lunes, 15 de agosto de 2022

"Danila Tkachenko"

BLOg DE NOTAS




Danila Tkachenko
Moscú, Rusia. 1989




Fotografía bajada de la red.

















"Áreas restringidas"














          El viejo Koskoosh escuchó ávidamente. Aunque su vista se había apagado hacía ya largo tiempo, su oído aún era agudo, y el más leve sonido penetraba en la trémula inteligencia, que, aunque ya no contemplaba las cosas del mundo, todavía alentaba tras su arrugada frente. Sí, ésa era Sit-cum-to-ha, maldiciendo a gritos a los perros mientras los golpeaba y azotaba empujándolos hacia los arneses. Sit-cum-to-ha era la hija de su hija, pero andaba demasiado ocupada para desperdiciar un pensamiento en su quebrado abuelo, sentado solo en la nieve, abandonado e indefenso. Tenían que levantar el campamento. Esperaba un largo camino y el corto día se negaba a rezagarse. La vida le llamaba, y las tareas de la vida, y no la muerte. Y él se hallaba muy cerca de la muerte.
          Este pensamiento aterrorizó por un instante al viejo, y extendió una mano paralítica, que vagó temblorosa sobre el pequeño montón de leña seca que tenía a su lado. Segura de que realmente estaba allí, la mano volvió a su refugio de pieles andrajosas, y él se puso de nuevo a escuchar. El bronco crujir de pieles medio heladas le notificó que ya habían levantado la tienda del jefe, apretada y reducida a dimensiones transportables. El jefe era su hijo, fuerte y robusto, cabeza de la tribu y poderoso cazador. Mientras las mujeres se afanaban con el equipaje del campamento, se alzó su voz, reprendiéndolas por su lentitud. Koskoosh aguzó el oído. Era la última vez que escucharía esa voz. ¡Allá iba la tienda de Geehow! ¡Y la de Tusken! Siete, ocho, nueve, ya sólo quedaría en pie la del hechicero: ¡Ah!, se afanaban con ella ahora. Podía oír cómo jadeaba el hechicero al colocarla en el trineo. Un niño lloriqueaba y una mujer lo calmaba con suaves canturreos guturales. Se trata del pequeño Kootee, pensó el viejo, una criatura inquieta y no muy fuerte. Quizás muriese pronto y con el fuego abrirían un agujero en la tundra helada y amontonarían piedras sobre él para mantener alejados a los carcayús. Bueno, ¿qué importaba? Viviría unos cuantos años más, en el mejor de los casos, y con la barriga tantas veces vacía como llena. Y al final esperaba la muerte, insaciable, la más hambrienta de todos ellos.
          ¿Qué era eso? Ah, los hombres enganchaban los trineos y tensaban las correas. Y él, que nunca más volvería a escuchar, aguzó el oído. Los látigos gruñeron, trabándose entre los perros. ¡Cómo aullaban! ¡Cómo odiaban el trabajo y el camino! Ya emprendían la marcha. Trineo tras trineo se hundieron lentamente en el silencio. Habían marchado, habían salido de su vida, y él se enfrentaba solo ante la última hora amarga. No. La nieve crujió bajo un mocasín; un hombre se erguía a su lado y posaba suavemente una mano sobre su cabeza. Era un buen gesto de su hijo. Recordó a otros viejos, cuyos hijos no habían esperado a que partiera la tribu. Pero su hijo había esperado. Vagó hacia el pasado hasta que la voz del joven lo devolvió a la realidad.
          — ¿Estás bien? —preguntó.
          Y el viejo respondió:
          —Estoy bien.
          —Hay leña a tu lado —continuó el joven—, y el fuego arde vivamente. La mañana es gris y ha comenzado el frío. Nevara pronto. Ya nieva.
          —Sí, ya nieva.
          La tribu tiene prisa. Sus fardos son pesados y sus barrigas van encogidas por falta de comida. El camino es largo y viajan velozmente. Me voy. ¿Estás bien?
          —Estoy bien. Soy como una hoja seca, débilmente adherida al tallo. Al primer viento que sople caeré. Mi voz es ahora como la de una anciana. Mis ojos ya no señalan el camino a mis pies, éstos me pesan, y estoy cansado. Está bien.
