viernes, 5 de junio de 2020

"los Alfonso"






LOS CAZADORES deMENTES




Proclamación de la II República,
Puerta del Sol, Madrid,
14 de Abril de 1931



          En la Carrera de San Jerónimo, el río engrosaba, pero sin embravecerse; y siguiéndole yo agua abajo, di en la Puerta del Sol, donde las corrientes se detenían formando ancho golfo; y también me detuve yo, junto a la farola del centro, enfrente del Ministerio de la Gobernación.
          ¿Qué pasaba allí? Creo que nadie lo sabía. Notábase un oscilar de cabezas y un ruido sordo, como de resaca, de mar de fondo. Alguna voz más alta que otra, o un grito aislado, casi siempre de mujer: graznido de gaviota augurando tempestades sobre una mar preñada de misterios. Quizá no había en toda aquella masa bullente una sola persona con propósito bien determinado. Los huracanes populares se forman casi siempre de la manera más extraña: gentes inofensivas que caminaban por la calle más deprisa que lo acostumbrado; rostros pálidos y miradas en las cuales se pintaba el temor y la curiosidad, el afán de lo desconocido; noticias extraordinarias, absurdas tal vez, que parecen circular por sí solas en las ondas del aire, de barrio en barrio, de grupo en grupo, de oído en oído; diez curiosos detenidos delante de un edificio, porque en él hay algo de lo que estorba al común anhelo; otros diez que se detienen después por la misma causa; y luego otros tantos, y enseguida ciento, y mil, y más, hasta que ya no se cabe; y empiezan, con el roce y el tufillo de las muchedumbres, el escozor de la curiosidad no satisfecha y la inquietud nerviosa en cada burbujita, que luego engendra el lento bamboleo de toda la masa; y el bamboleo, la hinchazón de las olas; las olas, el choque, el estruendo, y la espuma, y al fin, el desastre.
          Como ya estaba encaramado en el pedestal de la farola y ésta alumbraba bien, dominaba en mi rededor una buena parte de la multitud. Observé que abundaban las mujeres de rompe y rasga, y que no escaseaban los hombres de mala catadura; casta que parecen nacidas para esas cosas, porque nunca se las ve más que en los motines: légamo que sale a la superficie cuando las corrientes embravecidas revuelven el fondo de los cauces. De estos hombres, algunos iban armados; pero casi todos estaban muy mal vestidos. Pude observar también que las puertas del Principal estaban cerradas; y por los rumores que hasta mí llegaron, entendí que la guardia se resistía a abrirlas aunque se le intimaba a ello, fraternal y pacíficamente; pues es de advertir que ni los de adentro tenían una orden a que ajustar su conducta enfrente de aquel tan serio como inesperado trance, ni los de afuera plan ni concierto ni dirección. Por lo visto, todos éramos curiosos más o menos interesados en que se diera el placer de quitar aquel estorbo a unos cuantos aficionados de la primera fila que lo pretendieron. Y en estas finas y corteses embajadas se anduvo larguísimo rato por la ventana baja, próxima a la calle de Carretas.
          Pero es cosa probada que las muchedumbres, ni en serio ni en broma pueden estarse quietas y de pie mucho tiempo. Yo mismo comencé a impacientarme por la falta de un desenlace cualquiera; porque aun cuando los rumores crecían y los gritos se acentuaban y el bamboleo iba convirtiéndose en serio oleaje, aquello no tenía fin.
          ¿Y por qué no lo tenía?
          Entonces, de repente, me acordé yo de que era Pedro Sánchez; no el hijo del pobre hidalgo montañés don Juan Sánchez; no el inofensivo Pedro Sánchez que estaba allí como un curioso más; sino el Pedro Sánchez redactor de El Clarín de la Patria; el Pedro Sánchez «perseguido por la causa de la libertad»; el popular autor de un escrito incendiario; el Pedro Sánchez que acababa de salir del escondrijo donde burló la vigilancia de los esbirros del poder, que le buscaban porque su nombre era bandera de batalla en manos de la revolución; y aquella que fermentaba en derredor mío, era, en gran parte, obra de mi ingenio, chispa de mi pluma fulminante... ¡Oh!, ¡qué grande volví a verme en aquel momento! ¡Qué borracho de ideas tumultuosas y revolucionarias! ¡Qué odio se encarné en mi corazón hacia los «hombres funestos que habían arrastrado al país hasta el borde del precipicio» ¡Cómo execré a los «nefandos conculcadores de las leyes, expoliadores del erario público, escándalo de la moral y ludibrio de gobernantes» en la patria de Riego y de Padilla! (Estaban muy de moda entonces estos dos personajes.) ¡Con qué facilidad podría yo inflamar aquel reguero de pólvora y convertir en mar embravecido lo que ni siquiera había llegado a lago turbulento! Desde lo alto del pedestal de la farola, lanzar mi nombre por encima de todos los ecos y rumores de la multitud; después, cuatro arranques tribunicios bien empapados en el espíritu revoltoso que palpitaba en aquellas gentes inflamables, y, al fin, arrastrarlas en mi seguimiento, cual desbordado torrente, por donde a mí me diera la gana. ¡Dios mío, qué cosquilleo sentí entonces en la garganta! ¡Cómo forcejeaba en ella todo el aire de mis pulmones para formar un nombre, y lanzarle al espacio, sonoro y penetrante, como toque de clarín de guerra! ¡Cómo se estremecían todas las fibras de mi cuerpo! ¡Qué temblar el de mis brazos! ¡Qué gallardía la de los apóstrofes que me asaltaban las mientes, caldeados al fuego del entusiasmo que me devoraba! No podía más: alcé el brazo que no necesitaba para agarrarme al pedestal; arranqué el sombrero de mi cabeza; moví los labios trémulos...
          En esto crecieron los gritos y la agitación de las primeras filas; y el resplandor de una hoguera, arrimada a las puertas del Principal, iluminó aquella parte del sombrío cuadro. El inesperado acontecimiento me contuvo. Momentos después, entre aplausos y patriótica bullanga, ardían los portones. ¿De quién fue la idea? ¿Quién trajo la leña, y de dónde? ¡Vaya usted a saberlo!
          Abierta la brecha, se lanzó por ella, con la impetuosidad de un torrente, lo que del mar de afuera cupo dentro del edificio. Esta evolución removió toda la masa sobrante; y por los huecos que iban resultando avancé yo, a fuerza de puños, hasta la acera misma del Principal. El tumulto había atropellado la guardia; y como no halló resistencia, apoderóse, entre abrazos a los soldados y vivas a todo lo de costumbre, de las armas y municiones de éstos.
          La cosa hasta entonces iba arreglándose tal cual: ni un tiro, ni una herida, ni un insulto entre los dos tradicionales enemigos. Harto más alborotaban las furias ociosas de la Puerta del Sol, que habían dado en la gracia de pedir las cabezas de determinados personajes. En medio de estos gritos salieron del Principal a la calle muchos hombres, armados con sables y fusiles que habían adquirido adentro; otros, que ya estaban afuera con armas, se unieron a ellos. No sé si fue por contagio de los gritos de las mujeres, o porque les hizo más feroces el verse tan unidos y bien pertrechados; pero es la verdad que apenas estuvieron agrupados en la calle, comenzaron a rugir amenazas de muerte y exterminio. ¡A casa de Fulano! ¡A casa de Mengano...! Y el coro, la gran masa, lo repetía con voz formidable y ademán aterrador. Y noté que en este vocerío tremebundo se nombraban con preferencia un palacio de la calle de las Rejas, muy aborrecido entonces, y la casa de Valenzuela. Y sin duda por ser ésta la más cercana, los forajidos aquéllos enderezaron el rumbo hacia allá. Me estremecí. Luego, movido de una resolución súbita, avancé, apartando la gente a empellones, hasta ponerme delante de los primeros.
          -¡Alto! -grité como un energúmeno, alzando los brazos mucho más arriba de la cabeza.
          ¡Suerte loca la mía! En la vanguardia del pelotón armado iban Bujes y tres de sus camaradas, que, como él, me habían conocido en la redacción.
          -¡Pedro Sánchez!... ¡Viva Pedro Sánchez! -gritaron, abrazándome Bujes y alzando los otros los fusiles al aire- ¡El defensor de los hijos del pueblo! ¡El perseguido por los enemigos de la libertad!
          Cientos y cientos, y creo que miles de bocas repetían mi nombre, cuya resonancia, no cabiendo en los ámbitos de la Puerta del Sol, fue a perderse en rugidos en todas las calles que desembocaban allí. Manos sin número estrecharon las mías, y brazos sin cuento me estrujaron, me oprimieron y aun me levantaron en vilo.




