"Nazca"
(las líneas)
Pablo Picasso y Dora Maar. |
OPINION.es
“Los blancos y las fotos”
“Siempre somos voluntad de vivir”
(Philipp Mainländer)
“Los blancos siempre están haciendo fotos”. De quien pronuncia esta sentencia no sabría decir si tiene cuarenta, ochenta o más años, es una mujer de la tribu Korowai quien ha vivido siempre aislada en medio de la selva, protegiéndose de noche en una casa a diez metros del suelo sobre la copa de los árboles, en Papúa Occidental (o Nueva Guinea Occidental). Hace tal observación mientras contemplaba en un portátil las imágenes grabadas por los reporteros del programa “Callejeros Viajeros” que llevando al extremo su seña de identidad habían dejado atrás los asfaltos de las urbes más visitadas y se habían adentrado en su paroxismo e inconsciencia en una incomprensible excursión a los territorios vírgenes de uno de los últimos rincones del Pacífico aún incomunicados de esta aldea global que conforma este novísimo planeta digital. Fieles representantes de la burbuja turística que veníamos padeciendo, hasta que la inesperada pandemia de principio de siglo cortó abruptamente, estos intrépidos periodistas se adentraron de forma absurda afuera de su área de confort e, igual que los colonizadores y misioneros de pasados tiempos, inoculan con su inocente altruismo el fin de una diversidad de la que sin embargo enarbolan orgullosos su representación. Exportando sin fin su presencia e influencia no sólo han logrado acabar con el resto de idiosincracias sino también alterar profundamente todos los ecosistemas de un planeta finito, la osadía confundida con la ignorancia está consiguiendo que muera de éxito toda diversidad. Mostrar todo a costa de todo es un lema que desvirtúa la profesión del periodismo, saber cual es tu plataforma, cuál tu público, debiera ser de primero de carrera, y respetar los otros espacios que en este caso resulta ser la Etnografía debiera ser la segunda lección. Pero lo que resulta paradójico en esta anécdota es que una sencilla mujer de una remota tribu perdida de en medio de la selva sin apenas saber de la vida más que lo necesario para subsistir en su pequeño ecosistema, y que circunstancialmente ha visto al hombre blanco sólo en un par de ocasiones, que ésa cándida anciana de mirada estupefacta ante la visión de su imagen refleja se asombre aún más por esa rara costumbre de fotografiar siempre y todo, evidentemente algo inútil para aquel su entorno, mientras que resulte tan imprescindible al nuestro tan hedónico. Qué lejos queda ahora todo de aquel decimonónico miedo tribal al robo de alma de cada instantánea que les tomaban los expedicionarios de entonces, me pregunto lo que pensaría esta señora si supiese los miles de millones de fotografías que subimos a la red en este lado del mundo, o el afán de colgar infinitos selfies en plataformas efímeras que nadie ve y a nadie importan. Me abrojo ante su cándida sabiduría y hago mía su impostada ignorancia porque a mi también me asombra para qué estamos los blancos siempre haciendo fotos.
La vida es puro azar, y sus designios son inescrutables, así la humanidad le debe al planeta Júpiter doble gratitud: hace casi cien millones de años se desprendió desde su cinturón de asteroides un cuerpo que tras impactar en la superficie terrestre dio paso a treinta mil millones de toneladas de sulfuro, aniquilando todo en mil kilómetros a la redonda, y dejando tras de sí un invierno nuclear que provocó además la desaparición del setenta y cinco por ciento de la flora y fauna en el resto del planeta, así como la inevitable extinción de los dinosaurios. Su consecuencia fue la postrera evolución de los mamíferos -el ser humano entre ellos- y aves en el ecosistema la Tierra. Por otro lado y así mismo, ese planeta que dio origen a tal magna catástrofe, es el mismo que en julio de 1994 atrajo al cometa Shoemaker-Levy 9 provocando la colisión de sus veinte y un fragmentos en su hemisferio sur, algunos de hasta dos kilómetros de diámetro, a la temeraria velocidad de sesenta kilómetros por segundo, y evitando con ello que se repitiese sobre el nuestro el consecuente fin de nuestra especie. Lo significativo del hecho fue que gracia a la presencia de la sonda de exploración espacial Galileo -y desde observatorios terrestres y orbitales, como el Hubble- fuimos testigos de la primera colisión directa observada en objetos en el sistema solar. Un hecho mínimo, habitual e intrascendente en el Universo aunque excepcionalmente afortunado para nosotros. Como siempre la realidad supera a toda ficción. Y mientras tenemos nuestras plazas, museos y hemerotecas llenas de historias del despropósito destructor del hombre en su afán por auto-liquidarse, sin embargo Júpiter no cuenta con ningún pedestal donde homenajeemos su gloria, aun la certera sentencia de William Butler Yeats: “Ante nosotros yace, interminable, lo eterno”. Y aunque contáramos con la azarosa suerte de que entre las miles de miles de imágenes de la instalación que Erik Kessels propuso sobre las fotografías compartidas en Flickr en un solo día hubiese alguna de tal histórico acontecimiento, se perdería en tal maremagno de mediocridad de selfies, hedonismo insustancial y banalidades, que pasaría desapercibida. La razón de aquella mujer de los bosques perdidos de Papúa Occidental -inculta pre-tecnológica y desconectada- sobre el desafuero de los blancos que siempre está tomando fotos innecesarias es profético a la par que preocupante, quizá debiera dar entrada en nuestro pensar que nuestra vidas son el puro azar y para subsistir tan sólo contamos con la voluntad, aunque desde la icónica imagen de la colisión del Shoemaker-Levy 9 sobre Júpiter debiéramos reconocer que lo hacemos con una inmerecida segunda oportunidad.
