraus.
![]() |
| "Matrimonio con hijos". |
(…) Todo este capítulo nuestro sobre la fotografía y el conocimiento verdadero del mundo me ha recordado al vecino de vuelo que le tocó una vez a Pablo Picasso. Cuenta la anécdota que este compañero intempestivo se dedicó a criticar sin empacho durante todo el viaje la falta de tino del artista para dibujar retratos correctamente porque <<los ojos, señor Picasso -le espetaba admonitorio-, van uno al lado del otro y no se ponen de cualquier manera, donde a uno le venga en gana. Eso es faltar a la verdad, señor Picasso, ¡faltar a la verdad!>>. Pero las protestas no se quedaron ahí y el osado atún, ni corto ni perezoso, sacando una foto de la cartera, mostró al pintor una fotografía de su mujer, rematando su lección en tono profesoral: <<Vea usted, señor Picasso, vea usted, ESTO es un retrato de verdad>>. A lo que el pintor, dicen, respondió lacónico: <<Caramba, amigo, no me había dicho usted que su mujer mide cinco centímetros>>.
![]() |
| "Los amigos de Peter" |
Atiende el conspicuo y paciente Gambetti los desahogos de Murau, que reparte sus dispersiones y extraños de iluminado bizantino a lo largo de las páginas insobornables de Extinción. La fotografía asoma en el relato como objeto repetido de las invectivas del narrador: <<Con la invención de la fotografía, o sea, con la iniciación de este proceso de embrutecimiento hace más de cien años, el nivel intelectual de la población mundial desciende continuamente. Las imágenes fotográficas, le dije a Gambetti, han puesto en movimiento el proceso de embrutecimiento universal>>…
Lo cierto es que las frecuentes lecturas de Extinción, a las que vuelvo por prescripción propia desde hace años, bien podrían estar en el origen, pienso ahora, de la aversión, un punto enfermiza, que vengo incubando hacia la fotografía utilizada como crónica espuria y atolondrada de la realidad. Llevo un tiempo hipersensible y perplejo ante la persistencia con que la especie perpetúa en los medios de comunicación, fotografía a fotografía, noticiero a noticiero, cartel a cartel, los mismos clichés periodísticos, fósiles y centenarios, los mismos patrones de belleza inadmisibles, dictados por las mismas casas de cosméticos y los mismos diseñadores antediluvianos, amortajados en trajes funerarios y momificados por la química cancerígena aplicada sin descanso a sus mejillas. Pienso en la decidida perversión con la que las grandes corporaciones invaden la sesera del espectador que, embrutecido, digiere con una ceguera inusitada todas esas fabricaciones fotográficas infamantes. Esto es lo bello, nos anuncian, mostrando el mismo rostro una y otra vez, repitiendo hasta la asfixia las mismas imágenes, fotografías que se publican y exhiben obscenamente como el certificado incontestable de una realidad ingeniada, sin embargo, en los laboratorios de sus promotores y abogados. Seguirán, entretanto, banqueros y marchantes de armas decidiendo el mapa de las guerras, enviando en sus aviones a políticos salvapatrias y audaces fotoperiodistas, que exhibirán con orgullo la embajada de sus palabras gastadas y de sus imágenes de siempre… Y seguirán las revistas trasvistiendo de falso documento el contenido de sus páginas promocionales: la casa que nunca tendrás, el cuerpo que nunca poseerás, el destino edénico -la dichosa playa con palmeral- al que nunca escaparás, y el postre rebrillante y de sospechosa turgencia que, por supuesto, nunca saldrá de tu puñetero horno.
<<Pero basta de esta cháchara pseudosociológica… ¡Gambetti!>>, me digo a mí mismo, escapando a mi extravío. El verdadero problema de este rechazo mío (irracional en sustancia, lo reconozco) hacia la fotografía utilizada como instrumento promocional de una realidad, si no lamentable en todo su horror cuando menos cuestionable, es la extensión de la misma a la pandemia universal de los selfis: el gigantesco carnaval planetario poblado de guiñoles autofotografiados con el que estamos anegando redes y galaxias desde la ventana de nuestras cámaras, exhibiendo y multiplicando hasta el infinito nuestro careto contraído por el rictus mortífero de la falsa-sonrisa-ultracongelada. Sonriamos todos al pajarito.