El patio del cuartel de la Montaña,
tras la toma por las fuerzas leales a la República,
20 de Julio de 1936

El Comité Revolucionario Republicano en la cárcel Modelo, 10 de Marzo de 1931
(De Izquierda a derecha: Garzón Baz, Ángel García, Justo Aedo, Jesús del Río, Ángel Galarza, Luís Hernández Alfonso, Antonio Sánchez Fuster, Carlos Castillo, Niceto Alcalá Zamora, Francisco Largo Caballero, Fernando Buriel, Fernando de los Ríos, Miguel Maura, Emilio Palomo y Francisco Casares Quiroga).


El gobierno de la Generalitat de Cataluña en la cárcel Modelo,
tras los sucesos del 6 de Octubre de 1934
(De izquierda a derecha: Pedro Mestres, Martí Esteve, Luís Companys, Joan Lluhí, Joan Comorera, 
Martí Barrera y Ventura Gassol).





Alfonso Sánchez García
Ciudad Real. 1880-1953



Alfonso Sánchez Portela (Alfonsito)
Madrid. 1902-1990





"Mi mujer" 1904

S. M. la Reina Victoria Eugenia y la Emperatriz Eugenia de Montijo
en los Jardines del Palacio de Dueñas de Sevilla,
 el 8 de marzo de 1920

Antonio Machado y Rosario del Olmo
en El Cafe de Las Salesas, 1933

 Don Ramón María del Valle Inclán
en su casa de General Oráa,
agosto de 1930

Retrato de Federico García Lorca, 1930



Fiesta Popular, 1932

Vendedora de pavos en la Plaza de Santa Cruz, 1925

Fotógrafo minutero en la Plaza de Oriente, 1925 (ca)

Sufragistas en la calle de Alcalá, 1932

"El billete de tope"1934

Bombardeo del aeródromo de Cuatro Vientos, 1930

Monte de piedad, 1925

Pianista con niña, 1926 (ca)


Fotografías de ALFONSO.
Diseño logotipo de Manuel Tovar.
Texto, extraído de "Pedro Sánchez" de José María de Pereda.