          Inclinó la cabeza con resignación, hasta que se apagaron los últimos quejidos de la nieve y supo que el hijo ya no oiría su llamada. Luego alargó precipitadamente su mano hacia la leña. Sólo ésta se alzaba ante él y la eternidad, que le abría ya las fauces. Por fin su vida se reducía a un puñado de astillas. Una a una alimentarían el fuego, y así, paso a paso, la muerte se deslizaría sobre él. Cuando la última astilla hubiera entregado su calor, empezaría el hielo a recobrar sus fuerzas. Primero sucumbirían sus pies, luego las manos, y el entumecimiento se extendería lentamente desde las extremidades al cuerpo. La cabeza caería sobre sus rodillas, y descansaría. Era fácil. A todo hombre le llega su hora.
          No se quejaba. Era ley de vida, y era justo. Había nacido cerca de la tierra, había vivido apegado a ella y, por consiguiente, no le era ninguna ley nueva. Era la ley de toda carne. La naturaleza no era benévola con la carne. No se preocupaba en absoluto de esa cosa concreta llamada individuo. Su interés residía en la especie, en la raza. Esa era la abstracción más profunda a la que podía elevarse la mente del viejo Koskoosh, y se aferraba a ella con firmeza. La había visto evidenciarse en todo ser vivo. En el fluir de la savia, en el estallido de verdor del brote de sauce, en la caída de la hoja amarilla, en cosas como éstas se contenía toda la historia. Una única tarea le había encomendado la naturaleza al individuo. Si no la cumplía, moría. Y si la realizaba, también moría. A la naturaleza no le importaba. Había muchos que obedecían, y sólo esta obediencia en sí, no los obedientes, se mantenía siempre viva. La tribu de Koskoosh era muy antigua. Los ancianos que conoció de niño habían conocido de niños a otros ancianos. Por tanto, era cierto que la tribu vivía, demostrando la obediencia de todos sus miembros, allá en un pasado ya olvidado, cuyos lugares de reposo ya nadie recordaba. Ellos mismos no significaban nada, no suponían más que meros episodios. Habían pasado como nubes en un cielo de verano. Él también era un episodio, y pasaría. A la naturaleza no le importaba. A la vida le asignaba una sola tarea, le daba una sola ley. Perpetuar era la tarea de la vida; la muerte, su ley. La mujer joven era una buena criatura para mirar, de pechos duros y fuertes, de andar ligero y brillo en la mirada. Pero su cometido aún estaba por realizar. La luz de su mirada brillaría cada vez más, su paso se haría más rápido, unas veces atrevida con los jóvenes, otras tímida, transmitiéndoles parte de su propia inquietud. Aumentaría más y más su belleza, hasta que algún cazador, incapaz ya de resistirse, la llevase a su tienda a cocinar y a trabajar para él y la convirtiese en madre de sus hijos. Y con la llegada de la prole, su belleza desaparece. Sus miembros languidecen, sus ojos se apagan, y sólo los niños encuentran placer en la arrugada mejilla de la anciana, al calor del fuego. Su misión había concluido. Pero al poco tiempo, con el primer pellizco del hambre o el primer viaje largo, la abandonarían como a él, en la nieve, con un montoncillo de astillas. Ésa era la ley.
          Colocó cuidadosamente una astilla en el fuego y volvió a sus meditaciones. Era lo mismo en todas partes, con todas las cosas. Los mosquitos desaparecían con las primeras heladas. Las pequeñas ardillas se escabullían para morir. Con la edad, el conejo se volvía lento y pesado y ya no podía correr más que sus enemigos. Hasta el enorme oso se tornaba torpe, ciego y pendenciero, para sucumbir al final ante un puñado de perros. Recordó cómo había abandonado un invierno a su propio padre, en un cerro del Klondike, el invierno anterior a la llegada del misionero, con sus libros de sermones y su caja de medicinas. Cuántas veces se había relamido los labios recordando aquella caja, aunque ahora su boca se negaba a humedecerse. La medicina contra el dolor había sido especialmente buena. Pero, después de todo, el misionero era una molestia. No traía carne al campamento y comía mucho, y los cazadores protestaban. Pero se le helaron los pulmones en la divisoria del Mayo, y los perros levantaron las piedras con los hocicos y pelearon por sus huesos.
