miércoles, 5 de agosto de 2020

"Diario de Rusia"

EL CAJÓN deSATRE





"Diario de Rusia"


Robert Capa y John Steinbeck
Moscú, antigua URSS
Agosto a Septiembre de 1947



          Será necesario decir en primer lugar cómo empezaron esta historia y este viaje, y cuál era su intención. A finales de marzo, yo, y el pronombre está utilizado por acuerdo especial con John Gunther, estaba sentado en el bar del Hotel Bedford en la calle 40 Este. Una obra de teatro que había escrito se había derretido y se había escurrido entre mis dedos. Estaba sentado en un taburete de la barra, preguntándome qué iba a hacer después. En ese momento entró en el bar Robert Capa; parecía un poco desconsolado. Un proyecto que había estado alimentando durante muchos meses al final se había esfumado. Su libro había pasado a imprenta y se encontraba sin nada que hacer. Willy, el camarero, que siempre se muestra compasivo, nos sugirió una Suissesse, una bebida que él hace mejor que nadie en el mundo. estábamos deprimidos, no tanto por las noticias como por su manejo. Porque las noticias ya no son noticias, al menos esa parte de ellas que requieren la mayor parte de nuestra atención. Las noticias se han convertido en un asunto de pericia. Un hombre sentado a una mesa en Washington o Nueva York lee los teletipos y los recoloca para que se ajusten a su propio esquema mental y a su firma. Lo que a menudo leemos como noticias no son en absoluto noticias, sino la opinión de uno de entre media docena de expertos respecto de lo que significan las noticias.
          Willy puso lo dos Suissesses de color verde pálido frente a nosotros y empezamos a hablar sobre lo que quedaba en el mundo que un hombre honesto y liberal pudiera hacer. Todos los días en los periódicos había miles de palabras sobre Rusia. Lo que Stalin pensaba, los planes del Soviet Supremo, la disposición de las tropas, los experimentos con armas atómicas y misiles teledirigidos; y todo eso por gente que no había estado allí y cuyas fuentes no eran irreprochables. Y se nos ocurrió que había algunas cosas que nadie escribía sobre Rusia, y que eran las que más nos interesaban a nosotros. ¿Cómo se viste la gente de allí? ¿Qué sirven para cenar? ¿Hacen fiestas? ¿Qué comida hay? ¿Cómo hacen el amor y cómo mueren? ¿De qué hablan? ¿Bailan, y cantan, y juegan? ¿Van los niños al colegio? Nos pareció que estaría bien averiguar esas cosas, fotografiarlas y escribir sobre ellas. La política rusa es importante, al igual que la nuestra, pero allí debe de haber otra gran parte, al igual que aquí. Debe de haber una vida privada de la gente rusa, sobre la cual no podemos leer porque nadie ha escrito sobre ella y nadie la ha fotografiado.
          Willy mezcló otro Suissesse y coincidió con nosotros en que a él también podría interesarle esas cosas, y en que ese era el tipo de historias que le gustaría leer. Y de esa manera decidimos intentarlo: hacer un simple trabajo de reportaje apoyado por fotografías. Trabajaríamos juntos. Evitaríamos la política y los temas más amplios. Nos mantendríamos lejos del Kremlin, de los soldados y de los planes militares. Queríamos llegar a la gente rusa, si podíamos. Debo admitir que no sabíamos si podríamos o no, y cuando se lo contábamos a nuestros amigos, ellos estaban seguros de que no podríamos.
          Hicimos nuestros planes de la siguiente forma: si podíamos hacerlo, estaría bien y sería una buena historia. Y si no, también tendríamos una historia, la historia de no ser capaces de hacerlo. Con esto en mente llamamos a George Cornish del Herald Tribune, comimos con él y le contamos nuestro proyecto. Estuvo de acuerdo en que sería algo bueno y se ofreció a ayudarnos de alguna manera.
          Juntos decidimos muchas cosas: no debíamos ir con resentimiento y debíamos intentar no ser ni críticos ni favorables. Intentaríamos hacer un relato honesto, escribir lo que viéramos y oyéramos sin opinar, sin sacar conclusiones sobre cosas acerca de las que no sabíamos lo suficiente, y sin enfadarnos por los retrasos de la burocracia. Sabíamos que habría muchas cosas que no entenderíamos, muchas cosas que no nos gustarían, muchas cosas que nos harían sentir incómodos. Esto siempre sucede en los países extranjeros. Y decidimos que si había críticas sobre alguna cosa se harían después de verla, nunca antes.
          A su debido tiempo se envió a Moscú nuestra solicitud de visado y en un plazo razonable llegó la mía. Me acerqué al consulado ruso en Nueva York, y el cónsul general dijo: <<Estamos de acuerdo en que esto es bueno que se haga, pero ¿por qué tiene que llevarse a un fotógrafo? Tenemos muchos fotógrafos en la Unión Soviética>>.
          Y yo contesté: <<Pero no tienen ningún Capa. Si esto se hace, debe hacerse como un todo, como una colaboración>>.
          Había cierta reticencia en dejar que entrase un fotógrafo en la Unión Soviética, y ninguna en dejarme a mí, y nos pareció extraño, porque la censura puede controlar una película, pero no puede controlar la mente del observador. Aquí debemos explicar algo cuya verdad descubrimos a lo largo de nuestro viaje. La cámara es una de las armas modernas más aterradoras, en particular para la gente que ha estado en la guerra, que ha sido bombardeada una y otra vez, porque detrás de cada pasada de los bombarderos hay invariablemente un fotógrafo. Tras las ciudades o los pueblos o las fábricas en ruinas aparece la cartografía aérea, o el espionaje fotográfico, normalmente con una cámara. Por tanto la cámara es un instrumento temido, y de un hombre con una cámara se sospecha, y se le observa por donde quiera que va. Y si no se creen esto, intenten llevar su Brownie nº4 a cualquier parte cercana a Oak Ridge o al Canal de Panamá o a cualquiera de nuestras zonas experimentales. Hoy en día, en las mentes de la mayoría de la gente, la cámara es la precursora de la destrucción; es sospechosa, y con mucha razón.


