viernes, 5 de febrero de 2021

"Doctor rural"

EL CAJÓN deSATRE








"Doctor rural"




          A Sassall le influyeron mucho de niño los libros de Conrad. Contra el aburrimiento y la complacencia de la vida de la clase media inglesa en tierra firme, Conrad le ofrecía lo <<inimaginable>>, cuyo instrumento era el mar. La poesía que se le ofrecía, sin embargo, no era amanerada o poco viril; muy al contrario, los únicos hombres que se podían enfrentar a lo inimaginable eran duros, taciturnos, mesurados y tenían un aspecto del todo normal. La cualidad contra la que Conrad previene constantemente es al mismo tiempo la cualidad a la que apela: la imaginación. Se diría que el mar es el símbolo de esta contradicción. El mar apela a la imaginación, pero para enfrentarse al mar en su furia inimaginable, para hacer frente a sus retos, uno ha de abandonar la imaginación, pues conduce al temor y al aislamiento.
          Lo que resuelve la contradicción, y al resolverla eleva ese drama a un nivel mucho más noble, muy por encima de la egoísta medra personal que constituye la vida del común de los mortales, es el ideal de servicio. Este ideal tiene un doble significado. El servicio representa todos aquellos valores tradicionales que unos pocos privilegiados que han aceptado el reto aprecian profundamente; y no los aprecian en razón de un principio abstracto, sino como la condición indispensable para la práctica eficaz de su arte o de su técnica. Y al mismo tiempo, el servicio representa la responsabilidad que esos pocos tienen con respecto a los muchos que dependen de ellos; los pasajeros, la tripulación, los armadores, los comerciantes, los agentes.
          Simplifico, sin duda. Y Conrad no sería el magnífico escritor que es si éste fuera un resumen certero de su actitud con respecto al mar. Pero la simplificación nos permite ver por qué Conrad podía atraer a un chico que se rebelaba contra el medio burgués de su familia, pero que tampoco tenía ningún interés en la bohemia. Admiraba la destreza física. Disfrutaba trabajando con las manos, haciendo cosas prácticas. Las cosas despertaban más su curiosidad que los pensamientos. Como a muchos otros chicos de su clase y de su generación, le movía el ideal de ofrecer un ejemplo moral que dejara en entredicho el oportunismo de sus mayores.
          En realidad, a los quince años ya había optado por la medicina frente a la marina. Su padre era dentista y, por consiguiente, tuvo la oportunidad de conocer a bastantes médicos. A los catorce años empezó a acudir al consultorio local, en teoría como ayudante de la persona que se encargaba de entregar las medicinas recreadas por el médico, aunque, en realidad, iba porque le gustaba escuchar lo que se hablaba en la consulta contigua. Pero tampoco está fuera de lugar, sin embargo, imaginar que el médico y el capitán de la marina son figuras equiparables.
          La imagen del médico que tenía Sassall por entonces era:
          <<Un hombre que lo sabía todo, pero estaba siempre ojeroso. Una vez vino un médico en plena noche y entonces vi que los médicos también dormían -le asomaba el pijama por debajo de los pantalones-. Pero sobre todo recuerdo su serenidad y su control de la situación, mientras que los demás se ponían nerviosos y no podían estarse quietos.>>
          Comparemos esta impresión con la primera descripción que hace Conrad del capitán del Narciso:

          La presencia del capitán Allisstoun, con gesto grave y con la vieja bufanda roja alrededor del cuello, dominaba durante el día el castillo de popa. Por la noche, muchas veces surgía de la oscuridad por la escotilla de cámara, cual fantasma sobre una tumba, y permanecía vigilante y mudo bajo las estrellas, la camisa de dormir ondeante como una bandera al viento. Y en el más completo silencio se sumía de nuevo en la oscuridad. [...] Soberano de un mundo en miniatura, casi nunca descendía de las alturas olímpicas de la popa. Bajo él -a sus pies, por así decirlo-, el resto de los mortales se afanaban en sus vidas insignificantes.

          En las dos descripciones es patente un mismo sentido de autoridad: una autoridad que en modo alguno disminuye los pantalones de pijama o la camisa de dormir. O consideremos cómo describe Conrad en Tifón uno de los momentos de máxima tensión. Con excepción de la palabra galerna y poniendo en boca de un médico la voz del capitán MacWhirr, podría tratarse de la descripción del momento crítico de una enfermedad.