          Koskoosh colocó otra rama en el fuego y se hundió aún más en el pasado. Hubo un tiempo de gran hambre, cuando los viejos se agazapaban con las barrigas vacías junto al fuego y dejaban caer de sus labios oscuros relatos de los días en que las aguas del Yukón corrieron libres durante tres inviernos, y luego estuvieron heladas otros tres veranos. En aquella hambre perdió a su madre. En el verano falló la subida del salmón y la tribu esperó con ansiedad el invierno y la llegada del caribú. Llegó el invierno y con él no vino el caribú. Nunca se había conocido cosa igual, ni en las vidas de los ancianos. Pero los caribús no llegaron, y era el séptimo año, y los conejos no habían vuelto a reproducirse, y los perros no eran sino fardos de huesos. A través de la larga oscuridad, los niños sollozaban y morían, así como las mujeres y los viejos, y ni siquiera uno de cada diez miembros de la tribu vivió para ver el sol cuando volvió la primavera. ¡Aquello sí que fue hambre!
          Mas también había visto tiempos de abundancia, cuando la carne se les pudría en las manos y los perros estaban gordos y perezosos de tanto comer, tiempos en los que dejaban escapar la caza sin matarla, y las mujeres eran fértiles, y las tiendas llenas de pequeños niños-hombres y niñas-mujeres. Entonces, cuando los hombres tenían estómagos prominentes, reavivaron viejas disputas, y cruzaron la divisoria hacia el sur para matar a los pellys, y hacia el norte, para sentarse junto a las hogueras apagadas de los tananas. Recordó cómo, siendo niño, en días de plétora, vio un alce derribado por los lobos. Zing-ha le acompañaba, tumbado junto a él en la nieve, vigilante. Zingha, que luego sería el más diestro de los cazadores y que, al final, caería dentro de una bolsa de aire en el Yukón. Lo encontraron un mes después, congelado, con medio cuerpo fuera del agujero.
          El alce. Zing-ha y él habían salido ese día a jugar a la caza a la manera de sus padres. En la orilla del riachuelo encontraron las huellas frescas de un alce, y, entre ellas, las huellas de muchos lobos.
          —Uno viejo —había dicho Zing-ha, más rápido en leer señales—, uno viejo que no puede seguir al rebaño. Los lobos le han separado de sus hermanos, y ya no lo abandonarán.
          Y así fue. Era su manera. De día, de noche, sin descansar nunca, gruñendo tras sus pezuñas, acosándolo hasta el final. ¡Cómo sintieron Zing-ha y él hervir en sus venas la sed de sangre! ¡El final sería digno de verse!
          Ansiosos, siguieron el rastro, e incluso él, Koskoosh, de vista torpe y rastreador inexperto, lo hubiera seguido a ciegas. ¡Era tan ancho! Iban ávidos siguiendo de cerca la caza, leyendo la encarnizada tragedia, recién escrita, a cada paso. Llegaron donde el alce había hecho una parada. La nieve había sido pisoteada y removida en todas las direcciones, en una extensión equivalente a tres veces la longitud de un cuerpo humano. En medio había huellas de pezuñas, y alrededor, por todas partes, las huellas más ligeras de los lobos. Algunos, mientras sus hermanos acosaban a la presa, se habían tumbado a descansar. La impronta de sus cuerpos en la nieve era tan perfecta, como si la hubieran hecho momentos antes. Uno de los lobos había caído atrapado en una salvaje embestida de su enloquecida víctima, que lo había pisoteado hasta la muerte. Unos cuantos huesos, bien roídos, lo atestiguaban.
          Por segunda vez dejaron de levantar sus raquetas de nieve. Aquí, el poderoso animal había luchado desesperadamente. Dos veces le habían tirado, la nieve lo atestiguaba, y otras tantas se había sacudido de sus agresores y había logrado reincorporarse. Su tarea la había realizado largo tiempo atrás, pero aun así la vida le era preciosa. Zing-ha dijo que era cosa extraña que un alce, una vez derribado, volviera a liberarse, pero éste lo había logrado. El hechicero vería augurios y maravillas en ello cuando se lo contaran.