La Plaza Roja con la iglesia San Basilio al fondo
Moscú, antigua URSS
1947


Cosechando trigo en la granja colectiva
Shevchenko, Ucrania, antigua URSS
1947


Cosechando trigo en la granja colectiva Shevchenko
Ucrania, antigua URSS
1947


El club social. Granja colectiva Shevchenko
Ucrania, antigua URSS
Agosto 1947


Familias de una granja colectiva sentados para una comida
Ucrania, antigua URSS
Agosto 1947


Ucrania, antigua URSS
1947


Kiev, Ucrania, antigua URSS
1947


Monasterio destruido en los acantilados sobre el río Dnieper
Kiev, Ucrania, antigua URSS
1947


Moscú, antigua URSS
1947


Mujer recogiendo un manojo de heno en una granja colectiva.
Ucrania, antigua URSS
Agosto 1947


Mujeres caminando en un paisaje desierto
Stalingrado, antigua URSS
1947


Observando fuegos artificiales
durante la celebración del 800 aniversario
de la fundación de la ciudad
Moscú, antigua URSS
Septiembre 1947


Sevchenko, Ucrania, antigua URSS
Agosto, 1947


Shvchenko, Ucrania, antigua URSS
1947


Stalingrado, antigua URSS
1947


Stalingrado, antigua URSS
1947


Stalingrado, antigua URSS
1947


Stalingrado; antigua URSS
1947


Ballet Bolshoi
Moscú, antigua URSS
1947



          Íbamos a marcharnos el domingo por la mañana. La noche del viernes fuimos al ballet en el Teatro Bolshoi. Cuando salimos había una llamada de teléfono de emergencia para nosotros. Era el señor Karaganov del la Voks. Al fin había recibido contestación de la Oficina de Extranjería. Nuestros carretes debían ser revelados e inspeccionados, cada uno de ellos, antes de poder abandonar el país. Pondrían a todo un equipo a trabajar en el revelado de las fotos; tres mil fotos. Nos preguntamos cómo lo habríamos logrado si hubiésemos tenido que hacerlo en el último momento. No sabían que ya estaban reveladas todas las fotos. Capa empaquetó todos sus negativos y por la mañana temprano vino un mensajero a por ellos. Pasó un día de agonía. Paseaba de un lado a otro, cloqueando como una madre que ha perdido a sus bebés. Hizo planes, no dejaría el país sin sus negativos. Cancelaría su reserva. No aceptaría que le mandasen las películas después de él. Gruñía y pisoteaba la habitación. Se lavó el pelo dos o tres veces y se olvidó de darse un baño. Si hubiese tenido un hijo, habría estado con la mitad del dolor y de la preocupación. Ni siquiera solicitaron mis notas. No habría habido mucha diferencia si lo hubieran hecho, nadie habría podido leerlas. Incluso yo tengo problemas para hacerlo.
          Pasamos el día haciendo visitas y prometiendo enviar varios artículos a distintas personas. Sweet Joe estaba un poco triste por vernos marchar, creemos. Le habíamos robado cigarrillos y libros, habíamos usado su ropa y su jabón y su papel higiénico, habíamos ultrajado sus exiguas reservas de whisky, habíamos violado su hospitalidad de todos los modos posibles, y aun así creemos que lamentaba vernos marchar.
          La mitad del tiempo Capa planeaba una contrarrevolución si algo les pasaba a sus negativos, y la otra mitad simplemente tomaba en consideración el suicidio. Se preguntaba si podría cortarse la cabeza con el pedestal de ejecuciones de la Plaza Roja. Tuvimos una triste fiestecita en el Grand Hotel aquella noche. La música estaba más alta que nunca, y la chica de la barra a la que habíamos puesto el nombre de Señorita Sichass (Señorita Date Prisa) iba más lenta que nunca.
          Nos levantamos en la oscuridad para ir al aeropuerto por última vez. Por última vez nos sentamos bajo el retrato de Stalin, y nos pareció que sonreía satíricamente por encima de sus medallas. Bebimos el acostumbrado té y para entonces Capa ya tenía ataques. Y entonces llegó el mensajero y puso una caja en sus manos. Era una caja dura de cartón, y la tapa estaba cerrada con cuerda, y encima de los nudos había pequeños sellos de plomo. No podía tocar los sellos hasta que hubiera dejado el aeropuerto de Kiev, la última escala antes de Praga.