Cadáver de Calvo Sotelo, 1936

Clase de disección de Ramón y Cajal. 1915

El cadáver del presidente José Canalejas
en los salones de la Presidencia del Gobierno. 1912


lunes, 25 de mayo de 2020

"Crónica Universal Ilustrada"






EL CAJÓN deSASTRE







"CRÓNICA UNIVERSAL ILUSTRADA"




          «-¡Allá va, allá va! -gritó señalando. 
          -¿Quién?
          -El bergante. 
          -Sí, él es... ¡Mariano, Pecado...»
          Pero Mariano que las vio y oyó los gritos de su tía, se hizo el tonto y apretó el paso como quien desea evitar un importuno encuentro. Poco después estaba sentado en un banco de la Plaza Mayor, junto a una de aquellas graciosas fuentes, en las cuales el agua, saliendo de una fingida roca, forma un globo elástico, cuyas paredes se ahuecan y se deprimen según las bate más o menos el aire. En la movible costra líquida hace el sol caprichosos iris y se retratan convexas imágenes del jardín y de los transeúntes. Completaba la fascinación del globito de agua un bullido juguetón, en el cual cualquier poeta habría podido oír, con buena voluntad, las risotadas de los niños de las náyades. Mariano puso los codos en las rodillas, las quijadas en las palmas de las manos, y estuvo mirando el extraño surtidor... Dios sabe cuánto tiempo.
          Así como su hermana, invadiendo con atrevido vuelo las esferas de lo futuro, se representaba siempre las cosas probables y no acontecidas aún, Pecado, cuando se sentía dispuesto a la meditación, resucitaba lo próximamente pasado, y se recreaba con un dejo de las impresiones ya recibidas. Era un trabajo de rumiante y un placer de perezoso. Vio, pues, todo lo que había hecho aquel día, casi tan a lo vivo como si aún estuviera pasando. Se había levantado muy temprano después de una noche de desvelos y tortura; habíase puesto su camisa limpia y las demás prendas que estrenaba, mostrando un empeño particular en aparecer con la facha más decente que le fuera posible; había salido y tomado café en un puesto de la calle del Ave María, y después se fue a vagar por las calles. A eso de las diez almorzó en una taberna jamón con tomate, que estaba muy rico, y después había comprado un periódico y leído la mitad de él, indignándose con todas las picardías que denunciaba, y participando de la noble ira de sus redactores contra el Gobierno.
          Más tarde paseó por la Carrera para ver la gente y la tropa que de los cuarteles venía. Bonito estaba todo; pero él lo miraba con desdén y, sobre la impresión recibida, ponía un pensamiento de melancólica burla y sarcasmo. En un balcón había visto a Melchor de Relimpio, muy enfatuado, junto a unas damas que le parecieron las de Pez. No lejos de allí, uno de los Peces (él no los conocía bien, pero debía de ser Luis Pez) acompañaba en otro balcón a la familia del duque de Tal. Siguió adelante, y a la vuelta de una esquina encaró con el nunca bien ponderado Gaitica, que venía a caballo, hecho un potentado, un sátrapa. La extraviada imaginación de Mariano veía a este personaje cual si fuese un resumen de todas las altas categorías y la cifra del encumbramiento personal. «¡Cuánta pillería!», exclamó para sí.
          Todos triunfaban y vivían regaladamente escalando cada día un lugar más elevado, mientras él, el pobre y desvalido Pecado, permanecía siempre en su nivel de miseria, insignificante, sin que nadie le hiciera caso ni fuese por nadie distinguida su persona en el inmenso mar de la muchedumbre. ¿Por qué era esto, cuando él valía más que toda aquella granujería de levita? Él, según las creencias firmes de su hermana, había nacido de sangre noble. Le habían sustraído lo suyo, le habían despojado de todo, arrojándole desnudo y miserable al seno del populacho, como se arroja al basurero un despojo inútil. ¿Quién sabía si muchas de aquellas casas, engalanadas con colgaduras de varios colores, eran suyas? ¿Quién sabía si el dinero de que debían de tener llenos los bolsillos todos aquellos caballeros y damas procedía de riquezas que en rigor de la ley le pertenecían a él? ¿Y a quien se dirigía para reclamar lo suyo? A nadie, porque desde el primero al último todos eran grandísimos pícaros.
          La nación en masa, ¿qué nación?, la sociedad entera estaba confabulada contra él. ¿Qué tenía que hacer, pues? Crecerse, crecerse hasta llegar a ser por la fuerza sola de su voluntad tan considerable que pudiera él solo castigar a la sociedad, o al menos vengarse de ella. ¿Cómo? Por su mente rondaba tiempo hacia una idea que resolvía la cuestión. La idea y el propósito de ejecutarla se habían apoderado de él juntamente, dominándole y llenándole por entero. Idea y propósito eran como una llaga estimulante en el cerebro, la cual le dolía y le comunicaba un vigor extraño. Repetidas veces había puesto en ejecución su pensamiento, ¿pero cómo?, en sueños, y también alguna vez despierto, cediendo como a una fuerza automática y fatal que no era su propia fuerza. En estos casos de repetición o ensayo mental del hecho, se quedaba fatigado y orgulloso, cual si lo hubiera ejecutado realmente. Sondeándose para ver cuándo había aparecido en él aquella idea y aquel propósito, calculaba que los tenía desde antes de nacer. ¡Tan viejos, tenaces y arraigados le parecían!
          Mirando siempre el globo de agua, pensaba que si no fuera por el firme tesón que en aquel momento tenía, su miedo sería grande. Estaba viendo el terror escondido debajo del orgullo y asomando la cabeza; pero el orgullo, o, mejor, la terquedad, no le dejaba salir. No sentía miedo, sino dolor, un dolor inexplicable en el pensamiento, una sensación rara de no dormir nunca, de no reposar jamás, de un alerta eterno. Detrás del punto negro que tenía delante y que ya estaba cerca, veía seguro y claro un triunfo resonante. Principalmente la idea de que todo el mundo se ocuparía de él dentro de poco le embriagaba, le hacía sonreír con cierto modo diabólico y jactancioso. La aberración de su pensamiento le llevaba a las generalizaciones, como en otros muchos casos en que la demencia parece tener por pariente el talento. El mismo criminal instinto le ayudaba a personalizar, y en efecto, siendo tan grande y múltiple el enemigo, ¿cómo aspirar a castigarle, sin hacer previamente de él una sola persona?
          Rumor de voces, cornetas y músicas anunciaban que el gran cortejo volvía de Atocha. Levantose Mariano, y por la calle de Ciudad-Rodrigo ganó la calle Mayor y la plaza de la Villa. Multitud, tropa, caballos, uniformes, penachos, colores, oropeles y bullicio le mareaban de tal modo, que no veía más que una masa movible y desvaída, semejante a los cambiantes y contorsiones del globo de agua que había estado mirando momentos antes. Se le nublaron los ojos, y apoyándose en un farol, dijo para sí: «Que me da, que me da». Era el ataque epiléptico, que se anunciaba; pero tanto pudo su excitación, que lo echó fuera, irguió la cabeza, se sostuvo firme...
          Pasó un momento. Nunca había sentido más energía, más resolución, más bríos. El ruido de las músicas le embriagaba. Vio pasar uno y otro coche. Cuando llegó el que esperaba, Mariano era todo ojos. Miró bien... En el acto sacó de debajo de la blusa una pistola vieja, y apuntando con mano no muy firme, salió el tiro con fugaz estruendo... Movimiento y estupor en la muchedumbre, gritos, pánico, sacudidas. La bala se estrelló en la pared de enfrente sin hacer daño a nadie, y el autor del infame atentado cayó en una trampa, la indignación pública, cuyo engranaje de brazos y manos le oprimía, como si quisiera pulverizarle. 