          Y otra vez más llegaron donde el alce había intentado trepar la orilla y ganar el bosque. Pero sus adversarios lo acorralaron por detrás, hasta que retrocedió y cayó sobre ellos, aplastando a dos contra la nieve. Estaba claro que la matanza era inminente, sus hermanos no los habían tocado. Pasaron aprisa dos paradas más, breves y muy cercanas entre sí. El sendero estaba manchado de rojo y las limpias zancadas de la gran bestia se tornaron cortas y vacilantes. Entonces oyeron los primeros sonidos de la batalla, no el coro de aullidos de la persecución, sino los breves, vigorosos ladridos que denunciaban la presencia de cuerpos apretujados mordiendo la carne. Gateando contra el viento, Zing-ha se arrastró por la nieve, y junto a él, Koskoosh, que llegaría a ser el jefe de la tribu en los años venideros. Juntos apartaron las ramas bajas de un joven arbusto y se asomaron. Lo que vieron era el final.
          La imagen, como toda impresión de juventud, no había perdido su fuerza, y sus apagados ojos vieron el final con la misma viveza que aquel lejano día. Koskoosh se maravillaba de esto, ya que en los días que siguieron, cuando era líder de hombres y cabeza de consejeros, realizó grandes hazañas y consiguió que su nombre fuese una maldición en boca de los pellys, sin mencionar al extraño hombre blanco que había matado, cuchillo contra cuchillo, en lucha abierta.
          Estuvo mucho tiempo meditando sobre los días de su juventud, hasta que se amortiguó el fuego y sintió el mordisco de la helada. Lo alimentó con dos astillas y midió su vida por las que le quedaban. Si Sit-cum-to-ha se hubiera acordado de su abuelo y hubiera reunido un montón mayor, sus horas serían más largas. Hubiera sido fácil. Pero era una niña muy negligente y había dejado de honrar a sus antepasados desde el día en que Castor, hijo del hijo de Zing-ha, puso sus ojos en ella. ¡Bueno, qué importaba! ¿No había hecho él lo mismo en su rápida juventud? Por unos momentos escuchó el silencio. Quizás el corazón de su hijo se ablandase y volviera con los perros para llevarse a su viejo padre junto a la tribu, donde los caribús abundaban y la grasa colgaba pesadamente de sus cuerpos.
          Aguzó el oído, su mente agitada se detuvo. Ni un ruido, nada. Sólo él respiraba en medio del gran silencio. Se sentía muy solitario. ¡Escucha! ¿Qué era aquello? Un escalofrío recorrió su cuerpo. El aullido prolongado y familiar rompió el vacío, se acercaba. En sus oscurecidos ojos se proyectó entonces la imagen del alce —el viejo alce—, los desgarrados flancos y los costados ensangrentados, la melena revuelta y los grandes cuernos ramificados, bajos, embistiendo hasta lo último. Vio las relampagueantes formas grises, los ojos brillantes, las lenguas colgantes, los babeantes colmillos. Y vio cerrarse el círculo inexorable hasta convertirse en un punto oscuro en medio de la pisoteada nieve.
          Un hocico frío le rozó la mejilla, y, a su contacto, su alma brincó de nuevo al presente. Su mano se disparó hacia el fuego y sacó una astilla ardiendo. Dominado de momento por el miedo hereditario al hombre, la bestia retrocedió, elevando una prolongada llamada a sus hermanos, que respondieron ávidos, hasta que le rodeó un anillo de agazapadas formas grises de fauces babeantes. El viejo escuchó el estrechamiento del círculo. Agitó violentamente su tizón, y los olisqueos se tornaron gruñidos. Pero las jadeantes bestias se negaban a dispersarse. Una de ellas se adelantó, agazapada, arrastrando las ancas, y luego dos, tres; pero ninguna retrocedía. ¿Por qué se aferraba a la vida?, se preguntó, dejando caer la astilla encendida sobre la nieve. Chisporroteó y se apagó. El círculo gruñó inquieto, pero se mantuvo firme. Otra vez vio la parada del alce. Koskoosh dejó caer cansadamente su cabeza sobre las rodillas. ¿Qué importaba después de todo? ¿No era ley de vida?