          El señor Karaganov, el señor Chmarsky, Sweet Lana y Sweet Joe Newman vinieron a despedirnos. Nuestro equipaje era mucho más ligero que antes, porque habíamos repartido todo lo que nos sobraba: trajes, y chaquetas, algunas cámaras, y las bombillas de flash que sobraron, y los carretes de películas sin usar. Subimos al avión y ocupamos nuestros asientos. Faltaban cuatro horas para Kiev. Capa sujetaba la caja de cartón y no se le permitía abrirla. Si se rompían los sellos no pasaría. La pesó en sus manos. Dijo con tristeza: <<Es ligera. Solo pesa la mitad de lo que debiera>>.
          Yo dije: <<Quizá han metido piedras en ella; a lo mejor no hay negativos ahí dentro>>.
          Agitó la caja. Dijo: <<Suena a películas>>.
          Yo dije: <<Podrían ser periódicos viejos>>.
          <<Eres un hijo de puta>>, comentó. Y luego se peleó consigo mismo. Preguntó: <<¿Qué querrían sacar? No hay nada que pudiese hacer daño>>.
          Sugerí: <<A lo mejor no les gusta las fotos de Capa>>.
          El avión sobrevoló las extensas llanuras con sus bosques y campos, y el río plateado retorciéndose y zigzagueando. Hacía un día precioso y la fina neblina azul del otoño se suspendía cerca del suelo. La azafata llevó soda rosa a la tripulación, y volvió y se abrió una botella para ella.
          A mediodía nos deslizamos hacia el aeropuerto de Kiev. El hombre de la aduana hizo una inspección somera a nuestro equipaje, pero la caja de película fue cogida al instante. Tenían un mensaje acerca de ella. Un funcionario cortó las cuerdas mientras Capa miraba como un cordero herido. Y entonces todos los funcionarios sonrieron, y nos dieron la mano, y se fueron, y la puerta se cerró, y los motores se pusieron en marcha. Las manos de Capa temblaban al abrir su caja. Parecía que estaban todas sus películas. Sonrió y echó la cabeza hacia atrás, y ya dormía antes de que el avión despegase. Se habían quedado con algunos negativos, pero no muchos. Habían eliminado las fotos que mostraban demasiada topografía, y la foto a distancia de la muchacha loca de Stalingrado había desaparecido, y las fotos que mostraban a los prisioneros, pero no habían retenido nada que importase desde nuestro punto de vista. Las granjas, y los rostros, los retratos de los rusos, estaban intactos, y eso era lo que habíamos venido a buscar primordialmente.
          El avión cruzó la frontera, y a primera hora de la tarde aterrizamos en Praga, y yo tuve que despertar a Capa.
          Bueno, eso es todo. Es más o menos a por lo que fuimos. Descubrimos, como habíamos sospechado, que la gente rusa es gente, y, como sucede con otra gente, es muy agradable. Los que conocimos sentían odio hacia la guerra, querían las mismas cosas que todo el mundo: una buena vida, mayor bienestar, seguridad y paz.
          Sabemos que este relato no satisfará ni a la izquierda eclesial ni a la derecha reaccionaria. La primera dirá que es anti-ruso, y la segunda dirá que es pro-ruso. Seguramente será superficial, pero ¿de qué otra forma podría ser? No tenemos conclusiones que sacar, salvo que los rusos son como cualquier otro pueblo del mundo. Seguramente los haya malos, pero con mucho la mayoría son muy buenos.




Texto de John Steinbeck.
Fotografías de Robert Capa.
Extraídos ambos de "Diario de Rusia. 1948".



sábado, 25 de julio de 2020

"Sanz Lobato"






BLOg DE NOTAS




Rafael Sanz Lobato
Sevilla. 1932-2015




Fotografía bajada de la red.

















