miércoles, 25 de mayo de 2022

"Puro Teatro"

OPINION.es
CRONOcromos







"Puro Teatro"




          Una frase recurrente en mí es que nuestros recuerdos son en blanco y negro, aunque ciertamente es sólo relativo. A mi generación le tocó en suerte presenciar el alumbramiento de este nuestro mundo mediático. Nacimos a la par de la creciente difusión de la imaginería moderna, luego post-moderna y tal vez presenciemos la post-fotográfica. De aquel entonces conservamos, entre otros, la memoria de los viajes al estudio del fotógrafo profesional que nos inmortalizaba ocasionalmente, o algunas onomásticas fijadas para la posteridad con arcaicas compactas de borrosos resultados en diversos tonos de gris -y cabezas o piernas cortadas por el indeseable efecto del paralaje-. Así mismo también recordamos la llegada a nuestros hogares de aquellos tubos catódicos que apagábamos tras el “Vamos a la cama” de la familia Telerín, o la carta de ajuste, según; y la posterior revolución de los Telefunken con sus primeros caleidoscopios que habían sido precedidos desde las salas de los cines con el Cinemascope, o en carretes de 12, 24 o 36 fotogramas de Kodakrome o Ektachrome tan característicos entre los incipientes profesionales o amateurs de la imagen de entonces. Y toda aquella época quedó así registrada entre el múltiple sistema de zona de Ansel Adams y los deslavazados colores de capas de pigmentos sobre haluros. Esa es la nostalgia nuestra, una generación que se recuerda en un caos de sombras grises que abocaron en desvaído espectro de color.

          Mientras tanto el tiempo fue pasando con su omnívoro arrojo e, igual que el sonido de los CD’s desplazó el calor de los vinilos, la imagen digital arrolló en pocos años todas aquellas otras técnicas y costumbres que devinieron rápidamente en obsoletas y anacrónicas, todas y cada una de ellas pasaron a ser un filtro de la aplicación-madre de las imágenes, el Photoshop. A un sólo clic del ratón pusieron a nuestro alcance el mismo resultado que requería antiguamente horas de manipulación entre procesos químicos, y a cambio y como pobre compensación obtuvimos la fragilidad de un rastro binario que sin embargo se nos hace difícil confirmar en su existencia, puesto que aquel proceso migratorio desde la cámara, su paso por el editor y su viaje definitivo en la inmaterialidad de la red lo hace retornar a su génesis primigenia lumínica, y por lo tanto efímera.

          Con todo ello en mente a veces me cuestiono la ética del coloreado actual de los documentos de aquella otra época, sean fotografías fijas o imágenes en movimiento. Algo de perversión aportan, aunque tal vez mi recelo provenga además de mi temprana formación documentalista, fiel a la veracidad -aunque ésta esté siempre filtrada por cada visión autorial- Si ya produce una suerte de fascinación, congénita al medio, el visionar lugares o gentes pretéritas investidas de ese glamour propio a la imagen impresa o filmada, ahora con la vuelta de tuerca que provoca la depuración digital -pigmentación, limpieza de defecto y deterioro, o/y ajuste del metraje en las tomas móviles- se manipula además lo ya asimilado, lo acordado, la memoria de estos nosotros que compartimos esos tiempos pasados. Aunque para el nativo digital no sea más que un juego, para otros no es tan sencillo, colorear es manipular -los recuerdos, la nostalgia, la fidelidad-, o al menos se acerca a cierta desviación de la historia, tal esas pantomimas de las recreaciones a través de los disfraces en los escenarios de clásicas batallas.