Texto de enriqueponce, dosmil21.
Imagen de la sonda Galileo.
EL CAJÓN de SASTRE
Fotografía de Dorothea Lange.
Poema de Hannah Arendt.
[Ambos extraídos de un comunicado de Facebook]
Se estima en unos diez millones el total de negros esclavos introducidos desde África, a partir de la conquista de Brasil y hasta la abolición de la esclavitud: si bien no se dispone de cifras exactas para el siglo XVIII, debe tenerse en cuenta que el ciclo del oro absorbió mano de obra esclava en proporciones enormes.
Salvador de Bahía fue la capital brasileña del próspero ciclo del azúcar en el nordeste, pero la «edad de oro» de Minas Gerais trasladó al sur el eje económico y político del país y convirtió a Río de Janeiro, puerto de la región, en la nueva capital de Brasil a partir de 1763. En el centro dinámico de la flamante economía minera, brotaron las ciudades, campamentos nacidos del boom bruscamente acrecidos en el vértigo de la riqueza fácil, «santuarios para criminales, vagabundos y malhechores» –según las corteses palabras de una autoridad colonial de la época. La Villa Rica de Ouro Preto había conquistado categoría de ciudad en 1711; nacida de la avalancha de los mineros, era la quintaesencia de la civilización del oro. Simao Ferreira Machado la describía, veintitrés años después, y decía que el poder de los comerciantes de Ouro Preto excedía incomparablemente al de los más florecientes mercaderes de Lisboa: «Hacia acá, como hacia un puerto, se dirigen y son recogidas en la casa real de la moneda las grandiosas sumas de oro de todas las minas. Aquí viven los hombres mejor educados, tanto los laicos como los eclesiásticos. Este es el asiento de toda la nobleza y la fuerza de los militares. Esta es, en virtud de su posición natural, la cabeza de América íntegra; y por el poder de sus riquezas, es la perla preciosa del Brasil».
Con frecuencia llegaban a Lisboa quejas y protestas por la vida pecaminosa en Ouro Preto, Sabará, San Pablo d’El Rey, Riberao do Carmo y todo el turbulento distrito minero. Las fortunas se hacían y se deshacían en un abrir y cerrar de ojos. El padre Antonil denunciaba que sobraban mineros dispuestos a pagar una fortuna por un negro que tocara bien la trompeta y el doble por una prostituta mulata, « para entregarse con ella a continuos y escandalosos pecados », pero los hombres de sotana no se portaban mejor: de la correspondencia oficial de la época pueden extraerse numerosos testimonios contra los «clérigos maus» que infestaban la región. Se los acusaba de hacer uso de su inmunidad para sacar oro de contrabando dentro de las pequeñas efigies de los santos de madera. En 1705, se afirmaba que no había en Minas Gerais ni un solo cura dispuesto a interesarse en la fe cristiana del pueblo, y seis años después la Corona llegó a prohibir el establecimiento de cualquier orden religiosa en el distrito minero.
Proliferaban, de todos modos, las hermosas iglesias construidas y decoradas en el original estilo barroco característico de la región. Minas Gerais atraía a los mejores artesanos de la época. Exteriormente, los templos aparecían sobrios, despojados; pero el interior, símbolo del alma divina, resplandecía en el oro puro de los altares, los retablos, los pilares y los paneles en bajorrelieve; no se estimaban los metales preciosos, para que las iglesias pudieran alcanzar «también las riquezas del Cielo», como aconsejaba el fraile Miguel de san Francisco en 1710.