La Caballada, Atienza 1970


Santorcaz, Madrid 1966


          Jornada cinegética en la finca Los Noguerones, el coto del Chato Puertas en Toledo. Al filo del amanecer, e incluso un poco antes, empiezan a llegar cochazos negros que aparcan en la explanada empedrada, frente a la casa señorial de la finca. De los automóviles se apean, en medio de la niebla, cinco ministros, tres generales, un obispo, tres subsecretarios y media docena de banqueros e industriales. El campo escarchado casi parece una estampa navideña.
          -Esto se irá cuando salga el sol -vaticina el anfitrión saliendo jovial a recibirlos.
          Intercambio de abrazos falangistas con palmoteo de omóplatos.
          -Enhorabuena por la comunión de tu nieto -felicita el Chato a un ministro-. ¿Recibió la bicicleta y el rosario de oro?
          -Claro, Ildefonso, y no sabes cómo se puso de contento. No tenías que haberte molestado. Encarna te envía un saludo. Por cierto, ya tienes reservado un puesto para tu señora en la mesa peticionaria de la Cruz Roja de la calle Serrano.
          El Chato Puertas asiente complacido.
          -El rosario lo ha bendecido Su Santidad -añade- aprovechando que mi Dora estuvo en Roma con la peregrinación de las Damas Reparadoras.
          La presidenta de las Damas Reparadoras, la duquesa de Pradoancho, la invitó a ruegos de su hija Petronilita, que sigue de secretaria con el Chato, aunque ya no se acuesta con él.
          Los monteros pasan al amplio salón en el que arden varios braseros. En una mesa repostero humea un caldero de caldo caliente. Se habla de otras cacerías, de fútbol, de boxeo. Parece que el campeón Fred Galiana promete ganar laureles para la patria.
          Llega otra media docena de coches y un camión con gente del pueblo cercano. A medida que amanece, se levanta la niebla. Al final queda una mañana fría pero despejada, buena para matar venados.
          Desayuno montero: migas con torreznos y chorizo, café del bueno, contrabandeado desde Portugal, seguido de una gama variada de orujos para matar el gusanillo y entrar en calor.
          Los cazadores visten impolutos atuendos monteros en tonos grises, verdes y ocres. Sombreros tiroleses, algunos con pluma, botas altas, leggins, algún calzón ajustado en las rodillas, como los que usa el Generalísimo. Cananas y correajes que huelen a cuero bien curado, adquiridas en Sevilla o Jerez. Los guardas jurados lucen chaqueta de pana parda y ancha bandolera de cuero con gran hebilla dorada, en la que se lee: <<Guarda jurado. Los Noguerones. Toledo.>>
          Los monteros lucen una variedad de escopeta de lujo, Holland & Holland, Boss, Arrieta, Aya, Pedro Arrizabalaga, Grulla y Kemen. El Chato Puertas tiene en su armero dos Arrieta, una Boss y una Purdey, la preferida del Caudillo.
          La mujer del guarda, Angustias, se asoma por la taquilla de la cocina:
          -No les falta un perejil -le dice al marido y pinche.
          -Tú esmérate, que hoy nos van a caer buenas propinas -dice con lágrimas brillándole en los ojos.
          No es que lo emocione lo que ve por la ventana, es que está picando cebolla.
          Han mandado a los tres zagales al pueblo con una prima, para que no anden por medio, que hoy hay mucho peligro en la finca con tanto cazacantano suelto.
          El manigero del Chato Puertas, que oficia de postor, asigna los <<secretarios>> que deben acompañar a cada cazador procurando emparejar los más hábiles con los cazadores inexpertos, a los que reconoce por las botas caras e inadecuadas, por la excesiva desenvoltura con que manejan las escopetas y por las preguntas tan tontas que hacen sólo por insertar la media docena de palabras de la jerga cinegética que aprendieron la víspera. Dicen, por ejemplo:
          -¿Es buena la mancha que vamos a montear? A ver si me toca el puesto en un rodal querencioso, etc.
          -¡Qué poco se imaginan lo que les espera a las reses que están tan tranquilas en sus encames!
          -A ver si hoy veremos algún agarre bueno de perros con jabalíes.
          Los perreros aguardan bajo los primeros pinos con sus rehalas ladrando, excitadas.
          Baja del Guadarrama un frío desapacible que traspasa las pellizas y se mete en los huesos. Los <<secretarios>>, todos ellos cazadores furtivos del pueblo contratados para la montería, fuman gruesos cigarros de cuarterón y charlan entre ellos en voz baja, al reguardo de las cuadras, mientras los monteros terminan de desayunar.
          -Dicen que hoy ha venido un obispo -comenta uno.
          -Aquel más gordo, el de la pluma morada en la montera -lo señala con la barbilla el compañero.
          -Tiene culo de maricón -sentencia el primero.
          -A ver si te toca a ti y te lleva de <<secretario>> al puesto -bromea un tercero.
          Le ríen algunos la gracia. Por lo bajo, claro.
          Los chóferes, todos de uniforma azul o gris y gorra de plato, excepto los tres soldados conductores que han traído a los generales, hacen rancho aparte y desayunan otra sartén de migas, éstas sin chorizo, sólo torreznos y sardinas arenques, en la trasera de la casa, tras los tendederos.
          La vivienda está agradablemente caldeada. Dos grandes troncos de encina crepitan en la enorme chimenea de piedra en la que campea el escudo de armas de los Puertas-Corral. El genealogista al que se le encargó los representó fundidos en uno que figuraba un corral cuadrado con cuatro puertas. En su primera versión el corral no contenía animales, pero el Chato indicó al dibujante que añadiera los retratos de los cuatro équidos de su cuadra: el Retrechero, el Moro, el Cagaleches y la Princesa (yegua).
          -No es científico -advirtió el genealogista.
          -Donde pago, cago -argumentó el Chato, sentencioso.
          Los generales hacen corrillo.
          -¿Habéis visto los yip (jeeps) americanos? -dice el de Artillería-. En el cuartel tenemos uno: parece que vas en un patinete. Es que vuelan.
          -A ver si nos llega algo en el reparto -se queja el de Aviación.
          -¡Sí, hombre! ¿Qué más queréis? -le reprocha el de Intendencia-. Los más beneficiados sois lo de Aviación. Os están llegando todos los cazas sobrantes de Corea.
          -Pronto no habrá quien nos tosa -observa el aviador-. Ahora sería el momento de comenzar otra Cruzada de Liberación, esta vez en Rusia, y terminar con el comunismo. El general Kindelán ha calculado que en España caben quinientos campos de aviación y el general Díaz de Villegas dice que son pocos, que por lo menos caben seiscientos.
          Mientras los generales sueñan con ganar media docena de Laureadas en la cruzada americana contra la Unión Soviética (aunque no por ello descuidan sus sinecuras en los consejos de administración de las empresas del Régimen), los ministros y directores generales departen confidencialmente con los industriales. El tema de conversación es variado: obras públicas, proyectos, importaciones, aranceles, permisos, concursos, proyectos, porcentajes y demás temas que les son propios. De caza se habla poco.