Alfonso XIII y Victoria Eugenia de Battenberg





La presente imagen del atentado de Mateo Moral sobre la comitiva real supone la primera gran exclusiva gráfica de la prensa española,
su autor fue un joven de 17 años estudiante de Medicina tomada desde un balcón con una máquina de doce duros regalada por su padre
y por la cual el director del ABC de entonces Torcuato Luca de Tena le pagó 300 pesetas.

Fotografía: Mesonero Romanos


 


Cadáver de Mateo Morral



Texto, extraído de "La desheredada", de Benito Pérez Galdós.
Fotografías bajadas de la red.


Fotografías de Liborio Porset 1906-Ricard Martínez 2011



viernes, 15 de mayo de 2020

"Katharina Fitz"

BOLg DE NOTAS




Katharina Fitz
Austria, 1985




          Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada; caminábamos en derechura al cielo y nos extraviábamos por el camino opuesto. En una palabra, aquella época era tan parecida a la actual, que nuestras más nobles autoridades insisten en que, tanto en lo que se refiere al bien como al mal, sólo es aceptable la comparación en grado superlativo.




          En el trono de Inglaterra había un rey de mandíbula muy desarrollada y una reina de cara corriente; en el trono de Francia había un rey también de gran quijada y una reina de hermoso rostro. En ambos países era más claro que el cristal para los señores del Estado, que las cosas, en general, estaban aseguradas para siempre. Era el año de Nuestro Señor, mil setecientos setenta y cinco. En periodo tan favorecido como aquél, habían sido concedidas a Inglaterra las revelaciones espirituales. Recientemente la señora Southcott había cumplido el vigésimo quinto aniversario de su aparición sublime en el mundo, que fue anunciada con la antelación debida por un guardia de corps, pronosticando que se hacían preparativos para tragarse a Londres y a Westminster.
          Incluso el fantasma de la Callejuela del Gallo había sido definitivamente desterrado, después de rondar por el mundo por espacio de doce años y de revelar sus mensajes a los mortales de la misma forma que los espíritus del año anterior, que acusaron una pobreza extraordinaria de originalidad al revelar los suyos. Los únicos mensajes de orden terrenal que recibieron la corona y el pueblo ingleses, procedían de un congreso de súbditos británicos residentes en América, mensajes que, por raro que parezca, han resultado de mayor importancia para la raza humana que cuantos se recibieran por la mediación de cualquiera de los duendes de la Callejuela del Gallo.
          Francia, menos favorecida en asuntos de orden espiritual que su hermana, la del escudo y el tridente, rodaba con extraordinaria suavidad pendiente abajo, fabricando papel moneda y gastándoselo. Bajo la dirección de sus pastores cristianos, se entretenía, además, con distracciones tan humanitarias como sentenciar a un joven a que se le cortaran las manos, se le arrancara la lengua con tenazas y lo quemaran vivo, por el horrendo delito de no haberse arrodillado en el fango un día lluvioso, para rendir el debido acatamiento a una procesión de frailes que pasó ante su vista, aunque a la distancia de cincuenta o sesenta metros. Es muy probable que cuando aquel infeliz fue llevado al suplicio, el leñador Destino hubiera marcado ya, en los bosques de Francia y de Noruega, los añosos árboles que la sierra había de convertir en tablas para construir aquella plataforma movible, provista de su cesta y de su cuchilla, que tan terrible fama había de alcanzar en la Historia. Es también, muy posible que en los rústicos cobertizos de algunos labradores de las tierras inmediatas a París, estuvieran aquel día, resguardadas del mal tiempo, groseras carretas llenas de fango, husmeadas por los cerdos y sirviendo de percha a las aves de corral, que el labriego Muerte había elegido ya para que fueran las carretas de la Revolución. Bien es verdad que si el Leñador y el Labriego trabajaban incesantemente, su labor era silenciosa y ningún oído humano percibía sus quedos pasos, tanto más cuanto que abrigar el temor de que aquellos estuvieran despiertos, habría equivalido a confesarse ateo y traidor.
          Apenas si había en Inglaterra un átomo de orden y de protección que justificara la jactancia nacional. La misma capital era, por las noches, teatro de robos a mano armada y de osados crímenes. Públicamente se avisaba a las familias que no salieran de la ciudad sin llevar antes sus mobiliarios a los guardamuebles, únicos sitios donde estaban seguros.
          El que por la noche ejercía de bandolero, actuaba de día de honrado mercader en la City, y si alguna vez era reconocido por uno de los comerciantes a quienes asaltaba en su carácter de capitán, le disparaba atrevidamente un tiro en la cabeza para huir luego; la diligencia correo fue atacada por siete bandoleros, de los cuales mató tres el guarda, que luego, a su vez, murió a manos de los otros cuatro, a consecuencia de haber fallado sus municiones, y así la diligencia pudo ser robada tranquilamente; el magnífico alcalde mayor de Londres fue atracado en Turnham Green por un bandido que despojó al ilustro prócer a las barbas de su numerosa escolta. En las cárceles de Londres se libraban fieras batallas entre los presos y sus carceleros y la majestad de la Ley los arcabuceaba convenientemente. Los ladrones arrebataban las cruces de diamantes de los cuellos de los nobles señores en los mismos salones de la Corte; los mosqueteros penetraron en San Gil en busca de géneros de contrabando, pero la multitud hizo fuego contra los soldados, los cuales replicaron del mismo modo contra el populacho, sin que a nadie se le ocurriese pensar que semejante suceso no era uno de los más corrientes y triviales. A todo esto el verdugo estaba siempre ocupadísimo, aunque sin ninguna utilidad. Tan pronto dejaba colgados grandes racimos de criminales, como ahorcaba el sábado a un ladrón que el jueves anterior fue sorprendido al entrar en casa de un vecino, o bien quemaba en Newgate docena de personas o, a la mañana siguiente, centenares de folletos en la puerta de Westminter-Hall; y que mataba hoy a un asesino atroz y mañana a un desgraciado ratero que quitó seis peniques al hijo de un agrucultor.
          Todas estas cosa y otras mil por el estilo ocurría en el bendito año de mil setecientos setenta y cinco. Rodeados por ellas, mientras el Leñador y el Labriego proseguían su lenta labor, los dos personajes de grandes quijadas y las dos mujeres, una hermosa y otra insignificante, vivían complacidos y llevaban a punta de lanza sus divinos derechos. Así el año mil setecientos setenta y cinco conducía a sus grandezas y a las miríadas de insignificantes seres, entre los cuales se hallan los que han de figurar en esta crónica a lo largo de los caminos que se abrían ante sus pasos.














