"LOS ARTILUGIOS DEL TIEMPO"
Cada civilización es una visión del tiempo. Instituciones, obras de arte, técnicas, filosofías, todo lo que hacemos o soñamos es un tejido del tiempo. Idea y sentimiento del transcurrir, el tiempo no es mera sucesión; para todos los pueblos es un proceso que posee una dirección o apunta hacia un fin. El tiempo tiene un sentido. Mejor dicho: el tiempo es el sentido del existir, inclusive si afirmamos que éste carece de sentido. Las opuestas actitudes de hindúes y cristianos ante la condición humana -karma y pecado original, moksha y redención- se inscriben en distintas visiones del tiempo. Las dos actitudes son manifestaciones y consecuencias del suceder temporal; no solamente pasan en el tiempo y están hechas de tiempo, sino que son el efecto de un hecho que determina al tiempo y a su dirección. Ese hecho, en el caso del cristianismo, ocurrió antes de que comenzase el tiempo; la falta de Adán y Eva se cometió en un lugar hasta entonces inmune al cambio: el Paraíso. La historia del género humano comienza con la expulsión del Edén y nuestra caída en la historia. En el caso del hinduismo (y del budismo) la causa no es anterior sino inherente al tiempo mismo. Para el cristianismo, el tiempo es hijo de la falta original y por eso su visión del tiempo es negativa, aunque no enteramente: los hombres, por el sacrificio de Cristo, y gracias al ejercicio de su libertad, que es un don de Dios, puede salvarse. El tiempo no sólo es condenación; es también una prueba. Para el hindú el tiempo, en sí mismo, es malo. Mejor dicho, por ser impermanente y cambiante, es ilusorio. Es tiempo, es maya: una mentira en apariencia placentera pero que no es sino sufrimiento, error y, al final, muerte que nos condena a renacer en la horrible ficción de otra vida igualmente dolorosa y quimérica.
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La expansión europea trastornó el ritmo de las sociedades orientales; quebró la forma del tiempo y el sentido de la sucesión. Fue algo más que una invasión. Esos pueblos habían sufrido ya otras dominaciones y sabían lo que es el yugo del extraño pero la presencia europea les pareció una disonancia. Ciertos espíritus trataron de adivinar un propósito detrás de esa agitación frenética y de esa voluntad tendida hacia un futuro indefinido. Al descubrir en qué consistía esa idea, se escandalizaron: pensar que el tiempo es progreso sin fin, más que una paradoja mística, les pareció una aberración. A la turbación se mezcló el asombro: por irracional que fuese esa concepción, ¿cómo no ver que, gracias a ella, los europeos obraban prodigios? La reprobación con que vieron las élites hindúes y musulmanas el materialismo de los europeos se transformó rápidamente en admiración. Reconocieron que, si no eran más sabios que ellos, los ingleses eran más poderosos. Su saber no conducía ni a la contemplación de la divinidad ni a la liberación; su ciencia era acción: la naturaleza les obedecía y en sus ciudades el poder de los fuertes y ricos pesaba menos. Era la vieja magia, ahora al alcance de todo aquel que conociese la fórmula del encantamiento.
La ciencia y la técnica, el poder del hombre sobre el mundo material y la libertad que nos da ese poder: éste es el secreto de la fascinación que el Occidente ejerció sobre las élites del Viejo Oriente. Fue un verdadero vértigo: el tiempo pesó menos, los hombres no eran esclavos ni de las revoluciones de los astros ni de la ley kármica. La hora podía asumir la forma que nuestra voluntad y nuestro saber le impusiesen. El mundo se volvió maleable. La aparición del tiempo moderno resultó en una inversión de los valores tradicionales, lo mismo en Europa que en Asia: ruptura del tiempo circular pagano, destrucción del absoluto intemporal hindú, descrédito del pasado chino, fin de la eternidad cristiana. Dispersión y multiplicación de la perfección: su casa es el futuro y el futuro está en todas partes, al alcance de la mano y siempre más allá. El progreso dejó de ser una idea y se convirtió en una fe. Cambió al mundo y a las almas. No nos redime de nuestra contingencia; la exalta como una aventura que sin cesar recomienza: el hombre ya no es la criatura del tiempo sino su hacedor.
Trampas del tiempo: en el momento que la idolatría del cambio, la creencia en el progreso como una ley histórica y la preeminencia del futuro triunfan en todo el mundo, esas ideas han comenzado a desmoronarse. Dos guerras mundiales y la instauración de tiranías totalitarias han hecho tambalearse a nuestra fe en el progreso; la civilización tecnológica ha demostrado que posee inmensos poderes de destrucción, lo mismo del ambiente natural que en el mundo de la cultura y del espíritu. Ríos envenenados, bosques transformados en desiertos, ciudades contaminadas, almas deshabitadas. La civilización de la abundancia es también la de las hambrunas en África y en otros sitios. La derrota del nazismo y la del comunismo totalitario han dejado intactos y al descubierto todos los males de las sociedades democráticas liberales, dominadas por el demonio del lucro. La famosa frase de Marx acerca de la religión como el opio del pueblo, puede aplicarse ahora, con mayor razón, a la televisión, que acabará por anestesiar al género humano, sumido en una beatitud idiota. El futuro ha dejado de ser una promesa radiante y se ha vuelto una interrogación sombría.
Octavio Paz, “Vislumbres de la India”.
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Fan Ho Shanghái, China 1931-2016 |





















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