miércoles, 25 de marzo de 2020

"Edward S. Curtis"






LOS CAZADORES deMENTES




Edward Sheriff Curtis
Whitewater, Wisconsin (USA). 1868-1952



Autorretrato, 1889.


















Gerónimo
1905






Miembros de la tribu Kwakiult en canoas
1914

Miembros de la tribu Qagyuhl bailando
durante un eclipse para traer de vuelta al sol
1910

Miembros de la tribu Navaja
en el cañón de Chelly, Arizona
1904




Un miembro de la tribu Koskimos
disfrazado de Hami (espíritu peligroso)
en una ceremonia llamada Nuhlim
1914






          Al entreabrir mis carnés de notas, todavía percibo el olor a creosota con la que impregnaba mis cajas para protegerlas de las termitas y del moho. Aunque sea casi imperceptible, después de medio siglo, ese rastro hace que de inmediato rememore las sabanas y los bosques del centro de Brasil, componente indisociable de otros olores, humanos, animales y vegetales, y también de sonidos y colores. Ya que por muy débil que sea, ese olor, que para mí es un perfume, es la cosa misma, una parte siempre real de lo que he vivido.
          En el caso de la fotografía quizá sea debido a que han pasado demasiados años -en realidad, los mismos-, pero sucede que no me aporta nada parecido. Mis imágenes no son una parte, conservada físicamente y como por milagro, de experiencias en las que todos los sentidos, los músculos, el cerebro se hallaban implicados: no son más que indicios. Huellas de seres, de paisajes y de acontecimientos que sé que vi y conocí; pero después de tanto tiempo, no siempre recuerdo dónde ni cuándo. Los documentos fotográficos me demuestran su existencia, sin testimoniar en su lugar ni hacerlos perceptibles para mis sentidos.
          Al volver a mirarlas, esas fotografías me dejan una sensación de vacío, me hacen notar la falta de lo que el objetivo es fundamentalmente incapaz de captar. Percibo la paradoja, que yo mismo provoco, al publicarlas en mayor número, mejor reproducidas y, a menudo, reencuadradas de forma distinta a lo que me permitía el formato de Tristes Tropiques; como si, al contrario de lo que suponen para mí, pudieran ofrecer la sustancia a un público que no estuvo allí y debe conformarse con esta imaginería muda y, sobre todo, porque todo esto, si intentásemos verlo en directo resultaría irreconocible y, en muchos sentidos, ya ni siquiera existe.
          Diezmados por epidemias de sarampión en 1945 y luego en 1975, reducidos a setecientos u ochocientos individuos, los nambikwara llevan actualmente una vida precaria junto a algunas misiones religiosas y algunos puestos administrativos que protegen a los indios, o bien acampados junto a alguna carretera por la que circulan camiones; o también, en los arrabales de las ciudades de sesenta mil habitantes (cifra de hace diez años; debe de haber aumentado desde entonces) que se alzan en medio de su territorio, allí donde, en mis tiempos, la civilización sólo había dejado, tras un intento de penetración abortado, una docena de chozas de encañado urdido con tierra en las que se morían de hambre y de enfermedades algunas familias mestizas.
          Sin embargo, parece ser que, hasta hace poco, algunos grupos muy pequeños de nambikwara aún permanecían, en lo posible, anclados en la vida tradicional, cazando con arco en las zonas que todavía no habían sido invadidos por las enormes empresas que se han apoderado de la región.
          Pero cuando en 1992, con ocasión del quinto centenario del descubrimiento de América, para cubrir las necesidades de una película, trasladaron a México a varios representantes de una docena de pueblos amerindios, entre ellos a algunos nambikwara, éstos no se sintieron en modo alguno desconcertados. Un testigo cuenta que llegaron provistos de panfletos en inglés, español y portugués, en los que se denunciaban las fechorías de los buscadores de oro. Encantados con su estancia, regresaron a sus casas con radios, más baratas -eso dijeron- que las que estaban en venta en Vilhena, donde las tiendas están llenas de productos japoneses.
          Los que hojeen esta recopilación no deberán caer en otra ilusión. Tal como los nuestros, estos indios van completamente desnudos (a pesar de que a menudo haga frío por la noche o al amanecer); duermen en el suelo bajo refugios improvisados hechos con palmas o ramajes; fabrican sólo -y raramente- una cerámica rudimentaria; en cuanto a los tejidos, confeccionan sólo pequeños trabajos de esparto destinados al adorno; y, entre sus periodos de nomadismo, cultivan unos huertos muy modestos. Pero no debe creerse por todo ello que ofrecen la imagen de una humanidad primitiva. Por mi parte, nunca lo he creído y, desde hace unos veinte años, se acumulan las pruebas que demuestran que el presente no refleja las condiciones arcaicas. Los pueblos del centro de Brasil y de otros lugares constituyen los residuos, escondidos en el interior del país o bien en otras zonas, de civilizaciones más elevadas y más numerosas que los arqueólogos, armados con técnicas muy modernas, han logrado exhumar o de las que han conseguido encontrar vestigios indiscutibles en la desembocadura del Amazonas y a lo largo de todo el curso.
   

Claude Lévi-Strauss
Bruselas, Bélgica. 1908-2009



















Fotografias de Edward S. Curtis.
Texto "Nostalgia del Brasil", extraído de "fotografía, antropología y colonialismo (1845-2006)", Claude Lévi-Strauss.







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