danilatkachenko.com




Fotografías de Danila Tkachenko
Texto Ley de vida, extraído de "La quimera del oro", de Jack London.




viernes, 5 de agosto de 2022

lunes, 25 de julio de 2022

"Como los niños en el cementerio"


EL CAJÓN deSASTRE




COMO LOS NIÑOS EN EL CEMENTERIO





          Hablando de miedo, me he acordado de Emily Dickinson, un personaje mítico de la literatura universa, otra artista ermitaña, como Hawthorne durante esos doce años de íntimo encierro, o como Proust, navegando a través de su obra en noches febriles de escritura. Pero la leyenda y el enigma que rodean a Dickinson son aún más profundos, más complejos. Recordemos que la delicada Emily (1830-1886) solo publicó diez poemas en su vida, casi todos contra su voluntad. Pero una semana después de morir (ni quiera estamos seguros de qué: probablemente de un fallo renal), su hermana Lavinia encontró, en un caja cerrada con llave, setecientos poemas cuidadosamente copiados; algo más tarde halló otros mil veintiocho. Solo veinticuatro poemas tenían título y ninguno estaba fechado. Y con ese caudal de palabras secretas se convirtió, post morten, en una de las más grandes poetas de Esta- …(sic)*


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verificada de ella, un daguerrotipo que le hicieron a los dieciséis años, aunque su aspecto es tan severo y triste que, en realidad, parece una viuda.







          Mira bien esos ojos: te caes dentro. Cuánto han debido ver y de aprender. Cuánto han sufrido. Todos los indicios apuntan a que Emily (y quizá también Lavinia) sufrió incesto de niña y de adulta por parte de su padre, Edward, y de su hermano, Austin. Escribió sobre ello y hay publicada una preciosa antología (Ese Día sobrecogedor. Poemas del incesto) de la que he extraído estos versos:



     Me has dejado -Progenitor- dos Legados -

     Un Legado de Amor

     Que bastaría a un Padre Celestial

     Si tuviera Él la oferta -

     Me has dejado Confines de Dolor -

     Espaciosos como el Mar -

     Entre la Eternidad y el Tiempo -

     Tu Conciencia -y yo-


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          Y este otro, bastante tremendo:



     En Invierno en mi Cuarto

     Me encontré con un Gusano

     Rosa lacio y caliente […]


     Yo me encogí -<<¡Qué guapa estás!>>

     Garra de propiciación -

     <<¿Temerosa siseó él

     De mí?>>

     <<Cordialidad Ninguna>> -

     Él me penetró -

     Después a un Ritmo Artero

     Secretó dentro su Forma

     Al anegarse los Motivos

     Lo arrojé […]



          O este tercero demoledor:



     Una esposa -al romper el Día - yo seré […]

     A Medianoche - yo soy todavía una Doncella […]

     Medianoche -Buenas Noches -los oigo

          Exclamar-

     Los Ángeles trajinan en el Vestíbulo -

     Suavemente - mi Futuro sube la Escalera -

     Yo titubeo en mi Oración de Infancia -

     Tan pronto - dejar de ser - una Niña -

     Eternidad - ya voy - Señor -

     Amo - yo he visto la Cara - antes -


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          Ese Amo final no se refiere al amor, sino que es un sinónimo de dueño, porque en el inglés original la palabra es Master, que colocada aquí resulta escalofriante. Son unos versos poliédricos y enigmáticos cuyo significado real ha sido rastreado por las antólogas y traductoras, Ana Mañeru Méndez y María-Milagros Rivera Garretas.