           Y de nuevo oyó aquella voz forzada, con un timbre que apenas resonaba, pero que producía una profunda calma en medio de aquel ruido enorme y discordante, como si saliera desde algún lugar remoto donde reinaba la paz allende la oscura inmensidad de la galerna; de nuevo oyó la voz del hombre -ese sonido frágil e indómito que es capaz de transmitir una reflexión, una determinación y unos arrestos infinitos, y que pronunciará palabras tranquilizadoras el último día, cuando se abran lo cielos y se haga justicia-, la oyó de nuevo y le gritaba a él, como si llegara desde muy, muy lejos: <<Así es >>.

          Con estos materiales construyó Sassall su ideal de responsabilidad.



Dr. Ceriani
Kremmling, Colorado, Estados Unidos
1948














Fotografía y título, de la serie "Doctor rural", de W. Eugene Smith.
Texto, extraído de "Un hombre afortunado", de John Berger.



W. Eugen Smit y Aileen.
Fotografía: Consuelo Canaga.



lunes, 25 de enero de 2021

"red de redes"

CronoCromos


"yo sigo viendo vivir a los demás"




 "red de redes"
























Capturas de pantalla y edición de enriqueponce dosmil20.







Cita de Gonzalo Torrente Ballester.


viernes, 15 de enero de 2021

"Tom Brenner"

BLOg DE NOTAS



Tom Brenner

New Jersey, EEUU



Fotografía bajada de la red.










"Presidencial"




De la reelección del presidente

Cuando el jefe del poder ejecutivo es reelegido, es el propio estado el que intriga y corrompe. -El deseo de ser reelegido domina todos los pensamientos del presidente de los Estados Unidos. -Inconveniente de la reelección, especialmente en Norteamérica. -El vicio de las democracias es la sumisión gradual de todos los poderes a los deseos de la mayoría. -La reelección del presidente favorece este vicio.




Los legisladores en Estados Unidos ¿han hecho bien o mal en permitir la reelección del presidente?

          Impedir que el jefe del poder ejecutivo pueda se reelegido parece, a primera vista, contrario a la razón. Es sabida la influencia que las dotes o el carácter de un solo hombre ejercen sobre el destino de todo un pueblo, tanto más en circunstancias difíciles y en épocas de crisis. Unas leyes que prohibieran a los ciudadanos reelegir a un primer magistrado les privaría del mejor medio de hacer prosperar al Estado o de salvarle. Además, se podría llegar así al extravagante resultado de que un hombre fuera excluido del gobierno precisamente en el momento en que acabara de probar que era capaz de gobernar bien.

          Estas razones son poderosas, indudablemente, pero ¿acaso no pueden oponérselas otras más fuertes aún?

          La intriga y la corrupción son vicio naturales de los gobiernos electivos. Pero cuando el jefe del Estado puede ser reelegido, estos vicio se extienden indefinidamente y comprometen la existencia misma del país. Cuando un simple candidato pretende medrar mediante la intriga, tiene un espacio limitado para sus maniobras. Pero si es el jefe del Estado el que entra en liza, emplea en provecho propio la fuerza del gobierno.

          En el primer caso, se trata sólo de un hombre con débiles medios; en el segundo, es el Estado mismo, con sus inmensos recursos, el que intriga y corrompe.

          El ciudadano corriente que emplea maniobras culpables para llegar al poder sólo de manera indirecta puede perjudicar a la prosperidad pública; pero si el representante del poder ejecutivo desciende a la lid, los intereses del gobierno se convierten para él en algo secundario; lo principal es su elección. Las negociaciones, como las leyes, no son para él sino combinaciones electorales; los puestos se convierten en otras tantas recompensas por servicios prestados, no a la nación, sino a su jefe. Aunque haya casos en que la acción del gobierno no sea contraria al interés del país, tampoco sirve ya a éste, a pesar de que debe ser su único fin.

          Es imposible contemplar la marcha ordinaria de los asuntos públicos en los Estados Unidos sin percibir que el deseo de ser reelegido domina los pensamientos del presidente, que toda la política de su administración se dirige hacia ese punto; y, sobre todo, que a medida que la crisis se aproxima, el interés individual sustituye en su espíritu al interés general.

          Así, pues, el principio de la reelección hace más extensa y peligrosa la influencia corruptora de los gobiernos electivos. Tiende a degradar la moral política del pueblo y a reemplazar el patriotismo por la habilidad.