<<¿Qué hace pensar a los hombres que se dejan fotografiar -insiste Murau- que han de aparecer felices en las fotografías que nos muestran? […] Todo el mundo quiere ser representado como un hombre feliz, siempre como totalmente falsificado, nunca como es en realidad, es decir, siempre como el más infeliz de todos […] Se refugian en la fotografía, se encogen deliberadamente en la fotografía que, con una falsificación total, los muestra felices y hermosos o, por lo menos, como menos feos e infelices de lo que son […]. En sus pisos cuelgan las fotografías que se han dejado hacer como un mundo hermoso y feliz, que en verdad es el más feo e infeliz y más mentiroso. Durante toda su vida miran fijamente sus imágenes hermosas y sus imágenes felices en las paredes y se sienten contentos cuando, sin embargo, sólo tendrían que sentir aversión…>>
Bien es cierto que nada se aproxima más a la idea de eternidad que el parpadeo de un instante (despojados ambos de la carga inamovible del pasado y de los espejismos ilusorios del futuro), y que el juego fotográfico se presta del mejor modo a la falsa promesa de intemporalidad y al artificio fabricado de nuestra felicidad. Archivamos, así, con nuestras instantáneas fotográficas, el inventario de los mejores momentos, en la asunción descabellada y alucinatoria de hurtar al viento nuestra existencia efímera y espectral, evocando un pasado inexistente que, si acaso, fue, pero que en ningún caso es, y acumulando pruebas y certificados que den constancia del espejismo de nuestras alegrías, al tiempo que eliminamos de nuestra luminosa memoria (visual) desvelos, sombras y melancolías. <<Generador de alegría, archivo de la felicidad>>, rezaba un promisorio eslogan de la casa Kodak el pasado siglo.
Para colmo de males, esta reinvención visual de nuestra propia existencia mediante la fotografía, que quedaba confinada, hasta hace poco, al álbum doméstico (álbum, por cierto, remite al latín albus, blanco: la hoja sin huella sobre la que nos es dado reescribir nuestra historia) y al recreo íntimo de cada familia en su hogar, ha saltado en la actualidad, vencidos los pudores, a la parrilla internáutica; aventamos, así, al exterior nuestro día a día en miles y redes sociales, en un frenesí publicitario en el que nos hemos convertido en satisfecha mercancía de nosotros mismos.
Me pregunto si este mundo descalabrado y en esencia mortal, esta esfera ingrávida que imaginamos suspendida del modo más absurdo en la penumbra sideral o rodando a lomos del tiempo, si este mundo, insisto, se merece un solo gramo de nuestra nostalgia y evocación, no digamos ya de toda esta propaganda fotográfica celebratoria.
<<Vivimos en dos mundos, le dije a Gambetti, en el real, que es triste e innoble y, en definitiva, mortal, y en el fotografiado, que es por completo mentiroso…>>
![]() |
| "La loca historia del mundo" |
Texto, extraído de “Tractatus Logico-Photographicus. La fotografía explicada a los atunes.”, de Ricky Dávila.
Imágenes de la serie y películas reseñadas al pie.
domingo, 5 de junio de 2022
"Para la gloria del viento y el agua"
Fotografía y texto, extraídos de Facebook, de Robert Frank.
viernes, 15 de abril de 2022
"El atrevimiento de mirar"
“El atrevimiento de mirar”
Antonio Muñoz Molina
Recorriendo las salas de arte del siglo XX de este mismo museo se comprueba que en él no son nada frecuentes los retratos. La explicación es obvia: desde Cézanne, la ruptura con el espacio visual del Renacimiento conduce inevitablemente al asalto del grado extremo de la pintura ilusionista que, sin duda, es el retrato, el ejemplo más acabado de la sumisión del arte a las normas del parecido con la realidad.
Si la historia de la inteligencia europea consiste, según algunos, en la contienda perpetua entre Platón y Aristóteles, quizás el debate, en general estéril, entre abstracción y figuración no haga sino repetir al cabo de muchos siglos, y no en las iglesias, sino en las salas de los museos y de las galerías, las disputas sangrientas de los iconoclastas y los iconódulos. Si es así, está claro que, en conjunto, a lo largo de los últimos cien años, la victoria ha sido de los iconoclastas. Los volúmenes, las construcciones geométricas, los planos de color de Cézanne despojan de sus rasgos característicos o circunstanciales a las figuras y las caras humanas igual que la pincelada impresionista había disuelto en puntos de luz y pulsaciones de color la materialidad imperturbable de los paisajes y los objetos.
Pero el primer asalto radical a las normas del retrato está, sin duda, en Les Demoiselles d’Avignon, que consuma la ruptura con toda ilusión de profundidad y parecido agregando un rasgo más de iconoclasta, como un ademán brutal, esa máscara africana que es la antítesis exacta de la representación europea: si el retrato se ocupa de lo que es más singular en un rostro, la máscara y la escultura primitiva afirman en su rigurosa abstracción los rastros comunes, borrando o cubriendo los rasgos individuales.