"A rapa das bestas"
Morgadane, Pontevedra 1975

"Niño con tambor" 1980
"Auto Sacramental"
Camuñas, Toledo

"Viernes Santo"
Bercianos de Aliste, Zamora 1971

Valencia 1965

"Viernes Santo"
Bercianos de Aliste, Zamora 1971

Valverde de la Vera 1969


"Procesión de los Bercianos"
Bercianos de Aliste, Zamora 

"Auto Sacramental"
Camuñas 1970



Fotografías de Sanz Lobato.
Texto "Escopeta de España", extraído de "De la alpargata al seiscientos", de Juan Eslava Galán.


Miranda del Castañar, Salamanca 1971


miércoles, 15 de julio de 2020

"5 imágenes sin par"






OPINION.es











“5 imágenes sin par”





          Que los árboles no dejen ver el bosque es lo mas habitual, así la actualidad no permite apreciar lo histórico y el maremagnum de la imágenes que producimos globalmente hoy en día nos veta la iconología que como legado ha de perdurar. Por otro lado es paradójico que tal cúmulo de producción gráfica sea tan parca en excelencia, tal vez sea porque pareciendo tan sencillo el arte fotográfico en el fondo sea uno de los más difíciles de desarrollo, tal vez porque los tiempos cambiaron y la realidad otra, difícil de ver. Hoy la mayoría de las personas llevan consigo una cámara instantánea en el móvil, y a pesar de que las nuevas generaciones poseen un control sobre la técnica sin precedente en sus antecesores eso no conlleva una correspondencia en el desciframiento etimológico de sus usuarios, la transición de un medio eminentemente profesional a uno de soberbios amateurs ha supuesto un progreso cuantitativo pero no necesariamente cualitativo, éste depende más de unos medios humanistas que técnicos simplemente. Éstos son algunos de los motivos para que resulte tan extraño encontrar iconos en unos medios cada vez más inmensos y dispersos que, sin embargo las dificultades de producción y difusión, durante la era analógica sí dieron. Aquella fue la época de los grandes conflictos, y los especialistas gráficos dieron testimonio excelso de tales miserias bélicas, fue la gran época de la fotografía “real”, se descubría el fluido mundo o al menos éste mirado a través de una lente de una cámara compacta, y en él habitaban además nuestras guerras, mientras el siglo XXI es la época del colapso, y con él surgen el desconcierto, la crisis, la decadencia del sistema y la desorientación social e intelectual, y así nos hemos quedado sin imágenes que nos representen frente a la devoradora y omnívora cultura líquida neoliberal. Así mientras en la vieja Europa durante toda su historia la plebe ha acudido al foro, a las plazas, a los bares, donde compartía las ideas, en la neo-América, léase USA, toda la aspiración es pasarse por el auto-McDonals a devorarlas. Es cambio de época y los poderes supranacionales, que no gobiernos democráticos, imponen sus modos y maneras, su ley, mientras la opinión y el voto ciudadano solamente cumplen la función de crear la ilusión de una democracia ya inerte, así You-Tube o Facebook censuran pezones en la red mientras sirven de portavoces a grupos ultra fascistas y sus ciber-programas responden a las denuncias por incitación al odio con un escueto mensaje de comprensión a tu ofendida personalidad. Quizá en las próxima elecciones se nos proponga votar a logaritmos más eficaces que los actuales representantes comprobadamente tan ineptos. Nunca antes hubo en la humanidad una generación tan formada y tan incapaz, tal vez sea éste uno de los motivos por lo que hasta ayer conceptuaba a los adultos como niños jugando a ser adultos con caros juguetes, pero ahora les vea como niños vestidos o disfrazados de adultos enredados en juegos de niños. 