          En América, dicho principio ataca aún más de cerca las fuentes de la existencia nacional.





          Cada gobierno lleva en sí un vicio natural que parece inherente al principio mismo de su vida; el genio del legislador consiste en discernirlo bien. Un Estado puede triunfar de muchas leyes malas, y a menudo se exagera el mal que éstas causan. Pero toda ley cuyo efecto es el de desarrollar ese germen de muerte no puede dejar, a la larga, de ser fatal, aunque sus malos efectos no se perciban inmediatamente.

          El principio de ruina en las monarquías absolutas es la extensión ilimitada e irrazonable del poder real. Cualquier medida que hiciera desaparecer el contrapeso puesto por la Constitución a dicho poder sería, pues, radicalmente mala, aunque sus efectos no se dejaran sentir en mucho tiempo.

          De la misma manera, en los países donde impera la democracia y donde el pueblo es el centro de todo, las leyes que hacen su acción cada vez más rápida e irresistible atacan de una manera directa la existencia del gobierno.

          El mayor mérito de los legisladores americanos es de haber percibido claramente esta verdad y haber tenido el valor de ponerla en práctica.



          Juzgaron que era preciso que, además del pueblo, hubiera un cierto número de poderes que, sin ser completamente independientes de él, gozasen, dentro de su esfera, de un grado de libertad bastante amplio, de tal suerte que, obligados a someterse a la dirección permanente de la mayoría, pudieran sin embargo luchar contra sus caprichos y negarse a sus peligrosas exigencias.

          A tal efecto, concentrando todo el poder ejecutivo de la nación en una sola mano, dieron al presidente amplias prerrogativas y le armaron del veto para resistir los atropellos de la legislatura.

          Pero al introducir el principio de la reelección, destruyeron en parte su obra. Han concedido al presidente un gran poder, pero le han quitado el deseo de hacer uso de él.

          Si el presidente no fuera reelegible, no por eso sería independiente del pueblo, ya que seguiría siendo responsable ante él, pero el favor de los ciudadanos no le sería tan necesario como para plegarse en todos a sus deseos.

          Siendo reelegible (y esto es verdad, sobre todo en nuestros días, en que la moral política se relaja y los grandes caracteres desaparecen), el presidente de los Estados Unidos sólo es un instrumento dócil en manos de la mayoría. Ama lo que ésta ama, odia lo que ella odia, se anticipa a su voluntad, previene sus quejas, se doblega a sus menores deseos; los legisladores pretendieron que él la guiara, y es él quien la sigue.

          Así, para no privar al Estado del talento de un hombre, han hecho casi inútil ese talento, y para poder contar con un recurso en circunstancias extraordinarias, han expuesto al país a un peligro constante.



tombrenner.net




Fotografías y título de Tom Brenner.

Texto, extraído de "La democracia en América", de Alexis de Tocqueville.



martes, 5 de enero de 2021

"Roland Barthes-II"






LA C(r)ÓNICA LUZ





Roland Barthes
Cherburgo-Octeville, Francia. 1915-1980




Fotografía de Jacques Livet, 1938.