Más atrás aún, en los orígenes de la pintura moderna, en Goya, la máscara ya tiene una presencia tan obsesiva como la desfiguración de lo individual. Sus carnavales y sus multitudes con las caras tapadas por máscaras o desgarradas por gestos y gritos de dolor vuelven a aparecer con una fuerza terrible en Ensor y en Munch, en las estampas de guerra de Otto Dix y en las caricaturas de Grosz, que tienen el propósito, expresamente declarado por él mismo, de mostrar en ellas el verdadero rostro de la clase dominante. Los plutócratas tienen caras que son máscaras de animales o de monstruos y los soldados muertos deambulan con frecuencia llevando la máscara inversa de la calavera.
Vuelve de nuevo la angustia por la tiranía del rostro humano, de las caras de los desconocidos multiplicándose geométricamente en ciudades donde nadie se reconoce en nadie. La danza de las caras y las máscaras, inaugurada por Goya, por Allan Poe, por Daumier, por De Quincey, estalla en la pintura expresionista y logra su paroxismo emblemático en la Metrópolis de Grosz, donde, igual que en la Bruselas de Ensor, no hay nadie que sea alguien, pero no porque los individuos hayan decidido taparse las caras, sino porque éstos carecen de rasgos precisos que los permitan distinguirse entre sí. En un cuento de Papini, un individuo llega a un baile de Carnaval disfrazado de dominó, mira en uno de los grandes espejos de la sala y no es capaz de saber quién es él entre la multitud de dominó iguales que bailan, y ya se pierde para siempre.
En la primera décadas del siglo XX, las figuras humanas de los cuadros tienen a veces cabezas lisas y sin facciones ni ojos, como las bolas de billar o como esas figuras articuladas de las escuelas de arte y oficios.
La rebelión contra la pintura representativa lo es sobre todo contra el retrato, pero en ella se intuyen dos líneas de fuerza que no coinciden entre sí. La primera y más evidente es el disgusto ante la hipertrofia del yo burgués, de la identidad indiscutible, satisfecha y arrogante del individuo acomodado en sus privilegios, en su rango social. En este sentido, los retratos académicos de próceres, las estatuas y los bustos, aun guardando un celebrada superficie de fidelidad al modelo físico, en realidad son aún más encubridores que las máscaras antiguas. Detrás de lo visible, de la apariencia de respetabilidad, de los atributos que muestra el retrato, hay una verdad tan oculta y en ocasiones tan vergonzosa como las que descubre, siempre por casualidad, el personaje narrador de Proust, o las que revela el método analítico de Freud.
El arte moderno, lo mismo que la literatura o la psicología que le son contemporáneas, no ataca las convenciones académicas y los saberes heredados porque sean demasiado realistas, sino justamente porque no lo son. Poniendo en duda las evidencias de lo individual, lo que busca Proust es hallar la individualidad más verdadera, ese puente que lleve, como le pide Beckmann a la pintura, de lo visible a lo invisible, lo que no puede ser captado con los instrumentos demasiado rudimentarios que ofrece la tradición.
![]() |
Henri Cartier-Bresson |
![]() |
Walker Evans |
![]() |
Ansel Adams |
![]() |
Cristina García Rodero |
![]() |
Dorothea Lange |
![]() |
Robert Capa |
![]() |
William Klein |
![]() |
Garry Winogrand |
sábado, 25 de diciembre de 2021
"distance of time"
BLOg DE NOTAS
"Distance of time"
by Xue Yutao
I stood up and down Kangrinboqe and looked at Gurla Mandhata at an altitude of 7694 meters, 130 kilometers away from me. The light of the stars in the sky was hundreds, millions, billions of years ago.The mountain in front of me is a masterpiece of tens of millions of years of Creator. That ray of red is a distance of 30 seconds for humans.
"Distancia de tiempo"
Me paré arriba y abajo de Kangrinboqe y miré a Gurla Mandhata a una altitud de 7694 metros, a 130 kilómetros de mí. La luz de las estrellas en el cielo fue hace cientos, millones, miles de millones de años. La montaña frente a mí es una obra maestra de decenas de millones de años del Creador. Ese rayo rojo es una distancia de 30 segundos para los humanos.
Fotografía y texto de Xue Yutao.
3er lugar/Bellas Artes/Paisaje IPA 2020 (International Photography Awards)
[Extraído de un comunicado de Facebook]
martes, 5 de enero de 2021
"Roland Barthes-II"
![]() |
| Fotografía de Jacques Livet, 1938. |
![]() |
| "The photograph", 1981 Luis Camnitzer |
![]() |
| "A failed attempt to photograh reality", 1976 Duane Michals |
domingo, 5 de abril de 2020
"Win Wenders"
![]() |
| Autorretrato, 1975. |





















-1.jpg)
