Fotografías, de la serie "Boarded-up House", de Katharina Fitz.
Texto, extraído de "Historia de dos ciudades", de Charles Dickens.




katharinafitz.com


martes, 5 de mayo de 2020

"Michael Wolf"






BLOg DE NOTAS





MICHAEL WOLF
Munich, Alemania. 1954




Fotografía bajada de la red.





















Una extraña locura se ha apoderado de las clases obreras de las naciones donde domina la civilización capitalista. Esta locura trae como resultado las miserias individuales y sociales que, desde hace siglos, torturan a la triste humanidad. Esta locura es el amor al trabajo, la pasión moribunda por el trabajo, llevada hasta el agotamiento de las fuerzas vitales del individuo y de sus hijos.
En vez de reaccionar contra esta aberración mental, los curas, los economistas y los moralistas han sacralizado el trabajo. Hombres ciegos y de escaso talento, quisieron ser más sabios que su dios; hombres débiles y despreciables, quisieron rehabilitar lo que su dios había maldecido. Yo, que no me declaro cristiano, economista ni moralista, planteo frente a su juicio, el de su Dios; frente a las predicaciones de su moral religiosa, económica y libre pensadora, las espantosas consecuencias del trabajo en la sociedad capitalista.












Doce horas de trabajo por día: he ahí el ideal de los filántropos y de los moralistas del siglo XVIII. ¡Cómo hemos sobrepasado ese nec plus ultra! Los talleres modernos se han convertido en casas ideales de corrección donde se encarcela a las masas obreras, donde se condena a trabajos forzados durante doce y catorce horas, no solamente a los hombres, sino también a las mujeres y a los niños! ¡Y pensar que los hijos de los héroes del Terror se dejaron degradar por la religión del trabajo al punto de aceptar después de 1848, como una conquista revolucionaria, la ley que limitaba a doce horas el trabajo en las fábricas! Proclamaban, como un principio revolucionario, el derecho al trabajo. ¡Vergüenza al proletariado francés! Sólo los esclavos hubiesen sido capaces de tal bajeza. Hubieran sido necesarios veinte años de civilización capitalista para que un griego de los tiempos heroicos concibiera tal envilecimiento.






Una buena obrera hace con el huso sólo cinco mallas por minuto; algunos telares circulares hacen treinta mil en el mismo tiempo. Cada minuto a máquina equivale entonces a cien horas de trabajo de la obrera; o bien cada minuto de trabajo de la máquina da a la obrera diez días de descanso. Lo que es cierto para la industria del tejido es más o menos cierto para todas las industrias renovadas por la mecánica moderna. ¿Pero qué vemos nosotros? A medida que la máquina se perfecciona y quita el trabajo del hombre con una rapidez y una precisión constantemente crecientes, el obrero, en vez de prolongar su descanso en la misma proporción, redobla su actividad, como si quisiera rivalizar con la máquina. ¡Qué competencia absurda y mortal!
Para que la competencia del hombre y de la máquina se acelerara, los proletarios abolieron las sabias leyes que limitaban el trabajo de los artesanos de las antiguas corporaciones; suprimieron los días feriados.Puesto que los productores de entonces trabajaban sólo cinco días sobre siete, ¿creen pues, tal como dicen los economistas mentirosos, que no vivían más que del aire y del agua fresca? ¡Vamos! Tenían tiempo libre para disfrutar de las alegrías de la tierra, para hacer el amor y divertirse; para hacer banquetes jubilosamente en honor del alegre dios de la Holgazanería.