          El escabroso y subterráneo tema de los abusos incestuosos aparece una y otra vez como un río Aqueronte que va asomando su líquida cabeza, en las biografías de algunas mujeres escritoras con graves problemas psíquicos. Como ya he dicho, Virginia Woolf también fue violada desde los siete años por sus dos hermanastros veinteañeros (ella misma lo contó repetidas veces), y de Alice James, la hermana <<inválida >> de Henry James, como a ella le gustaba presentarse, se ha sugerido que quizá mantuviera una relación con el hermano mayor, el famoso filósofo y psicólogo William James. Alice posee una biografía en cierto sentido semejante a la de Emily Dickinson; también vive una vida enfermiza y encerrada, también fue publicada de manera póstuma y ambas amaron a mujeres. La diferencia es que El diario de Alice James, que es su único legado, es un texto curioso y a ratos divertido, pero muy empequeñecido por la pequeña vida que Alice llevaba. Si duda tenía talento para la escritura, y quizá en un mundo normal hubiera podido desarrollarse como narradora, pero en cualquier caso su obra es muy infe-


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rior a la explosión de furia, seda y fuego de los poemas de Emily.

          Acabo de escribir <<en un mundo normal>> y creo que entiendes bien a lo que me refiero: al sexismo, a esa discriminación feroz que ha mantenido durante tanto tiempo a las mujeres (y sigue pasando aún, mira Afganistán) en una situación de total desigualdad e indefensión. En un mundo normal, las artistas hubieran podido crecer y madurar de una manera natural, y no convertirse en esa especie de aborto de persona que fue, por ejemplo, Alice James. Siempre me viene a la memoria Clara Schumann (1819-1896), compositora y pianista. De hecho, algunas de las piezas estrenadas por el magnífico músico Robert Schumann, marido de Clara,(un hombre que, como hemos contado, tuvo tremendos problemas mentales y falleció en un psiquiátrico), son en realidad de ella. Clara, que poseía un talento musical colosal, estaba atrapada en su papel secundario de esposa y madre. Tuvo ocho hijos y se le murieron varios; entre eso y la terrible enfermedad de Robert, su vida debió de ser bastante desgraciada. Pero lo peor es que el machismo le impidió el consuelo de la creación; Clara compuso poco, y explica la razón de ello en su diario: <<Alguna vez creí que tenía talento creativo, pero he renunciado a esa idea; una mujer no debe desear componer. Ninguna ha sido capaz de hacerlo, así que ¿por qué podría esperarlo yo?>>. Qué terrible, desolada frase de derro-


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ta; y, por añadidura, ¡qué errónea! A lo largo de la historia ha habido innumerables mujeres compositoras de enorme valía, como la alemana Hildegarda de Bingen en el siglo XII, precursora de la ópera con el ordo, un tipo de oratorio que ella creó. O, ya que hablamos de ópera, como Francesca Caccini en el siglo XVII, que fue, junto con Monteverdi, responsable de la difusión y el triunfo de este género musical en el mundo. De hecho, en la misma época en la que Clara escribía su diario había otras muchas compositoras importantes en Europa: la también alemana Fanny Mendelssohn, o las francesas Augusta Holmès y Cécile Chaminade, la española Isabella Colbran y, en especial, la polaca Maria Szymanowska, famosísima en vida y antecesora de Chopin, aunque a todas las olvidaron después injustamente, como siempre sucedió con la memoria de las mujeres. Por eso la desdichada Clara pensaba que no hubo ninguna.