Therese Frare



          Y aunque los últimos cercanos tiempos estén suponiendo un revés en los países occidentales a los anales democratizados y sociales sin embargo también hemos de reconocer que venimos de atravesar una excepcionalidad histórica. El “estado del bienestar” no era tan sólo una conquista económica, conllevaba consigo multitud de asimilaciones convivencionales para los diversos sectores sociales. Uno de ellos fue la visivilización y acceso a derechos en el colectivo gay. Cada conquista comienza con un paso y aunque todos los del camino son igualmente necesarios hay siempre un punto de inflexión que focaliza el conjunto de la lucha y consigue la trascendencia diluida en la totalidad. Y eso fue la aparición de la fotografía de Therese Frare en la campaña publicitaria de BENETTON de principios de los años noventa del pasado siglo, donde se muestra la agonía de David Kirby arropado por su familia, afectado por la plaga del SIDA que por aquel entonces atemorizaba a toda la sociedad a la par que estigmatizaba y discriminaba aún más a dicho colectivo. Fueron los propios familiares quienes pidieron a Therese, quien llevaba tiempo realizando el reportaje de su proyecto escolar, que estuviese presente en aquellos últimos momentos, al igual que permitieron la difusión publicitaria a través de aquella multinacional textil con nobilísima intención de dar presencia al alto coste de la invisibilidad de aquella cruel enfermedad. Servida la controversia a la hipócrita sociedad las posturas encontradas chocaron entre polémicas éticas, científicas, religiosas o mediáticas, pero demostró vívidamente que cerrar los ojos a los problemas siempre trae consecuencias negativas y que afortunadamente para las minorías ninguneadas estaremos siempre condenados a ponernos de acuerdo para convivir. Lo que desequilibró la balanza esta vez en favor de la razón fue la fortísima connotación teológica de aquella fotografía, en un acaso afortunado y excepcional, gracias al extremo parecido de David agónico con la imagen que guardamos del Cristo judío de media humanidad, junto a su Sagrada Familia contemporánea, construida a través de la tiranía iconológica del arte occidental católico. Nunca sabemos dónde la historia va a desvelar uno de esos extraños giros que todo lo trastocan con su conmoción, y aunque la joven estudiante de periodismo Theresa llevaba tiempo acompañando a aquellos seres en tan luctuoso trance, y en un principio quiso permanecer discreta en aquél último momento, para la familia Kirby por encima del dolor primó el afán de conservar el recuerdo y le permitió presenciar el último aliento de David, y atónita además servir a la “mano de dios” para como operadora plasmar para la eternidad la extinción de una vida por una causa, tal como la de aquel otro redentor. Para un fotógrafo hay poca elección, ha de estar ahí, y luego decidir entre felicidad u horror, por eso la fotografía es la más triste de todas las artes al elegir sus iconos entre las penurias del ser humano y no sus felicidades. Pocos momentos realmente únicos podemos vivir, mucho menos compartir.




Rocco Morabito


          Extrañeza, es la primera lectura que arroja la fotografía de Rocco Morabito. Que la fotografía documenta no es cuestionable, pero que sea evidente no es ídem, a pesar de su realista capacidad es incapaz de certificar per se. De hecho su uso perverso es también su reverso, la mentira. Y el dicho que “una imagen vale más que mil palabras” lo corrobora, puesto que lo único que nos provoca cualquiera de ellas son las múltiples lectura posibles y, al igual que toda realidad, interpretables, pues las fotografías no revelan la verdad como tampoco dicen mentiras, por contra sugieren, a veces aciertan y otras difieren. Y sin embargo lo que es incapaz de decir esta imagen de Rocco es lo que la hace extraordinaria, mientras que gracias a su pie de foto “El beso de la vida”, que le adjuntó el editor del “Jacksonville Journal”, es significativamente esclarecedora de su correcta textualidad. En fotografía se agrava aquella arrogancia que nos da el saber leer y creer que es lo mismo que comprender, y así el uso y abuso que de la imagen ha hecho biblia esta sociedad no se ha visto correspondido con su justa apreciación, y seguimos siendo unos analfabetos visuales. El exceso, la sobresaturación, la rapidez y la futilidad de éstas son algunos de los motivos que revierten sobre nuestro supuesto acertado reconocimiento de una imagen, pero no debemos olvidar además los estereotipos culturales adquiridos. La publicidad iconológica Marlboro Man de la famosa marca de cigarrillos escondía subrepticiamente un estilo más apropiado a la libre elección sexual del hombre de aquella época que al público supuestamente monógamo a quien iba dirigido inicialmente, de hecho las insinuaciones gays nada sutiles del vestuario del grupo musical Village People recogían ésta y otras indumentarias para incluirlas en sus reivindicaciones. Por eso la rápida lectura de esta fotografía de Rocco de dos obreros besándose y contextualizada en aquella época refiere más a un proceso de lucha social que al de una crónica de suceso. Sin embargo lo cierto es que R.G. Champion, aprendiz de instalador de líneas eléctrica, había entrado en contacto accidentalmente con 4160 voltios lo que le había producido un fallo cardíaco y su desvanecimiento, y gracias a la rápida intervención de su compañero J.D. Thompson mientras colgaba aún del poste sujeto por su arnés de seguridad salvó la vida. Lo que realmente vemos por encima de la ambigüedad de la imagen y libre de connotaciones es la maniobra de reanimación de un trabajador en favor de su compañero en condiciones extremas, lo que quedó plasmado es el hecho excepcional, instintivo y no menos altruista de la solidaridad humana, tan raro de ver y del que tan falto está la humanidad.