          Cuando comenzó esta revolución digital preconizaban a la par que el futuro ya estaba aquí, pero más allá del retruécano de palabras que imposibilita una fusión de tiempos, lo que clamaban entre líneas era que llegaba una época donde las técnicas se hacían a sí mismas efímeras, que la obsolescencia programada tenía carta blanca y que se tornaba acuciante una formación continua en un medio esencialmente mecanizado. Aunque más allá, en todos los ámbitos de nuestra vida ocurrió igual, y esa perenne puesta al día provocó a la par un estado de continuo desasosiego al no haber nunca acomodo alguno, ni personal, ni profesional, ni social. Nuestros conocimientos, habilidades o artes dejan pronto de servir para dejar paso al siguiente retruécano que lancen al mercado desde Silicon Valley. Pero este constante peregrinar en busca de no se sabe bien qué conlleva también y además un cierto desbarajuste psíquico-emocional en el lógico devenir de las gentes, porque a partir de cierto momento la persona ya no ansia desesperadamente esa maravilla de futuro que jamás se alcanza, y sin embargo sí necesita vivir poco a poco y cada vez más entre el acomodo de la nostalgia, revivir -y no, no es ni debe ser un estigma, al contrario, reivindico tal derecho, el del reacomodo de los recuerdos-. A partir de cierta edad vivimos en la memoria, de memoria, y poco a poco nos hacemos memoria. Memoria viva, además.

          Y aunque para contradecirme la red se obstina de inundarnos de plataformas donde las películas y series y series que son películas -aunque duren doce capítulos de ocho minutos cada uno- supuestamente venidos directamente del futuro -precuelas de novedosas exclusivas-, lo cierto es que todos los argumentos narrativos los agotaron ya los novelistas decimonónicos de los recientes pasados siglos. El resto son secuelas. Así en un acto de misantrópica rebeldía en vez de acudir a ofertas donde ver los más vacuos argumentos o inútiles efectos especiales suelo navegar en busca de aquellos cajóndesastre que a pocos interesa, y a las más aburre, y haciéndome hueco en mi ancestral memoria recupero en ocasiones un caduco formato que ofreció la entonces incipiente RTVE, teatro realizado para aquel nuevo medio, para ella la televisión -donde frente al vacuo dinamismo del cine se antepone el peso de la palabra del teatro-. Arcaicos autores -Poncela, Benavente, Miller, Chejoj… además de mucha morralla tardofranquista y añeja como el cándido moralista Arniches o el celebérrimo bahamontista Pemán-, arcaicos medios, declamaciones de otro método y puestas en escena varias que hoy día no tendrían cabida en tic-tok -otra época, otras maneras-. Pero igual que los ojos de un imberbe no son lo mismo que la mirada de la nostalgia, la paciencia que dan los años tampoco se acomoda a la prisa de este presente fugaz, y por eso mismo obra tras obra llegué un buen día hasta la representación de “El pelícano” de August Strindberg.

          No es mi intención desde aquí realizar una crítica teatral, ni siquiera un análisis literario de su autor, el mismo que dijo: “Desde mi niñez he buscado a Dios, pero sólo he encontrado al diablo”, lo que por sí mismo es una declaración de intenciones que resume representativamente bien ese aire que se respira durante la representación de la obra, y es ello mismo lo que recogió mi mirada durante las casi dos horas que los actores dieron vida a la opresión, el miedo y pavor que provoca la represión de una educación matriarcal y castradora. Supongo que parte de la culpa de la fascinación por las escenas de dichas imágenes la produjo la imperfección de la grabación analógica, su difuminado, conjunto a la borrosa definición entre planos, o/y el desgaste de aquel medio fungible que les ha impregnado de un halo marcadamente impresionista -tal como se esperaría de los paisajes victorianos de Jane Austen o las hermanas Brontë, las narraciones de su contemporáneo Henrik Ibsen, o tal la luz decadente de los largometrajes de su mismo compatriota Ingmar Bergman-, pero es que además su director Francisco Abad, a través de los posados que lleva a cabo con los personajes en pos de la cámara, las luces y el escenario, logra una infinidad de cuadros escénicos estéticos -y estáticos además- plenamente imbuidos de complejas y variadas influencias como, entre otros, los posados de un anacrónico Edward Hopper o/y los claroscuros de los cuadros flamencos de Rembrandt, o simplemente rememorativos de aquella vieja tradición de los fotogramas que nos recibían en los vestíbulos de los cines pre-anunciando lo que nos fascinaría luego desde el cañón del proyector .