* Bajo el Antiguo Régimen, las leyes de la iglesia garantizaban al trabajador 90 días de descanso (52 domingos y 38 feriados), durante los cuales estaba estrictamente prohibido trabajar. Era el gran crimen del catolicismo, la causa principal de la irreligiosidad de la burguesía industrial y comercial. Bajo la Revolución, cuando ésta se hizo dominante, abolió los días feriados y reemplazó la semana de siete días por la de diez. Liberó a los obreros del yugo de la iglesia para someterlos mejor al yugo del trabajo. El odio contra los días feriados no apareció hasta que la moderna burguesía industrial y comercial tomó cuerpo, entre los siglos XV y XVI. Enrique IV pidió su reducción al Papa, pero éste se rehusó porque "una de las herejías más corrientes hoy en día es la referida a las fiestas" (carta del cardenal d'Ossat). Pero en 1666, Péréfixe, arzobispo de París, suprimió 17 feriados en su diócesis. El protestantismo, que era la religión cristiana adaptada a las nuevas necesidades industriales y comerciales de la burguesía, fue menos celoso del descanso popular; des- tronó a los santos del cielo para abolir sus fiestas sobre la tierra. La reforma religiosa y el libre pensamiento filosófico no eran más que los pretextos que permitieron a la burguesía jesuita y rapaz escamotear al pueblo los días de fiesta.









Ante esta doble locura de los trabajadores -matarse de sobretrabajo y vegetar en la abstinencia-, el gran problema de la producción capitalista ya no es encontrar productores y duplicar sus fuerzas, sino descubrir consumidores, excitar sus apetitos y crearles necesidades artificiales. Puesto que los obreros europeos, tiritando de frío y de hambre, se niegan a vestir los tejidos que producen y a beber los vinos que elaboran, los pobres fabricantes, rápidos como galgos, deben correr a las antípodas para buscar a quien los vestirá y beberá: son las centenas y miles de millones que Europa exporta todos los años, a los cuatro rincones del mundo, a pueblos que no las necesitan.** Pero los continentes explorados no son lo suficientemente vastos; se necesitan regiones vírgenes. Los fabricantes de Europa sueñan noche y día con el África, con el lago sahariano, con el ferrocarril de Sudán; siguen con ansiedad los progresos de los Livingstone, de los Stanley, de los Du Chaillu, de los de Brazza; escuchan las historias maravillosas de esos valientes viajeros con la boca abierta. ¡Cuántas maravillas desconocidas encierra el "continente negro"! Los campos están sembrados de dientes de elefante; ríos de aceite de coco arrastran pepitas de oro; millones de culos negros, desnudos como la cara de Dufaure o de Girardin, esperan las telas de algodón para aprender la decencia, las botellas de aguardiente y las biblias para conocer las virtudes de la civilización.


** Dos ejemplos: el gobierno inglés, para complacer a los países indios que, a pesar de las hambrunas periódicas que asolan el país, se obstinan en cultivar amapolas en vez de arroz o trigo, ha debido emprender guerras sangrientas a fin de imponer al gobierno chino la libre introducción del opio indio. Los salvajes de la Polinesia, a pesar de la mortalidad que ello trajo como consecuencia, debieron vestirse y embriagarse a la inglesa para consumir los productos de las destilerías de Escocia y de las tejedurías de Manchester.






Fotografías, de la serie "Compresión en Tokio", de Michael Wolf.
Textos, extraídos de "El derecho a la pereza", de Paul Laforgue.




sábado, 25 de abril de 2020

"El halo fotográfico"

OPINION.es




“El perverso halo fotográfico”



           
Algo perverso descubre una imagen fotográfica. Tal vez por eso poco a poco se ha ido restringiendo su permisividad a la par que contradictoriamente los operarios potenciales se multiplican exponencialmente desde que cada teléfono móvil abandona su inicial utilidad y va dando paso preferencial a esa aplicación satélite que es su cámara. La época que más fácil acceso tiene a la fotografía es a la vez la más vetada por ley para su práctica callejera, de hecho veta el reconocimiento de las personas por mor a su derecho a la privacidad, aún en el supuesto de hallarse en lugar o realizar actividad pública, aunque luego esos mismos individuos expongan impúdicamente sus vidas particulares e insulsas en las redes sociales. Se acabó aquella época dorada de los reporteros sociales que dejaron el más completo archivo antropológico del pasado siglo, que bien conocían y respetaban sus límites en el dominio colectivo y no en el sectarismo. En un principio, cuando el acto fotográfico era excepcional, todo el mundo posaba satisfecho para conmemorar en la posteridad algún acto significativo, y aquellas hazañas eran inmortalizadas por bravos fotógrafos que llegaban a los lugares más insospechados, indómitos e inexplorados. El ser humano ha sido siempre eminentemente nómada, desde las sociedades primitivas que se extendieron por el todo planeta hasta los bárbaros conquistadores del Imperio Romano que dieron pie a la ancestral “ruta de la seda”, incluso aquel supuesto arcaico medievo europeo nos lega el “camino de Santiago” como matiz significativo de la movilidad de una sociedad aún eminentemente agraria, por eso no es extraño que, cuando en el siglo XIX la Revolución Industrial facilita y extiende los medios para la exploración y colonización del resto del globo, el gremio recién nacido de los fotógrafo se aventure a la conquista de las imágenes de ese mundo a pesar de las enormes dificultades técnicas que en un principio conllevaba aquella práctica. Mucha agua ha corrido desde las “Excursiones Daguerrianas”, hasta el día de hoy donde una de las más extraordinarias aportaciones técnicas ha sido la aparición de la cámara Go-Pro, con ella se hace aún más evidente el eslogan de Kodak que nos incitó ya en aquel entonces a “apretar el botón ya que ellos harían el resto”, su también fácil e instintivo manejo deja en manos neófitas para la fotografía pero especialistas en miles de otras técnicas un medio documental al límite donde por tierra mar y aire activistas extremos nos sitúan en otro nuevo punto de vista, otra nueva conquista sobre lo que parecía un ya gastado mundo. Además nos ha aportado subrepticiamente más fe en el eslogan “Just do it” de Nike de ya hace algunos años, puesto que nos hace creer que somos capaces de alcanzar hasta el techo del mundo, siempre y cuando llevemos con nosotros la renovada mágica cámara oscura con su correspondiente conexión 5G que nos permita compartir nuestra líquida felicidad. Con lo que no cuenta la inconsciencia de los los múltiples operarios amateurs que pululan por ahí es que aunque el momento de la toma pueda ser un momento rutinario o intrascendente lo cierto es que el proceso después puede deparar sorpresas, ser una revelación o significar una toma de conciencia, como lo puede desvelar la instantánea captada por Nirmal Purja mientras esperaba tras una caterva de aficionados a las aventuras para acceder a la cima del Everest, que no deja de sorprender, indignar o abrumarnos.