Robert Wiles


          Contamos en los anales de la historia de la fotografía, durante su época Victoriana, con la categoría de fotografía post-morten, fúnebre, el oficio de retratista de difuntos. Lo que en vida no se llegó a concretar por falta de oportunidad o medios, resultaba un recurso postrero de homenaje para con el fallecido. Era trasvasar la preservación del recuerdo a aquel novedoso medio fotoquímico recién nacido, lo que de alguna manera popularizaba la elitista ancestral momificación, costumbre tan enraizada a través de sociedades y tiempos que hasta las laicas ideologías usaron de ellas en líderes modernos como Lenin o Mao. Esta tendencia por lo grotesco pervive contemporáneamente en el turismo bizarro hacia los escenarios luctuosos como Chernobyl, o tras personajes controvertidos como el narco colombiano Pablo Escobar. Ambos procedimientos, la fotografía y la momificación, persiguen el mismo fin, la perpetuación de alguna otra manera de la vida, un ansia de eternidad, y sin embargo su uso combinado, aquel ancestral oficio de fotógrafo fúnebre, cayó en desuso frente a la entusiasta jovialidad de la instantánea fluidez de la vida misma. El tardío testigo de aquella fascinación y atracción por lo grotesco es eventualmente recogido por algún artista contemporáneo, como es el caso de Andrés Serrano cuando introdujo su cámara en la morgue para explorar algunos de los diversos modos ahora ocultos de morir, con su fría y recompuesta actual forma de representación de un pálido todo color. O aquella otra manera de verlo desde la plataforma sonora que tuvo Javier Krahe, quien prefería para su propio deceso la hoguera frente al garrote vil, el fusil o la crucifixión, y donde la ironía no ocultaba el absurdo. Pareciera que todas las épocas pretéritas fueran épocas menos asépticas que la presente. Lo cierto es que hasta ayer la humanidad convivía con ideologías enfrentadas, con conflictos bélicos en la propia puerta de casa, o con el frío apocalípsis nuclear preanunciado desde el púlpito mediático, y la sociedad consideraba connatural el mantra “vive deprisa, muere joven, deja un bello cadáver”. Así la mitología desalojaba de sus cielos a las náyades clásicas para dejar lugar a los nuevos héroes del Parnaso: una bala acababa con la vida del Che en la selva revolucionaria boliviana, Janis Joplin, Jimmy Hendrix y Jim Morrison morían cabalgando un caballo psicodélico, James Dean conduciendo hacia el éxito, y Marylin y Elvis Presley ahogados en barbitúricos de aquél, y todos migraron desde aquella efímera juventud al mito eterno en un tris. Eran tiempos en que las estrellas se apagaban pronto, eran tiempos distópicos en presente, Huxley y Orwell fueron los cronistas de esotra manera de ver las cosas que pasaban en un mundo de tiempos difíciles, donde cada uno tan sólo era libre para elegir su propia manera de naufragar.
          Lo más terrible de la fotografía de Robert Wiles es la belleza estremecedora que desprende. La joven, Evelyn McHale de 23 años que había saltado desde el mirador del piso 86 del Empire State apenas horas después de haberse prometido con su novio, yace arropada en el frío colchón de metal del techo de un automóvil donde conserva en su rostro maquillado un gesto de comedimiento y sus manos aún enguantadas serenas acariciando el collar, y tan sólo nos perturba mínimamente el desarreglo de las medias o que en su elegancia carezca de calzado, lo que nos provoca la impúdica ansia de alisarle la falda. No es la imagen tenebrosa que prefiguramos en tales luctuosos trances, ni su estado ni su estilo. Convivimos con la consensuada mentira del secreto para un éxito asegurado a través de cánones de belleza, riqueza o/y juventud, y por contra no nos está permitido la debilidad pues la felicidad resulta obligación mientras la acedia, la tristeza del alma, es pecado capital. No tan sólo esta foto es excepcional porque el tema sea un tema tabú, o que no lo fuera en aquella época de excesos psicodélicos, ni tan siquiera porque la revista LIFE la utilizase en portada, es sobre todo excelsa porque nos revela sosiego, el que la arropa a ella tras su muerte, en contra del prejuicio mayoritario que nos lleva a ocultar la parca tras la cortina de la invisibilidad, o de su timorata censura oral. 




Rubén Digilio


          Los que hemos vivido este último cambio de milenio hemos asistido al triunfo del capitalismo, éste ha arrasado con todo: con el comunismo, con dictaduras de todo pelaje, con repúblicas bananera, y hasta con la débil e incierta democracia. Su omnímodo poder ha fagocitado todo distinto ideal que se le interpusiera en el camino, aunque en pos de modernidad luzca ahora un terno autodenominado neoliberalismo. Para ello ha utilizado todas la armas a su alcance, las físicas, las frías, o más sutiles como pudiera ser el soborno a una plebe siempre mas dispuesta al lucro personal que a la solidaridad comunal. De hecho la historia siempre ha sido una constante lid entre los ricos contra los pobres donde el triunfo se decanta constantemente a cartas marcadas, por eso los poderes de facto pronto aprendieron que se gobernaba mejor desde la sombra y organizaron que unos mercenarios mediocres hicieran de actores dirigentes para una sociedad mediocre, y eso es la democracia al fin, el triunfo de todas las capas de mediocridad. Y aunque el discurso diga lo contrario, tampoco debemos olvidar que las conquistas sociales son un debe que tenemos con las iniciativas de las clases y colectivos desfavorecidos frente a la aristocracia, el clero o una burguesía cada vez más atrincherada en un liberalismo económico, así cuando hoy la plebe “despertamos” al actual desafuero consumista y demandamos más compromiso ecológico nos asombra comprobar con cuánto descaro nos colectivizan los costes o perjuicios causados mientras los beneficios siguen siendo privatizados constantemente. La razón de la política no es la política de la razón. No es nuevo la insolencia que utilizan los poderosos frente a sus incapacidades para descargar responsabilidades en el pueblo, lo que resulta novedoso es que la clase política haya aprendido que el coste de la mentira mediática es nulo, y hasta llega a hacer de ella un estilo peculiar y particular.
          El fotógrafo es un ser que ve lo que otros no ven, y aunque su materia sea la luz, no por ello los prosistas del medio, que son los documentalistas, estigmatizan la magia que producen las sombras del mundo visto a través de un objetivo. Rubén Digilio fotografió para el diario argentino “Clarín” al candidato Maurici Macri en la campaña electoral de 2015 y, a la vez para todos nosotros, una nueva visión neoliberal del cuento de Pinocho, donde éste como ganancia a sus mentiras se convierte en un héroe popular admirado y símbolo de devoción. Tristemente aún más revelador es que posteriormente Macri fuera presidente de la nación como mal menor o ineludiblemente. Cuando no nos basta la evidencia únicamente nos caben su consecuencias. Inmersos ahora en la lucha por la salvación del planeta lo cierto es que a éste la da igual, nosotros sólo somos actores secundarios, figurantes simplemente en la historia universal, gladiadores de un lugar de ambiciones y egotismos, en un sitio de un paso, el acaso casual, el rincón sin importancia de un infinito indiferente, la mentira de un poder omnisciente.