          Dicen de un fotógrafo que tan sólo le es dado captar lo que viva, su entorno, sus experiencias, lo que mira, lo que ven sus ojos. Y no es la cámara quien hace sus imágenes, o como dice Cartier-Bresson ni siquiera su ojo sino que sea su dedo índice el culpable, o tal vez sea su mente, sea como sea lo inevitable es que su harina es la realidad, la vida. Cuando la técnica analógica declinó pasé un impasse de expectación, hasta que la lógica de la evolución igualó la calidad -y posteriormente superó- de ambos procesos, mientras además la novedosa cualidad binaria multiplicó exponencialmente todo su potencial y accesibilidad amateur. Entonces fue cuando me subí al carro, y obstinado volví a ponerme al día en un medio donde me siento cómodo connaturalmente. Recuperé el placer de la réflex que me ofrecía un compromiso en su excelsa perfección con la toma, aunque la comodidad me llevó a sustituirla posteriormente por la 3/4 sin espejo de objetivos intercambiables, que me sedujo por su manejabilidad, rapidez y funcionalidad si perder un átomo de excelencia, y aunque vagué a gusto con ella durante un tiempo a la postre me hice con una compacta con la vulgar excusa de para a diario que me ofreció además una liberación del compromiso del momento de la toma sin precedente que me agradó -incluso jugué con una instantánea por regodearme entre sus limitaciones-, hasta que descubrí que el último teléfono que adquirí hacía también fotos decentes, lo que resultó mi perdición -obviamente es ironía- y las cámaras quedaron aparcadas por un tiempo en casa. Pero en ese lapso hubo un prurito -una desazón, una comezón visceral- que no se apagó nunca, la búsqueda y ansia de tema, en ese entorno mío, ámbito o mundo, mi alrededor, insatisfecho por el alcance de los escasos JPGS de aquel móvil y vagancias.

          Porque el mundo de uno y de hoy no se circunscribe al pasaje, o las gentes, de aquí cerca, o de nuestros vagares. Es más complejo. Ya no es en blanco y negro, resulta exhortativamente binario, se puede teñir de colores, no es limitado, se viaja impunemente, pero además y sobre todo no es físico o latente solamente, también es virtual, y digital. Mediático en suma. El mundo siempre fue complejo, hoy simplemente lo es más, y nosotros actores deambulamos en un proscenio frente a no se sabe bien qué. Ante los demás u ante un objetivo. Por eso en nuestro imaginario se han colado además las referencias. No tan sólo hoy se fotografía el afuera sino también el adentro, y así las fotografías de fotografías es un hecho ya superado -ni que decir de aquellas puestas al día de escenas de cuadros clásicos del medievo, tal recreaciones históricas-, e igualmente hacer tomas sobre la ficción de las pantallas es tan probable como posible como tema. Por ello más allá de las imágenes que recojo con las cámaras me sacio además con la varias posibilidades que ofrece la captura de pantalla y su posterior edición, sea de ficción cinematográfica, documentos de la naturaleza o las abstracciones peripatética que me ofrece el Google-Earth -incluso satélites espaciales-. Aunque resulte un tanto incongruente moverse entre tanta cámara y terminar no usándolas para obtener imágenes a través de la pantalla del ordenador personal, creo que la post-fotografía nos ha de hacer pasar por distintas formas de fotografía virtual, y he encontrado que ellas apaciguan igualmente mi clásica manera de obtención de imágenes, pues también son fotografías del micromundo -o mega- que me es dado vivir, y siendo además igualmente comprometidas. Y ahora que me regodeo entre nostalgias, próximo a la tercera o cuarta edad, al fotografiar la citada obra de Strindberg y recordando la máxima “la vida es puro teatro”, me pregunto si, como nuestras vidas transcurren cada vez más frente a pantallas, fotografiar teatro realizado para televisión desde mi ordenador personal no será también fotografiar la vida misma además.
