"The photograph", 1981
Luis Camnitzer


          Lo que había observado al principio, de forma separada, a guisa de método, y que consistía en que toda foto es de algún modo connatural con su referente, lo descubrí ahora de nuevo, como algo nuevo, debería decirlo así, arrebatado por la verdad de la imagen. Así pues, desde aquel momento debía consentir la mezcla de dos voces: la de la trivialidad (decir lo que todo el mundo ve y sabe) y la de la singularidad (hacer emerger dicha trivialidad del ímpetu de una emoción que sólo me pertenece a mí). Era como si indagase la naturaleza de un verbo que no tuviese infinitivo y que sólo se pudiese encontrar provisto de un tiempo y de un modo.
          Era preciso ante todo concebir, y por consiguiente, si fuera posible, decir (incluso si se trataba de una cosa sencilla) en qué se diferenciaba el Referente de la Fotografía del de los otros sistemas de representación. Llamo <<referente fotográfico>> no a la cosa facultativamente real a que remite una imagen o un signo, sino a la cosa necesariamente real que ha sido colocada ante el objetivo y sin la cual no habría fotografía. La pintura, por su parte, puede fingir la realidad sin haberla visto. El discurso combina unos signos que tienen desde luego unos referentes, pero dichos referentes pueden ser y son a menudo <<quimeras>>. Contrariamente a estas imitaciones, nunca puedo negar en la Fotografía que la cosa haya estado allí. Hay una doble posición conjunta: de realidad y de pasado. Y puesto que tal imperativo sólo existe por sí mismo, debemos considerarlo por reducción como la esencia misma, el noema de la Fotografía. Lo que intencionalizo en una foto (no hablemos todavía del cine) no es ni el Arte, ni la Comunicación, es la Referencia, que es el orden fundador de la Fotografía.
          El nombre del noema de la Fotografía será pues: <<Esto ha sido>>, o también lo Intratable. En latín (pedantería necesaria ya que aclara ciertos matices), esto se expresaría sin duda así: <<interfuit>>; lo que veo se ha encontrado allí, en ese lugar que se extiende entre el infinito y el sujeto (operator o spectator); ha estado allí, y sin embargo ha sido inmediatamente separado, ha estado absoluta, irrecusablemente presente, y sin embargo diferido ya. Todo esto es lo que quiere decir el verbo intersum.
          Puede que en la marejada cotidiana de las fotos, las mil formas de interés que parecen suscitar, el  noema <<Esto ha sido>> no sea reprimido (un noema nunca puede serlo), pero sí vivido con indiferencia, como un rasgo que cae de su peso. La Foto del Invernadero acababa de despertarme de dicha indiferencia. Siguiendo un orden paradójico, puesto que normalmente nos aseguramos de las cosas antes de declararlas <<verdaderas>>, bajo el efecto de una experiencia nueva, la de la intensidad, yo había inducido de la verdad de la imagen la realidad de su origen, había confundido verdad y realidad en una emoción única, y en ello situaba yo de ahora en adelante la naturaleza -el genio- de la Fotografía, puesto que ningún retrato pintado, aun suponiendo que me pareciese <<verdadero>> podía demostrarme que su referente había existido realmente.



"A failed attempt to photograh reality", 1976
Duane Michals




Texto, extraído de "La cámara lúcida", de Roland Barthes.
Obras de los autores citados.


viernes, 25 de diciembre de 2020

"Osita durmiendo"

EL CAJÓN deSATRE
CRONOcromos








"Osita durmiendo" 


          Presumo que un buen explorador tiende a despertarse al alba a fin de efectuar las diversas observaciones científicas correspondientes al día que se inicia. Debe ser por eso que también yo me despierto casi siempre muy temprano, pero en vez de levantarme y consultar los variados instrumentos que equipan a Fafner, me quedo agradablemente en la casa y me dedico a estudiar un tema jamás tratado por Vespucio, Cook o el comandante Cousteau, en otras palabras la manera de dormir de la Osita. 
          Esta manera de dormir es acaso la de todas las ositas, cosa que me sería imposible verificar, razón por la cual me cuidaré de generalizaciones imprudentes. En el caso de la Osita su sueño pasa por dos etapas principales, la primera de las cuales no tiene nada de extraordinaria, es decir que la Osita busca la posición más cómoda y agradable, se arropa de acuerdo con la temperatura ambiente, y durante gran parte de la noche duerme con gran naturalidad, casi nunca boca arriba y casi siempre boca abajo, con intermedios laterales que nunca duran demasiado pero que ceden a las otras posiciones sin esfuerzo alguno y después de suaves desplazamientos que muestran lo profundo y agradable de su sueño. 
          Cuando llega el alba, o sea el momento en que tiendo a despertarme del todo, pues las observaciones anteriores las he hecho sin demasiado rigor científico, advierto al poco tiempo que la Osita ha entrado en la segunda etapa de su sueño. Es aquí donde cabe preguntarse si esta manera de dormir es propia de ella o si abarca su entera especie, puesto que se trata de un comportamiento bastante insólito y hasta extraordinario, y que consiste en las continuas tentativas que hace la Osita dormida para convertirse en un paquete, lío, bulto, o atado, que de todo tiene, gracias a un sistema de movimientos, gestos, tirones, tracciones y enredos que progresivamente la van envolviendo en las sábanas hasta convertirla en un gran capullo blanco, rosa, o azul con listas amarillas según el caso, al punto de que un cuarto de hora después de iniciada esta metamorfosis del amanecer que siempre contemplo estupefacto, la Osita desaparece en una atorbellinada confusión de sábanas que, dicho sea de paso, van desapareciendo al mismo tiempo, de mi lado de la cama, pues nadie podría imaginar la fuerza que despliega la Osita para ir atrayéndolas hasta conseguir involucrarse enteramente en ellas y por fin quedarse quieta después de una última serie de evoluciones que completan la crisálida y la felicidad evidente de su ocupante. 
          Apoyándome con un codo en el colchón, que es lo último que queda, contemplo enternecido a la Osita y me pregunto a qué profunda necesidad de retorno uterino o algo así responde su empecinado trabajo de cada amanecer. Sé muy bien (porque al principio no lo sabía y tuve miedo) que nada de eso me rechaza, pues me basta rozar con un dedo el paquetito tibio a mi lado para que de sus profundidades emerja un suavísimo gruñido de satisfacción. El misterio es total, como se ve, porque la Osita está contenta de sentirme a su lado y a la vez se refugia en un claustro al que yo no podría llegar sin destruir su preciosa penumbra, su temperatura íntima, y algo en ella lo sabe y lo defiende desde el alba hasta el despertar definitivo. Alguna vez —ya no— hice la prueba de desenvolverla lo más suavemente posible del capullo, porque tenía miedo de que se ahogara con las sábanas enredadas y las confusas almohadas, y supe lo que significaba separar sus manos de los nudos, lazos y otros flecos que hacían las sábanas entre sus dedos. De manera que ahora me limito a mirarla dormir en su efímera y sin duda atávica hibernación y espero que se despierte sola, que empiece a desenredarse poco a poco, a sacar una mano, un chorrito de pelo, un culito o un pie, y que después me mire como si no hubiera pasado nada, como si las sábanas no fueran un gran remolino en torno a ella, la crisálida rota de donde asoma mi nuevo día, mi razón para vivir un nuevo día. 