Los servicios religiosos tenían altísimos precios, pero todo era fantásticamente caro en las minas. Como había ocurrido en Potosí, Ouro Preto se lanzaba al derroche de su riqueza súbita. Las procesiones y los espectáculos daban lugar a la exhibición de vestidos y adornos de lujo fulgurantes. En 1733 una festividad religiosa duró más de una semana. No solo se hacían procesiones a pie, a caballo y en triunfales carros de nácar, seda y oro, con trajes de fantasía y alegorías, sino también torneos ecuestres, corridas de toros y danzas en las calles al son de flautas, gaitas y guitarras. Los mineros despreciaban el cultivo de la tierra y la región padeció epidemias de hambre en plena prosperidad, hacia 1700 y 1713: los millonarios tuvieron que comer gatos, perros, ratas, hormigas, gavilanes. Los esclavos agotaban sus fuerzas y sus días en los lavaderos de oro. «Allí trabajan – escribía Luis Gomes Ferreira-, allí comen, y a menudo allí tienen que dormir; y como cuando descansan o comen, sus poros se cierran y se congelan de tal forma que se hacen vulnerables a muchas peligrosas enfermedades, como las hay muy severas pleuresías, apoplejías, parálisis, neumonías y muchas otras». La enfermedad era una bendición del cielo que aproximaba la muerte. Los capitanes do mato de Minas Gerais cobraban recompensas en oro a cambio de las cabezas cortadas de los esclavos que se fugaban.
Los esclavos se llamaban «piezas de indias» cuando eran medidos, pesados y embarcados en Luanda; los que sobrevivían a la travesía del océano se convertían ya en Brasil, en «las manos y los pies» del amo blanco.
Angola exportaba esclavos bantúes y colmillos de elefante a cambio de ropa, bebidas y armas de fuego; pero los mineros de Ouro Preto preferían a los negros que venían de la pequeña playa de Whydad, en la costa de Guinea, porque eran más vigorosos, duraban un poco más y tenían poderes mágicos para descubrir el oro. Cada minero necesitaba, además, por lo menos una amante negra de Whydad para que la suerte lo acompañara en las exploraciones. La explosión del oro no solo incrementó la importación de esclavos, sino que además absorbió buena parte de la mano de obra negra ocupada en las plantaciones de azúcar y tabaco de otras regiones de Brasil, que quedaron sin brazos. Un decreto real de 1711 prohibió la venta de los esclavos ocupados en tareas agrícolas con destino al servicio en las minas, con la excepción de los que mostraran «perversidad de carácter». Resultaba insaciable el hambre de esclavos de Ouro Preto. Los negros morían rápidamente, solo en casos excepcionales llegaban a soportar siete años continuos de trabajo. Eso sí: antes de que cruzaran el Atlántico, los portugueses los bautizaban a todos. Y en Brasil tenían la obligación de asistir a misa, aunque les estaba prohibido entrar en la capilla mayor o sentarse en los bancos.
A mediados del siglo XVIII ya muchos de los mineros se habían trasladado a la Serra do Frio en busca de diamantes. Las piedras cristales que los cazadores de oro habían arrojado a un costado mientras exploraban los lechos de los ríos habían resultado ser diamantes. Minas Gerais ofrecía oro y diamantes en matrimonio, en proporciones parejas. El floreciente campamento de Tijuco se convirtió en el centro del distrito diamantino, y en él, al igual que en Ouro Preto, los ricos vestían a la última moda europea y se traían desde el otro lado del mar las ropas, las armas y los muebles más lujosos: horas del delirio y el derroche. Una esclava mulata, Francisca da Silva, conquistó su libertad al convertirse en la amante del millonario Joao Fernández de Oliveira, virtual soberano de Tijuco, y ella, que era fea y ya tenía dos hijos, se convirtió en la Xica que manda. Como nunca había visto el mar y quería tenerlo cerca, su caballero le construyó un gran lago artificial en el que puso un barco con tripulación y todo. Sobre las faldas de la sierra de san Francisco levantó para ella un castillo, con un jardín de plantas exóticas y cascadas artificiales; en su honor daba opíparos banquetes regados por los mejores vinos, bailes nocturnos de nunca acabar y funciones de teatro y conciertos. Todavía en 1818, Tijuco festejó a lo grande el casamiento del príncipe de la corte portuguesa. Diez años antes, John Mawe, un inglés que visitó Ouro Preto, se asombró de su pobreza; encontró casas vacías y sin valor, con letreros que las ponían infructuosamente en venta, y comió comida inmunda y escasa. Tiempo atrás había estallado la rebelión que coincidió con la crisis en la comarca del oro. José Joaquim da Silva Xavier, «Tiradentes», había sido ahorcado y despedazado, y otros luchadores por la independencia habían partido desde Ouro Preto hacia la cárcel o el exilio.