Capturas de enriqueponce.
Obra “El pelícano” de August Strindberg, dirigida por Francisco Abad para "ESTUDIO 1" de RTVE.






domingo, 15 de mayo de 2022

"Tour Eiffel"

EL CAJÓN deSASTRE




"Tour Eiffel"

(una tumba de quince centímetros bajo una torre de trescientos metros)























          Franz Reichelt, el sastre volador, saltó fatídicamente desde la torre Eiffel en 1912, con un traje paracaídas holgado, convencido de que su invento podría salvar vidas de aviadores. Antes del salto hizo una pausa de cuarenta segundos. Cuando por fin se inclinó hacia adelante y se lanzó al vacío, la corriente de aire superior le enrolló la tela al cuerpo de tal manera que cayó como una piedra. Los hechos, las matemáticas, estaban en su contra. Al pie de la torre abrió una tumba somera de quince centímetros en el helado pavimento de París.






Imagen bajada de la red.




Fotografías de Marc Riboud.
Texto, extraído de "Cáscara de nuez", de Ian McEwan.



jueves, 5 de mayo de 2022

"Czeslawa Kwoka"

EL CAJÓN deSASTRE







Esta es Czeslawa Kwoka, 14 años, una niña.
Fue ejecutada en Auschwitz el 18 de febrero de 1943, una jeringa de fenol inyectada directamente en el corazón. Justo antes de su ejecución fue fotografiada por un compañero prisionero, Whilhem Brasse.
Aquí la vemos forzada y aterrorizada, ella ni siquiera hablaba el idioma de sus verdugos y había perdido a su madre unos días antes. Cerca de 250 niños fueron ejecutados en Auschwitz-Birkenau.
Su rostro atormentado es el resultado de la decadencia política y moral de muchas personas. Todavía hay individuos que buscan destruir lo que es humano a nuestro alrededor y dentro de nosotros. Mira, están alrededor.




"Neologismos"


Y qué cuando crecimos en dictadura.
Cuando los recuerdos,
esos pocos recuerdos que tenemos de la infancia,
cuando los recuerdos
son equivocados. Porque no era
que nuestra amiga, o amigo,
ya no quería jugar
o tenía que estudiar el resto de la vida, y por eso.
No era no.
No era que nos recetaban Plidex como caramelos
porque nos ponía nerviosos la escuela,
la maestra, el maestro, las filas de varones y de nenas,
es normal, con esto se le va a pasar.
Nos recetaban, sí, pero no era por eso. Lo sabíamos, nosotros lo sabíamos
pero incluso así creíamos que era.
No era que las calles estaban vacías salvo por niños jugando
porque el resto de la ciudad trabajaba. No.
No había hombres de la bolsa ni el juego de escondernos en casa a algunas horas.
Aunque sí había hombres de la bolsa. Y jugaban.
 
 
Pasamos la infancia construyendo torres con fichas de dominó
que se caían, que todo el tiempo se caían.
Pero no era por falta de paciencia, de equilibrio.
Hoy sabemos* que eran las fichas,
las fichas las que no encajaban.
[* tr. Arg., Bol., Bra., Chi., Par., Ur. Neologismo utilizado por los nacidos en la década de 1970 que implica la voz condicional. De a ratos, sabemos. Suponiendo que lo sabemos.]
 
 
No había que callar o inventar
cuando preguntaban por nuestras familias. Había.
Pero no había que hacerlo porque a ellos, los que preguntaban,
no les interesaba. Sí les interesaba.
No era que nos cambiaban el nombre
y la fecha de nacimiento a nosotros,
porque si era a un amigo era a nosotros,
que nos cambiaban el nombre y la fecha de nacimiento
porque había sido un error y había que componerlo.
No componían el antes, sino el después.
 