Capturas de pantalla y edición de enriqueponce 2020.
Texto de J.C. extraído de "Los autonautas de la cosmopista" de Carol Dunlop y Julio Cortázar.










martes, 15 de diciembre de 2020

"El glamour perdido"

OPINION.es




“El glamour perdido”


Joan Crawford, fotografía de George Hurrell.

           “Nunca salgo afuera a menos que me parezca a Joan Crawford, la estrella de cine. Si quieres ver a la chica de al lado, ve al lado”, decía la susodicha porque tenía bien aprendido que trabajaba para la fábrica de sueños que suponía Hollywood por aquel entonces. Hoy día el glamour de aquellas divas es un lugar caduco, como cuando miramos una noche estrellada y lo que podemos ver en ellas en presente es el pretérito de la luz extinta de aquellos lejanos mundos. A día de hoy mientras los personajes públicos abogan por su proximidad a una prosaica normalidad, la gente anónima aspira impunemente y a toda costa por sus cinco milésimas de segundo de celebridad. Conocen hoy más de luces y poses un/una adolescentes imberbes con su i-phone que George Hurrell después de haber pasado por su estudio todas las actrices de aquella dorada época. Ava Gardner podía ser el animal más bello de entonces, pero ahora hasta al macaco Naruto por un selfie casual se le pretende propietario de propia capacidad jurídica, productor de trending topics de vanidad en la red, y estatus de influencer. Pero las contradicciones no son patrimonio ni del hoy ni del ayer, esos mismos actuales profusos perfiles anónimos de la red también fingen un pasado que es presente que aún no ha acontecido, pues con ellos nacen los momentos en que los acontecimientos dejaron de ser representados para su rememoración y comenzaron a existir para ser representados. Es tal la perversión en la que caemos a diario que hasta el contemporáneo revisionismo histórico a través del coloreado de los documentos originales roza la intención reinterpretativa de la misma más que ser simple retoque de aquella. 