Nirmal Purja



          “Porque está allí” era la máxima que respondía George Mallory sobre sus motivos para querer ascender al Everest, no podía imaginar que casi un siglo después para llegar a la cima los alpinistas tuviesen que hacer cola a riesgo de sus vidas. En 2019 se produjo el récord de personas intentando hacer cumbre, de muertes y de deterioro de toda la ruta y sobre todo del campamento base. También al presente no hay testimonio mas allá del especulativo sobre si Mallory realmente fue la primera persona en llegar a ese techo del mundo. En su última expedición de 1924 junto a Andrew Irvine ambos desaparecieron, y después de 75 años sin noticias de ellos algunos alpinistas dijeron haberlos visto a apenas quinientos metros de la cima, para finalmente una búsqueda basada en aquellos indicios dar con el cuerpo de Mallory, y aunque momificado y en buena conservación no fue posible despegarlo de la roca a la que estaba incrustado por las bajas temperaturas y el largo tiempo pasado, por lo que se le cubrió de rocas como forma de sepultura definitiva. Lo extraño fue no encontrar la cámara que portaba para documentar la aventura, de haberse hallado las fotos allí contenidas hubieran podido dar luz sobre si realmente ambos aventureros llegaron a pisar la cima, tampoco se halló una instantánea de su mujer que Mallory portaba con la intención de dejarla allá lo que dio pie a especular con que su deceso se produjo cuando descendían. Desafortunadamente para George o Andrew no existiendo la foto no hay certificación, mientras que el alpinista, explorador y filántropo Edmund Hillary y el sherpa nepalí Tenzing Norgay sí cuentan con este documento notarial que les atestigua como los primeros hombres en haber completado la ascensión al Everest en 1953. Tal vez aquellos posados documentariales de las conquistas de nuestro pasado colonial fueran los precedentes donde los hechos comenzaron a existir para ser representados, que existiesen para su mise en scène.


Edmund Hillary y Tenzing Norgay


          Pero a veces las conquistas más importantes de la humanidad no son físicas sino morales, y las revoluciones no se circunscriben al espacio real sino a una nueva virtualidad. Cuando se daba por hecho que la esencia del arte de la luz era inmutable la revolución digital trastocó, además de tecnológica, conceptualmente el medio. Ser una huella trasunto reflejo del referente le daba una inferencia particular a cualquier imagen obtenida por aquellos ahora arcaicos procesos. Así la fotografía antes era impunemente memoria, pervertir aquella era traicionar ésta, y el documento degenerado por excelencia continúa siendo aquel donde resulta evidente la desaparición de Leon Trosky de la tribuna donde Vladimir Lenin arengaba a un grupo de soldados a punto de ir a la guerra en Polonia en la plaza Sverdlov de Moscú el 5 de mayo de 1920, pero resulta curioso que después de tanto tiempo y tantas palabras escritas sobre esta imagen aún se ignora popularmente si la polémica se circunscribe a que el documento fue manipulado realmente tras la caída de Trosky con fines de instrumentalización política del régimen, o es una eterna fake-new. Como también es paradójico que, a pesar de ser una fotografía infinitamente difundida, cuando se pretende conocer a su autor J.P. Goldstein las dificultades también resultan infinitas. El respeto a la autoría de cualquier imagen es otra asignatura pendiente de esta sociedad tan supuestamente vanguardista por mediática, virtual o líquida, pero reaccionaria en cuanto a los valores humanistas que al fin son los que construyen moralmente la sociedad, y por ende su historia. Así antes de la aparición de Photoshop existía el consenso para que las manipulaciones fotográficas, aún no expresamente evidentes, eran al menos éticamente censurables, y desde su  vulgaridad el único logro que conseguían era el acuerdo generalizado de rechazo hacia cualquier falsedad documental. Pero los tiempos cambian, y quien desapareció de la imagen no fue ningún personaje sino la probidad de la imagen.