 
No era que se fue y no volvió, era que se lo llevaron.
No era que está en el norte, como si el norte fuera un lugar, una casa, una estufa prendida, una taza de sopa, un libro abierto. Está en donde no hay estufa ni taza ni sopa ni libro,
ni lugar.
No era que está en un país al norte, y mezclábamos Suiza con Suecia y México con Canadá. No era pero creíamos.
Y señalábamos el norte señalando para arriba, sin saber que estábamos señalando el cielo.
 
 
No era que nos hacíamos pis en los pantalones
porque no controlábamos la vejiga. La controlábamos.
A ella sí.
No era que terminamos siendo hipocondríacos para llamar la atención.
Terminamos siendo porque crecimos con la muerte en cada silencio.
Y señalábamos el cielo pensando que señalábamos el norte.
Y no era, sobre todo no era
y nunca sería,
que había que entender,
que un día íbamos a entender.

Fotografías de Wilhem Brasse.
Poema "Neologismos" de Ana Lissardy.
[Texto extraído de un comunicado en una red social]


[Un neologismo es, dentro de un determinado idioma, una palabra o expresión relativamente reciente y aislada que se está haciendo de uso corriente, sin llegarlo a ser del todo aún. Con frecuencia se relaciona con una innovación técnica o cultural en la sociedad. Una palabra nace generalmente cuando surge una nueva realidad que exige ser nombrada, por ejemplo inventos y descubrimientos, y también para nombrar nuevos fenómenos políticos, económicos o culturales.]

lunes, 25 de abril de 2022

"Erich Salomon"

LOS CAZADORES deMENTES




Erich Salomon
Berlín, Alemania. 1886-1944






Fotografía bajada de la red.









          París, mayo de 1935. Irrumpo en la plaza de la Estrella por la avenida de Freidland . Son las cinco de la tarde. Día glorioso, mentolado, fresquillo. Tengo que ir la plaza de la República y tomo un taxi. Mi itinerario va a ser: Campos Elíseos, plaza de la Concordia, rue Royale, la Magdalena, los grandes bulevares. El taxi entra en el torrente circulatorio y queda a mi espalda el Arco de Triunfo. Bajamos, por los Campos Elíseos. La circulación es imponente. La avenida de los Campos Elíseos es ancha, enorme. Bajamos en línea de seis coches; suben al otro lado filas compactas, cinco o seis de frente. Cada dos bocacalles, hay en el centro de la avenida un faro que emite, sucesivamente, tres colores distintos. Nos paramos frente a estas luces para dejar asar caravanas de coches que nos cortan la visual en ángulo derecho. Luego, se apaga la luz, aparece otra y pasamos hasta la bocacalle próxima donde se repite la operación antedicha. Vista desde el cielo, la inmensa avenida debe parecer como si estuviera cubierta de un cuero charolado y reluciente: las capotas de los coches. No cabe un coche más. No hay huecos. Los coches ascienden o bajan casi tocándose, a una distancia de milímetros. Monótono, el panorama. Paralelamente el mío, desciende un taxi que transporta a un señor con una barba negra abrazado a una voluminosa serviette. A su lado viaja una señorita de cabellos platinados con unos pelos de párpados agitados y picarescos. El señor de la barba es monsieur Durand. La señorita presenta un aspecto de inseguridad tremenda. Miro el reloj: hemos tardado diecisiete minutos para descender los Campos Elíseos; es decir, para llegar a la plaza de la Concordia. El señor Durand continúa siempre sentado en el taxi de al lado; ha pasado a ser mi recalcitrante vecino. La señorita sigue parpadeando y levantando su naricilla. Me vienen ganas de decir:
          -¿Cómo está usted, señor Durand? La familia bien, sin duda... Encantadora, la sobrinilla...
          Me distraigo mirando la puerta negruzca de Maxim's. Aquí, en este café -pienso- conociste en 1920 al poeta Toulet. Era un tipo de dandi devastado y rubio, que escribía, sobre el bar, sentado en un alto taburete, frente a un martini scintillante, poesías alambicadas, fascinadoras, divertidas.