David Slater


          Por una minúscula azarosa combinación química-biológica (causal-casual) el ser humano ha llegado hasta su actual estado, dejando por el camino un balance de las excelsas maravillas de hecho y pensamiento, a la par que se ha esforzado pertinazmente en demostrar su infinita estupidez por destruirlo todo. Lástima que la mayoría de sus conquistas hayan sido la obra de tiranos sin escrúpulos y a costa de la sangre ajena, pero por alguna extraña combinación existe un consenso generalizado en su adulación y simulación. Estamos hechos de nobles intenciones, aunque en algún postrero lugar nos pervierten los hábitos. Aun así hemos de reconocer la singularidad y excepcionalidad de la raza humana, sobre todo frente al resto de los otros seres, sin menoscabo de la extraordinariedad de todos y cada uno de ellos. Cada día un poco más los científicos logran armar el puzzle de aquel mapa cronológico del genoma evolutivo que nos transformó de micos en racionales, lo que empezó con la oposición del pulgar, la transmutación de la laringe y el crecimiento cerebral, y acabará supuestamente en una especie de micosis de atrofia robótica. Sin entrar en estas inciertas especulaciones futuras, tal vez el hombre ha sentido siempre un prurito halo de soledad y cuando mira a su alrededor no ha podido abstraerse de considerar a los simios como hermanos, más que ancestros, lo que erróneamente les hace adjudicarles propiedades meritorias de películas de Hollywood, pero no tanto reales. El alma humana esconde recovecos de desamparo que siendo equívocos protectores nos confunden. La moda proteccionista animal que recorre hoy el mundo urbanita y eminentemente artificial se olvida que lo natural es realmente salvaje, que los perros que nos acompaña como guardas desde épocas primitivas y hoy cumplen como mascotas no encubren tras de sí sentimientos sino sentidos, pura fisiología, ya que la abstracción es una capacidad consustancial del homínido por invención del cerebro evolucionado, y ajeno por tanto al resto de animales. Cuando David Slater tomaba imágenes en la selva de la isla de Sulawesi, en Indonesia, lo hacía siguiendo unos hábitos adquiridos por el aprendizaje propios a la técnica fotográfica, con conciencia y alevosía, mientras que el macaco Naruto al repetir los gestos que anteriormente había observado lo que hizo tan sólo fue seguir su instinto de conservación mímica, una repetición del gesto del asir evolucionado que durante toda su existencia le ha procurado sustento y en este caso perplejidad únicamente. Cierto que tomó una instantánea de sí mismo, pero involuntariamente, sin intención, ni conciencia en el acto, similar a como aquellos hombres de tribus prehistóricas que jamás antes habían visto una fotografía eran después incapaces de reconocerse en ellas o creían que su alma había sido robada. La posterior polémica destapada por el grupo de defensa de los animales PETA en torno a su derecho al copyright es un esperpento racional, aunque irracional, es como decir que las cataratas Victoria las descubrieron unos elefantes, aunque de hecho antes de que llegara Livingstone ya estaban allí, de lo que se trata sencillamente es de la consensuación social de la congruencia de lo incongruente. La maravilla que hizo Naruto inconscientemente, y que después han repetido infinitamente numerosos micos cada vez que un turista les pone al alcance de sus manos una cámara, fue mostrar al mundo por vez primera nuestro ambicioso hedonismo y vanidad en esta frívola moda global que nos recorre de selfies, además de insinuarnos ese cambio de perspectiva que nos haría vernos a nosotros mismos como él, como animales jugando a Narcisos sin remedio.



          Lo que poseen estas cinco imágenes de común es que todas ellas rasgan la piel de la hipocresía que nos envuelve como sociedad y como individuos, dan luz a realidades veladas por convencionalismos pacatos y conservadores, y lo hacen de manera descarnada y aunque sutil, evidente, por encima de ideologías, por mor del simple ataque al sentimiento y con él al sentido común. Nos enfrentan a la vida y a la muerte, a la esperanza y a la par a la desesperanza, nos ponen cara a cara con esas cosas que forman parten del acontecer pero habitualmente negadas por incómodas: la mentira, la vanidad, el amor, la vida, y la muerte. Porque tratándose del vivir se abarca mucho más que el solo acomodo, además existe aquello tabú y el cerrar fuertemente los párpados del egoísmo no nos libera de ello, porque siempre en nuestra parcialista percepción de la realidad podremos acomodarnos una moral, pero nunca construir “la” moral.



Texto de enriqueponce 2019-20