J.P. Goldstein

          Aquella transición del soporte de haluros de plata al binario supuso algo mas que un cambio técnico, la ruptura fue además ontólogica, esa pérdida del referente resulta ser una de las características más intrínsecas de la posfotografía. PHS y las demás apps de tratamiento de imágenes poseen tal obscena capacidad de transformación que la primera damnificada ha sido la credibilidad documental. Su inmenso poder autogenerativo de falsas verdades ha dado paso que la creatividad de documentos difícilmente discernibles en su certeza abunden por doquier. El culmen actual se encuentra en las caras falsas de Phillip Wang desde su página “ThisPersonDoesNotExist”. Este ingeniero ha desarrollado un doble sistema donde el primero crea un rostro virtual a partir de un original, mientras el segundo confirma su acierto cuando se ve incapaz de reconocer la falsedad de entre las dos, asumiendo que entonces ningún humano será tampoco capaz de encontrar la diferencia. La población mundial pasó de los casi 1.000 millones de habitantes en 1800 a los más de 6.000 en el 2000 y en el actual siglo se estima puede llegar casi a doblarse, difícilmente daremos cabida además a este mundo virtual. Ironías aparte, supone un problema de identidades para el control de desviaciones convivencionales por la dificultad para discernir entre realidad y falsificación. La capacidad de manipular o generar este tipo de imágenes realista tiene una repercusión inimaginable en lo que las sociedades modernas piensan sobre la evidencia y la confianza, pudiendo además ser un arma para el control de masas en manos no democráticas. Por lo pronto personas que no existen ni existieron tienen ya miles de seguidores en la red gracias a las corporaciones mercantiles sin escrúpulos que sin tener en cuenta las futuras consecuencias se apuntan al beneficio instantáneo particular frente al pago colectivo pospuesto en un futuro cada vez más sombrío. La realidad de la red es más fascinante para los individuos que la propia gracias a los filtros que se han hecho tan fácil de aplicar a cualquiera neófito, pero el problema no es que podamos recrear la realidad como hasta hoy retocándola sino que a partir de ahora podemos crearla. Con los deepfakes entramos indefensos en la era de la “desinformación interesada”, de hecho existe una carrera tecnológica, igual a la ancestral armamentística, entre crear y detectar dichas desviaciones. Mientras, comenzamos a compartir el espacio con personas sin tiempo, pero sin memoria también.

“this person does not exist”


          Al ser humano, y durante la mayor parte de su historia, le ha gustado jugar a ser dios, de hecho el mundo está conformado sobre la ilusión, y hasta la colectiva paranoia en occidente ha construido un estado sobre ello: el Vaticano. En el fondo no somos más que unos desesperados que se aferran a la esperanza en un mundo que no tiene ninguna, por eso inventamos: mitos y dioses, arte y filosofía, ciencia y religiones. Hay que reconocer que la alternativa a la teología no es mucho menos tranquilizadora pues a veces la ciencia llega al profano como otra metafísica en lo esencial: nos da a digerir el comienzo de todo como la millonésima parte de un segundo de un big-bang, y una posterior infinita expansión matemática con un límite que difícilmente tiene cabida en la credulidad de un perplejo y pequeño mico bajado del árbol hace apenas unos años. Ese mismo que después de múltiples esfuerzos y recursos intelectuales, materiales y económicos ha logrado increíblemente llegar a otro planeta, y  a la par se está auto-obviando el espectáculo excepcional y gratuito de su retransmisión cuasi en directo en favor del “pan y circo” deportivo de cada fin de semana, extraordinarias imágenes de los primero pasos de la exploración de Marte que, aún parcas y aburridas, pecan de excepcionalmente irrepetibles; pero a esta sociedad espectáculo, más parecida a un parque mediático de los deseos que a un lugar de singular y efímera experiencia, parece importarle más su propia ignorancia y hedonismo que ningún otro motivo por excelso que éste sea. Aunque la ciencia no es la panacea, en el fondo tenemos demasiada fe en ella y nos exhortamos a olvidar los errores cometidos por el camino porque el balance sobre nuestra vanidad aún nos sale positivo, menos a sus damnificados. Aún así empezamos a percibir el peligro del carecer de límites. Y uno de esos excesos exige de la perenne memoria para no repetir su historia: el 6 de agosto de 1945 el avión estadounidense Enola Gay dejó caer la bomba nuclear Littel Boy y destruyó completamente la ciudad japonesa de Hiroshima, causando la muerte de mas de 160.000 personas en ese mismo momento y posteriormente por efectos de la radiación. Sin embargo su trascendencia y procediendo del país exportador de aquel imperio mediático y apologético de la eterna lucha del bien contra el mal, o por eso mismo, no existe gran documentación gráfica del hecho, o al menos  la justa que ponga en entredicho aquella cumbre de barbaridad cometida en nombre de la Humanidad, pero aun así en las catacumbas del fondo de archivo existe una fotografía de Bernard Hoffman donde no se ve una cuidad que no existe arrasada por la una explosión nuclear, y sin embargo sí se muestra todo en una instantánea donde no hay nada más que los restos de una cartera conteniendo las fotografías familiares de su propietario, el recuerdo tangible de una de las víctimas con su pasado, su historia, sus seres queridos, en un segundo desaparecidos. Fue causa suficiente para que la revista Life decidiera no publicarla: una de dos, o eran suficientemente obtusos y se les pasó el poder subrepticio, o terriblemente lúcidos y por eso la censuraron. Porque ése es el halo perverso de poder de toda fotografía, la certera y desveladora perennidad de una memoria que no debemos permitir nunca perder. Aquello fue la cima de la barbaridad de la humanidad y quedó sin la justa notarial certificación, porque los que perecieron allí bajo el esplendoroso avance tecnológico fueron personas reales, no invenciones binarias creadas para la fascinación trivial. Durante toda la historia de la Humanidad el hombre frente a todo progreso siempre se ve ante la tesitura de abrir la caja de Pandora o dejarla tal cual, pero lo cierto es que mientras las intenciones no cambien no es la duda la que nos mata sino el uso que hacemos de nuestra propia capacidad de evolución, lástima que tengamos finalmente y como siempre que recurrir a Elpis, el espíritu de la esperanza, oculto en el fondo de la caja.


Bernard Hoffman




Texto de enriqueponce 2020.
Fotografías de los autores citados.