La maitresse a quitté l'amant
A cause de l'appartement.








          La rue Royale es estrecha. Andamos con mucha más lentitud. El tumulto de la circulación hace un ruido sordo, profundo, grave, como un largo oleaje de fondo. Sobre el mismo chirrían hierros y maderas, estallan los bocinazos, carburan los motores. Está visto, pienso: <<Tardaré hora u hora y cuarto para llegar a la plaza de la República. Pasaré una gran parte de la tarde en la divertida posición de permanecer sentado en el fondo de un taxi, en medio de la calle, fumando cigarrillos, contemplando a monsieur Durand abrazado a su cartera llena de papeles.>> El aire es miasmático. De los tubos de escape suben espirales azuladas; los autobuses expelen un humazo negro e irrespirable. Parece que hemos de deducir la importancia de la época de estas emanaciones de gases. Bueno. Probable.
          ¿Qué hacer? Resistir hasta que nos muramos. En definitiva -pienso- yo soy un individuo que tengo pocas cosas que hacer en este mundo. Yo no hago, prácticamente, nada y esta es una manera como otra de pasar la tarde. Pero, ¿y los demás? ¿Estos taxis que pululan a mi alrededor, estos coches particulares que andan aproximadamente a la misma velocidad que mi taxi? No pueden andar más. Pero estos artefactos estarán ocupados, sin duda, por comerciantes, banqueros, industriales, ingenieros, subsecretarios, financieros, mecanógrafos, telefonistas y en general por gentes que dicen vivir muy deprisa, que no tienen un minuto que perder, precisamente porque su profesión consiste en no perder el tiempo. Pero entonces, ¿en qué quedamos? Echo un vistazo a mi alrededor y veo sentados en medio de la calle, en el sofá de los coches, una docena de personajes, que tienen, pintado en la cara, un dinamismo arrollador, incontenible. Estos señores no dan muestra de impaciencia alguna. Están sentados plácidamente. Algunos fuman un cigarrillo, otros un cigarrillo habano, otros la pipa. Todos ellos esperan con visible tranquilidad que se encienda y que se apaguen las luces, que el agente de circulación baje o levante su porra blanca. Y yo me pregunto: ¿cómo es posible que estos señores pierdan el tiempo de una manera tan irreparable? ¿O será quizá que el famoso dinamismo que postulan, su ritmo acelerado, es una manera de hablar como tantas?
          En la plaza de la Ópera la barahúnda es infernal. Enfilamos el bulevar de los Italianos. Mi taxi se para rozando la acera del café Napolitain. En la terraza la gente sorbe helados. Algunos son de un delicado color lila. Otros morados. Veo un amigo en una mesa; se acerca a la portezuela.
          -¿Qué hay, hombre? Gusto en verte. ¿Qué haces?
          -Pues ya ves, pasando la tarde, en medio de la calle.
          -¿Dónde vas?
          -A la plaza de la República.
          -Tienes para rato. ¿Quieres algo para entretenerte? ¿Periódicos, un libro, un juego de naipes para hacer un solitario?
         Pero ya aparece otra luz en lontananza y el taxi después de una sacudida reemprende su marcha. ¿Qué hacer? Resistir hasta que nos muramos. Miro hacia arriba. Detrás de la trama lineal, seca, precisa de las ramas de los altos árboles veo un cielo de color perla ligeramente lavado de azul sobre el que pasan lentamente unas nubecillas blancas. Hay una luz de crepúsculo, fina, desmayada, de una turbiedad apenas perceptible, suave. Los troncos de los árboles son negros. Las viejas casas de París tienen una calidad de gamuza usada. Las lluvias, la nieve, ponen, sobre ellas, unas manchas obscuras, negruzcas, de un color chocolate. Por las aceras pasa una riada humana. ¡Cuánta gente, Dios mío! ¡Qué espanto! La aparición de los periódicos aumenta el griterío inusitado, infernal. Las terrazas desbordan de gentío. Aparecen, sobre las mesas. las primeras manchas amarillentas del perroquet y del ajenjo, los reflejos de vieja caoba del casis. El cielo se va ensombreciendo. Las blancas nubecillas han desaparecido, se han fundido en la atmósfera grisácea.
          De pronto, monsieur Durand desaparece de mi campo visual. A la altura de la rue Montmatre el cacharro que lo conduce, a él, a la cartera y a la señorita parpadeante, rompe a la derecha. ¿Dónde ira monsieur Durand? Es un poco tarde para entrar en una zapatería. Esto será mañana por la mañana. Casi simultáneamente, se enciende la primera luz: un estallido de luz blanca en un escaparate. Luego los arcos voltaicos. Luego los faroles. Luego todos los escaparates. Luego los anuncios luminosos, chorreantes. Se ve la gente informe y grasienta dentro de la estupenda luz de París, tan blanca, tan rutilante. Y comienza la noche, inmensa, terrible, misteriosa, ilimitada. Soledad sin remedio entre millones y millones de seres humanos.
          Y el taxi siempre igual. Anda unos metros, jadeante, y luego se para. Y uno va fumando cigarrillos, impertérrito, sentado en la banqueta, en medio de la calle. La puerta de San Martín, a la izquierda, de color de chocolate. Las callejuelas que se abren, como un bostezo negro, interminable, sobre los bulevares. Y el mismo rumor sordo, grave, sobre el que chirrían, sobre el que crujen hierros y hojadelata, sobre el que saltan los bocinazos. Y como siempre, en el sofá de los coches, plácidamente sentados, estos señores que tienen el dinamismo, el frenesí, pintado en la cara. Curiosa, la vida moderna. Un laberinto de contradicciones. Inexplicable. El humazo de los aceites pesados, las espirales azuladas de la gasolina. En los barrios más pobres la gasolina huele peor. Náusea. Pienso en el cielo de París, ligeramente lavado en azul, tan bello, ahora tan lejano. En lontananza diviso la plaza de la República. Son las seis y media de la tarde. La tarde se ha pasado...