          Hemos cometido el gravísimo error histórico de ser los hombres quienes escribimos la historia de las mujeres. A esa parca, sectaria y discriminada parcela que les hemos permitido ocupar, a la vez la hemos distorsionado con nuestra sesgada y acomodada visión de machos dominantes. Pero no es simplemente una cuestión de cuotas de poder, es mayoritariamente una perspectiva holística del todo, porque pensando lo que queremos que ellas piensen incrustamos la idea en la sociedad con tal fuerza que ellas a su pesar también de alguna manera pecan de la misma sesgada visión y parecer. Así habría que empezar por cambiar toda la historia desde el principio, desde la manzana culpable, pero entonces con la iglesia habríamos topado y eso supondría milenios de lucha a contracorriente. Por eso, en la actual corriente reivindicativa feminista que recorre el mundo occidental, tengo la sensación de que no se critican como nefastas ciertas actitudes machistas sino el no tener acceso a ellas la otra mitad de la población, pues por ejemplo que los trabajadores abogaran por el género del látigo que los fustigue no es razón, creo sinceramente que el argumento determinante debiera ser la democratización de las empresas, no la cuota de poder sino su cualidad. Al igual da la sensación que el punto de inflexión de desconcierto apocalíptico que se le presenta al hombre moderno es lo que permite a la mujer ahora dar un paso fullero adelante: ni el presente ni el pasado de la historia de la humanidad son como para estar orgullosos, como así mismo lo que el futuro parece ofrecer es de temer, y todo ello es obra del varón abrumado y desconcertado que parece estar dispuesto de una vez a dejar que pasen las mujeres para arreglar este desaguisado. Porque un hombre no piensa nunca lo que resulta ser mujer, lo que ese ser supone ser, no piensa jamás que en la calle será siempre observada, desnudada con la mirada, no piensa que su opinión será siempre ninguneada, menospreciada, no piensa que tiene que convivir con el dolor periódico, toda la vida, con el miedo a la agresión personal como atentado, como conquista. A la mujer se le ha relegado históricamente a una parcela donde convive en la obligación de ser un ser para otro ser, a un destino amputado, a una frustración permanente, siendo la sustracción de otro más que un ser independiente, su esclava, su puta, su diosa, costilla de. Un hombre no piensa en la mujer si no es como prolongación de su miembro, o si se quiere el hombre sólo piensa en la mujer como una extensión más de su acción. Tal como dice Simone de Beauvoir: “No se nace sino que se deviene mujer”. Y aunque la mediocridad del liderazgo histórico del hombre deja una herencia nefasta, las espurias reivindicaciones de ellas que al calor del periodismo mediático se manifiestan por doquier últimamente están dejando a un lado el buen hacer que a la sombra del sistema estaban cuajando en su favor: mayor capacidad para la formación y su tendencia connatural por la humanista, una idiosincrásica sensibilidad personal y por consecuente capacidad empática deformada en el otro género, o el particular grado de acomodo que las féminas poseen en sintonía con el instinto de reproducción. El nivel de autoexigencia en la mujeres no tiene parangón, su fortaleza es la que ha levantado a la humanidad en todas aquellas crisis en que el hombre la ha hecho caer, y la peor de todas, la que aún apenas comienza el combate en pos de su abolición, que es la violencia machista, resulta una epopeya contra una violencia más general que genérica de lo que todos queremos creer.


Mario De Biasi. “Gli italiani si voltano, Milano,1954”