          También me parece ejemplar la historia de la escritora Charlotte Perkins Gilman (1860-1935), que sufrió una depresión posparto y tuvo la desgracia de ser tratada por el doctor Weir Mitchell, un ferviente partidario de la llamada <<cura de descanso>>. Y es que, por entonces, a las mujeres que presentaban algún trastorno de ánimo, lo habitual era prohibirles leer, pensar y, por supuesto, escribir. Se les recetaba volver a las rutinas domésticas, que supuestamente les devolverían su femenina placidez. ¿Recuerdas las frases que he citado de los


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escritores diciendo que, sin escribir, se volverían locos? Pues ahora piensa en esas infelices autoras a las que, cada vez que <<enloquecían>>, les quitaban las plumas. Perkins Gilman escribió un relato maravilloso, El papel de pared amarillo, un cuento gótico y feroz sobre lo que sucede cuando le haces eso a una persona, en el que un médico llamado John, bienintencionado, pero sexista y estúpido, receta a su mujer, que está atravesando una etapa algo <<histérica>>, la famosa cura de descanso. Para ello, John alquila una quinta de verano y se instala, junto con su esposa, en una habitación del piso superior que tiene barrotes en las ventanas (se supone que había sido un cuarto para niños) y las paredes recubiertas de un papel amarillo. John sigue marchándose cada día al trabajo, pero ella, a quien han prohibido escribir y leer, no tiene nada que hacer y comienza a hundirse en una sobrecogedora crisis psicótica, hasta terminar creyendo que hay una mujer atrapada bajo el papel amarillo, un bulto que se arrastra por las paredes y al que la esposa intenta liberar, con frenética desesperación, desgarrando con las uñas el empapelado. Gilman mandó este potente relato a su médico, y algún tiempo después el doctor Mitchell le escribió diciendo que la lectura del cuento le había convencido de que tenía que cambiar el tratamiento. <<Si fue así, quizá mi vida no haya sido en vano>>, anotó Gilman en su diario.

          Emily Dickinson se pasó los últimos quince o


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veinte años, de los cincuenta y cinco de su existencia, sin salir de la casa familiar en Massachusetts y viviendo cada vez más recluida. Permanecía atrincherada en una habitación en la planta de arriba y hablaba con los invitados a través de la puerta o por una rendija. Resaltan los biógrafos que no abandonó su habitación ni para asistir al funeral de su padre, que se celebró en el salón de la casa; aunque, sabiendo lo que creemos saber, la verdad es que no me parece nada raro que hiciera eso. Vivía para escribir: por un lado, innumerables cartas a los amigos; y por el otro, sus preciados poemas, que retocaba una y otra vez durante meses, en pizcas de papel o en el reverso de sobres usados, hasta que copiaba la versión definitiva con tinta en un buen pliego. A medida que iba luchando con la enfermedad, con la creciente pérdida de visión y con el desequilibrio mental, su letra iba cambiando: clara y recta al principio, crispada y torcida al final. Las letras caen y se aplastan, puede que igual que las esperanzas. <<Sentí mi Mente Partirse en dos / Como si mi Cerebro se hubiera dividido / Intenté unirlo - Costura a costura / Pero No pude lograrlo.>> He aquí la descripción de una crisis de disociación. Redactaba los textos con un espolvoreo de mayúsculas y una puntuación muy peculiar; sus versos son tan extraños como poderosos. Descubrió la poesía, en la niñez, leyendo a Elizabeth Barret Browning, la autora británica victoriana, cuya obra, al contrario


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de lo que le sucedió a Clara Schumann, enseñó a Emily que se podía ser mujer y escribir de forma maravillosa. Dice Dickinson de ese encuentro salvador:


               Yo creo que fui Encantada

               Cuando por primera vez

               Niña sombría

               Leí a aquella Dama Extranjera

               Lo Oscuro - sentí hermoso […]

               Fue una Divina Insania

               Si el Peligro de estar cuerda

               Volviera yo a experimentar

               Es Antídoto el volverse-

               Hacia Tomos de Sólida Brujería


          Me conmueven estos versos emocionados y esa sólida brujería de la literatura capaz de convertir la oscuridad en belleza.