Fotografías de Erich Salomon.
Texto "La eficacia", extraído de "La ceniza de la vida", de Josep Pla.






viernes, 15 de abril de 2022

"El atrevimiento de mirar"

LA C(r)ÓNICA LUZ







“El atrevimiento de mirar”


Antonio Muñoz Molina




          Recorriendo las salas de arte del siglo XX de este mismo museo se comprueba que en él no son nada frecuentes los retratos. La explicación es obvia: desde Cézanne, la ruptura con el espacio visual del Renacimiento conduce inevitablemente al asalto del grado extremo de la pintura ilusionista que, sin duda, es el retrato, el ejemplo más acabado de la sumisión del arte a las normas del parecido con la realidad.

          Si la historia de la inteligencia europea consiste, según algunos, en la contienda perpetua entre Platón y Aristóteles, quizás el debate, en general estéril, entre abstracción y figuración no haga sino repetir al cabo de muchos siglos, y no en las iglesias, sino en las salas de los museos y de las galerías, las disputas sangrientas de los iconoclastas y los iconódulos. Si es así, está claro que, en conjunto, a lo largo de los últimos cien años, la victoria ha sido de los iconoclastas. Los volúmenes, las construcciones geométricas, los planos de color de Cézanne despojan de sus rasgos característicos o circunstanciales a las figuras y las caras humanas igual que la pincelada impresionista había disuelto en puntos de luz y pulsaciones de color la materialidad imperturbable de los paisajes y los objetos.