          Aunque a veces las cosas no son lo que representan, o no representen lo que parecen. Nos formamos ideas y luego buscamos su representación, su plasmación, confirmación. Consentimos hasta cierto punto que las palabras nos engañen, a través de su locuacidad o su interpretabilidad, también permitimos que un grabado sea reinterpretable, así nos lo clarificó el “Ceci n’est pas une pipe” de Magritte, pero ello en el formato fotográfico es como una traición a toda su ontología. Desconcierta comprobar que por encima de su absoluta certificación la imagen fotográfica puede servir además para escenificar la realidad, unotra. Conocemos la Italia de la posguerra de la II Guerra Mundial sobre todo gracias a aquel estilo denominado “Neorrealismo”, quien desde la ficción cinematográfica nos narró las condiciones posfascistas de un pueblo sumido en el atraso y penuria económica. Roberto Rossellini, Luchino Visconti o Vittorio De Sica se apropiaron de un medio de características eminentemente industriales y comerciales e imponiendo nuevas formas de producción, como fueran la improvisación de un guión abierto o los actores no profesionales, documentaron para el futuro aquella sociedad desestructurada y exhausta tras el gran conflicto, y eminentemente perpetuaron aquellas maneras para nuestra memoria histórica. Mientras la nueva América optaba por construir una nueva realidad, el negocio del sueño, plena de idealismo e ilusión, y era reimportada por aquellos oportunistas vencedores tras la nueva paz, la vieja Europa, escenario de aquellos luctuosos años bélicos, decide narrar la vida tal cual se le presenta, es el tiempo del crudo neorrealismo existencialista y comprometido. Aun su ardor muchas de aquellas formas han perdurado hasta tiempos muy próximos, tal vez cuestionadas pero vigentes en el presente. Una de ellas fue y es el piropo. Resulta paradójico que lo que en un principio fuera la definición de una piedra granate muy apreciada y luego usada figuradamente por Calderón o Quevedo como metáfora de palabras bonitas, y después pasase coloquialmente a ser frase de cumplido o halago, el requiebro a los atributos de otra persona finalmente recayera en la hostil acción del acoso, eminentemente machista. Y de este gesto y de aquella época y sobre soporte de imagen fija también existen documentos, iconos marcadamente reconocidos en el ámbito fotográfico o más allá, que son los casos de las instantáneas “American girl in Italy” 1951 de Ruth Orkin y “Gli italiano si voltano” 1954 de Mario de Biasi. Pero frente a lo evidente que muestran ambas fotografías, por sobre su significado, sobrevuela unotra verdad menos trascendental, desilusionante. 
          Ninalee Craig era una joven norteamericana de viaje en Florencia cuando conoció a la fotógrafa Ruth Orkin que regresaba de trabajar en Israel. En una síntesis de osadía y diversión deciden salir y escenografiar la candidez de un paseo por las calles de aquella ciudad bella y deprimida. A la postre es sólo una de aquellas instantáneas la que trasciende, y hasta se propone como prototipo del machismo acosador, ya que en ella se ve a Ninalee con gesto contrariado y supuestamente importunada por quince hombres, lo que al fin no resultó ser tal. Lo cierto es que todo fue parte de un juego, y ninguno de aquellos hombres desocupados intentó sobrepasarse en ningún momento pues la única interacción con ellos fue cuando Ruth les pidió que no miraran a la cámara mientras ella capturaba apenas dos tomas de aquella escena. Igualmente la fotografía de Mario es otro tipo de puesta en escena provocada, ya que un encargo de la revista Epoca quería demostrar que era mejor que las chicas saliesen acompañadas. A la entrada de la “Galería de Milán” la artista Moira Orfei se pasea vestida provocativamente frente a otro grupo de desocupados, mientras tras de sí el fotógrafo la seguía discretamente para captar sus reacciones. Porque a veces las cosas no son lo que representan, o no representan lo que parecen.


Ruth Orkin, “American girl in Italy, 1951” 