          Claro que Emily también era sensible a otros tipos de belleza. Si duda estuvo enamorada de su cuñada, Susan Huntington Dickinson, profesora de matemáticas, que estaba casada con su hermano Austin y que vivía en una finca justo al lado del hogar familiar. De joven, antes de enclaustrarse por completo, se veían mucho. Emily le escribió cartas como estas: <<Susie, ¿vendrás de verdad a casa el próximo sábado y serás mía otra vez y me besarás como solías hacerlo?>> y <<¿Quién te ama más, quién te ama siempre, quién piensa en ti


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mientras los otros duermen?>>. O <Te echo tanto de menos y tengo tantas ansias de ti que siento que no puedo esperar, siento que debo tenerte ahora: la expectativa de volver a ver tu cara una vez más me sofoca y me hace sentir febril, y mi corazón late a toda prisa>>. Hay toda una nueva corriente de nuevas biógrafas que sostienen que Dickinson y su cuñada mantuvieron una relación de amor durante cuarenta años, pero en la enigmática vida de la poeta nada parece estar claro. Es indudable que la pasión existió (Emily llamaba a Susan <<Avalancha de Sol>>), pero ¿duró tanto? A los treinta años la poeta escribió tres tórridas cartas de amor, las llamadas <<cartas al maestro>>, que quizá fueran destinadas a un hombre. En una de ellas dice: <<¿Y si la campanilla aflojara su cinto / para la Abeja amante / la abeja la adoraría / tanto como antes?>>. Esto a mí me evoca más bien a un varón. Tal vez fuera bisexual; Simon Worral dice en el libro La poeta y el asesino que es posible que Dickinson estuviera enamorada de Samuel Bowles, un compañero de estudios de su hermano Austin a quien ella conocía desde la adolescencia. Se escribieron durante dos décadas y él iba a visitarla una vez al año. En 1877, Emily, que para entonces tenía cuarenta y seis años, se negó a salir de su cuarto. Samuel le gritó desde la sala: <<¡Baja, maldita granuja! ¡He venido a verte, déjate de tonterías!>>. Para pasmo de todos, Emily bajó, y, según Lavinia, se comportó de una manera magnifica. Unos días más tarde


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le mandó a Bowles una carta y este poema: <<No tengo Vida sino esta / Para traerla aquí - / Ni una Muerte -salvo / La disipada desde allí- / Ni atadura a las Tierras por venir / Ni Acción nueva- / Excepto a través de esta extensión - / El Reino tuyo>>. Y debajo escribió: <<Resulta extraño que lo más intangible sea lo más permanente>>, tras lo cual firmó: <<Tu granuja>>. Suena amoroso. Raro y desolado, pero amoroso.

          El misterio que rodea a Dickinson es tan impenetrable, en fin, que hay teorías de todo tipo. Incluso la de que uno de los viajes que hizo en los años sesenta a Boston fue para abortar. ¿De un amante? ¿Del incesto? Tan solo son especulaciones. De lo que sí estamos seguros es de su sufrimiento, del tormento que le causaban lo que ella llamaba sus demonios mentales:



     Sentí un Funeral en mi cerebro

     Los deudos iban y venían

     Arrastrándose- arrastrándose - hasta que

          pareció

     Que el Sentido se quebraba totalmente


     […]


     Hasta que pensé que mi Mente se volvía Muda



          Pero no enmudeció. Permaneció luchando hasta el final, palabra tras palabra febrilmente ano-


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tadas en un retazo de sobre, disparos de luz contra las tinieblas. Lo dijo ella misma de la manera más hermosa posible (de la manera Dickinson) en una carta a un amigo:



          Tuve un terror - desde Septiembre - que no

     podía contar a nadie - por eso canto, como hace

     el niño cerca del cementerio - porque tengo

     miedo.










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“El peligro de estar cuerda”

ROSA MONTERO


* NOTA: Existe un error tipográfico al inicio del texto al comienzo de la página 173 donde faltan algunas frases, lo conservo tal cual al tratarse de la “Primera edición de abril de 2022” y como simple transcriptor de los textos donde siempre he respetado fielmente el estilo, la sintaxis y los signos de sus autores. Por otro lado me parece una casualidad genial cuando la incongruencia creada por azar casa con la forma espolvoreada de los versos de Emily. ep