          Pero el primer asalto radical a las normas del retrato está, sin duda, en Les Demoiselles d’Avignon, que consuma la ruptura con toda ilusión de profundidad y parecido agregando un rasgo más de iconoclasta, como un ademán brutal, esa máscara africana que es la antítesis exacta de la representación europea: si el retrato se ocupa de lo que es más singular en un rostro, la máscara y la escultura primitiva afirman en su rigurosa abstracción los rastros comunes, borrando o cubriendo los rasgos individuales.

          Más atrás aún, en los orígenes de la pintura moderna, en Goya, la máscara ya tiene una presencia tan obsesiva como la desfiguración de lo individual. Sus carnavales y sus multitudes con las caras tapadas por máscaras o desgarradas por gestos y gritos de dolor vuelven a aparecer con una fuerza terrible en Ensor y en Munch, en las estampas de guerra de Otto Dix y en las caricaturas de Grosz, que tienen el propósito, expresamente declarado por él mismo, de mostrar en ellas el verdadero rostro de la clase dominante. Los plutócratas tienen caras que son máscaras de animales o de monstruos y los soldados muertos deambulan con frecuencia llevando la máscara inversa de la calavera.

          Vuelve de nuevo la angustia por la tiranía del rostro humano, de las caras de los desconocidos multiplicándose geométricamente en ciudades donde nadie se reconoce en nadie. La danza de las caras y las máscaras, inaugurada por Goya, por Allan Poe, por Daumier, por De Quincey, estalla en la pintura expresionista y logra su paroxismo emblemático en la Metrópolis de Grosz, donde, igual que en la Bruselas de Ensor, no hay nadie que sea alguien, pero no porque los individuos hayan decidido taparse las caras, sino porque éstos carecen de rasgos precisos que los permitan distinguirse entre sí. En un cuento de Papini, un individuo llega a un baile de Carnaval disfrazado de dominó, mira en uno de los grandes espejos de la sala y no es capaz de saber quién es él entre la multitud de dominó iguales que bailan, y ya se pierde para siempre.

          En la primera décadas del siglo XX, las figuras humanas de los cuadros tienen a veces cabezas lisas y sin facciones ni ojos, como las bolas de billar o como esas figuras articuladas de las escuelas de arte y oficios.

          La rebelión contra la pintura representativa lo es sobre todo contra el retrato, pero en ella se intuyen dos líneas de fuerza que no coinciden entre sí. La primera y más evidente es el disgusto ante la hipertrofia del yo burgués, de la identidad indiscutible, satisfecha y arrogante del individuo acomodado en sus privilegios, en su rango social. En este sentido, los retratos académicos de próceres, las estatuas y los bustos, aun guardando un celebrada superficie de fidelidad al modelo físico, en realidad son aún más encubridores que las máscaras antiguas. Detrás de lo visible, de la apariencia de respetabilidad, de los atributos que muestra el retrato, hay una verdad tan oculta y en ocasiones tan vergonzosa como las que descubre, siempre por casualidad, el personaje narrador de Proust, o las que revela el método analítico de Freud.

          El arte moderno, lo mismo que la literatura o la psicología que le son contemporáneas, no ataca las convenciones académicas y los saberes heredados porque sean demasiado realistas, sino justamente porque no lo son. Poniendo en duda las evidencias de lo individual, lo que busca Proust es hallar la individualidad más verdadera, ese puente que lleve, como le pide Beckmann a la pintura, de lo visible a lo invisible, lo que no puede ser captado con los instrumentos demasiado rudimentarios que ofrece la tradición.






Henri Cartier-Bresson



Walker Evans



Ansel Adams



Cristina García Rodero



Dorothea Lange



Robert Capa



William Klein


Texto de Antonio Muñoz Molina.
Fotografías de los autores reseñados editadas por enriqueponce.



Garry Winogrand