          Conté con la suerte de crecer en la magia de este cine del acá y del allende del Atlántico, comprometido a pesar del McCartismo, admirarme con los ojos de Bette Davis, endulzarme con Irma la dulce, bailar con Ginger Rogers, desayunar con Audrey Hepburn, bajar rápidos con Katharine Hepburn, sufrir los rigores de tejados de zinc con Elizabeth Taylor, educarme entre luces y bohemias, entre vino y rosas, en la ley del deseo, con faldas y a lo loco, entre mujeres fuertes y débiles, humanas, sensibles, fascinantes, verdaderas. Para ser justos debiera incluir a los galanes de entonces junto a aquellas actrices de época, pero a mi favor alego que nunca he pretendido escribir “por” ellas sino “de” ellas. Pero además tengo la suerte de vivir una época mediática donde los residuos de celuloide se anteponen por sobre los de piedras o pictóricos, aunque la fotografía y cine son dos maneras distintas de ver, uno es la dinámica del tiempo y la epopeya de la acción, y la otra es el escrutinio pausado y estático, son la aventura del movimiento frente al vértigo del conocimiento. Aunque ambos sean para la mirada, el cine es para los ojos y la fotografía para el cerebro. La gran enseñanza de la fotografía es su capacidad de desvelar tras una realidad aparente la oculta unotra inalcanzable verdad, por ende su poder es cuestionar la consensuada normalidad, lo que compromete a todo operario que use o abuse del medio en un afán infructuoso de atrapar cualquier apariencia de realidad, tal como nos aclaró Duane Michals.
          Vivimos un mundo tendente a la estandarización, la normalización es la norma, lo que de ahí se salga es anatema, vivimos en continua apología de la normalidad, o lo que es lo mismo de la mediocridad. Resulta incuestionable que la procreación del ser humano es un bien mientras que miles de millones de habitantes en el planeta comienzan a ser un gran problema, y el fin de los recursos para un bienestar básico empieza a ser evidente; comprar es un bien para la economía mientras que el desafuero consumista está agotando los ecosistemas, y más cuando utilizamos la riqueza para frivolidades y nos olvidamos de la solidaridad, la filantropía o/y el altruismo; las monarquías, los totalitarismos o la democracias corporativas fueron y son lo normal por encima de sus estructurales injusticias o contradicciones y que siempre a posteriori hemos de reacomodar las consecuencias de sus fanáticos extremismos; la “gentificación”, o sea el turismo abusivo y también mejor llamado “disneyficación”, es un recurso alternativo como forma de desarrollo para múltiples regiones de múltiples países a la par que su exceso está acabando con las idiosincrasias particulares, además que a la vez nos desvela las incongruencias de una sociedad borrega e infantilizada: antes del terremoto del Nepal del 2015 la aglomeración causada por los viajeros comenzaba a ser un problema medioambiental, después el país no pudo contar con los recursos que antes le aportaran porque desaparecieron de la noche a la mañana sin acordarse de su solidaria asistencia y reconstrucción, aún así en la sede de la Unesco se siguen amontonando las solicitudes para declarar ciertas zonas como Patrimonio de la Humanidad, ya que ello significaría la atracción de los capitales necesarios para el desarrollo de dichos territorios. Tan incongruente y cierto todo ello como cuando estalló la I Guerra Mundial y la gente hacía cola para alistarse voluntariamente ya que corrió la ilusión profética colectiva de salvar a la patria en una batalla heroica de apenas algunas semanas, pero ¿de qué sirve la libertad de una persona si su única opción es la vulgaridad de matar cuando todos lo hacen también?. 
          El actual revisionismo histórico feminista tendrá una cuenta pendiente con el futuro si una autocrítica a tiempo no deja a un lado ciertos equívocos que enarbola impunemente: resaltar pretéritas individualizaciones femeninas intrascendentes no es el camino, ni demandar cuotas injustas de poder sin más, ni su legítimo derecho a participar en todas las guerras, ni la subvención de una particular liga de fútbol o tener el derecho de gritar desaforadamente enrollados en una bufanda en el foro de cada fin de semana, no son ellos baluartes para ningún cambio. Que el pasado no fuera el lugar para las mujeres no debe vetarlas para que el futuro no sea de ellas, pero siempre y cuando no pretendan copiar las mismas formas y maneras que nos trajeron hasta éste aquí. Para bien o para mal lo que el hombre construyó sin tenerlas presentes o aún en contra de ellas lo hizo sin tener en cuenta su opinión, así que si de lo que se trata es de emular la lid se circunscribe únicamente en una cuestión de derechos, pero si lo que pretende el movimiento feminista es coger las riendas no debiera contar con su par y empezar por construir un mundo mejor. La cartografía de su alma es el territorio virgen de toda mujer, el barro para conformar su proyección, y al igual que la moda selfie que esconde el balbuceante extrañamiento y ansia de reconocerse, situarse y reivindicarse, aquellas noveles artistas pioneras -Frida Kahlo, Cindy Sherman, Ana Mendieta, entre muchas- dieron la pauta del cómo debe ser construido ése mundo nuevo: de dentro a afuera. También tal vez Richard Avedon desmitificándolas y captándolas como mujeres y no etéreas estrellas inalcanzables desterró aquel glamour ancestralmente bíblico e incrustado en nuestra piel a fuego y sangre, pero éste no es más que aquello que echamos de menos de cuando aún no nos atenazaban las responsabilidades ni cargábamos con sus consecuencias. El glamour perdido es, entre otras cosas y para algunos, entre los que me cuento, el certero valor de la fotografía analógica como trasunto reflejo, cual sombras de plata de aquel referente, antes de convertirse en la incerteza binaria de los logaritmos de la posfotografía, o el placer de la magia cinemascope proyectada en salas comunales aportando ilusión frente al contemporáneo uso de un solitario Netflix a la carta para un público eternamente adolescente. Pero atrás quedó aquella sociedad patriarcal con sus caducos y desequilibrados sólidos valores sustituida imperceptiblemente por la presente fugaz caducidad de los tiempos y espacios líquidos que se escurren entre dedos de banalidad, ojalá que en el futuro para ellas advenga un tiempo en que la profecía de Simone de Beauvoir se haga realidad: “El día que una mujer pueda no amar con su debilidad sino con su fuerza, no escapar de sí misma sino encontrarse, no humillarse sino afirmarse, ese día el amor será para ella, como para el hombre, fuente de vida y no un peligro mortal”.


Katharine Hepburn, fotografía de Richard Avedon.



Texto de enriqueponce 2020.
Fotografías de los autores citados.