lunes, 25 de noviembre de 2019

"Kaulak: La fotografía moderna"






LOS CAZADORES deMENTES (?)
LA C(r)ÓNICA LUZ (?)






KAULAK
Antonio Cánovas del Castillo y Vallejo
(Dalton Kaulak)
Madrid 1862-1933



Autorretrato.














Alfonso XIII



              Se tiene, en general, del arte del retoque fotográfico, un concepto muy equivocado.
          Hay quien cree que todos los negativos lo necesitan, y hay, á la inversa, quien opina que, retocar un negativo, es echarlo á perder. Y, ni unos ni otros tienen razón. Existen clichés que dan muy buena prueba sin el menor retoque, y otros que lo necesitan en grado superlativo. El negativo diestramente obtenido de un paisaje, de un edificio, de un plano, de un cuadro, de una estatua, de un modelo elegido para estudio, etc., etc.. si no tiene puntos ni manchas, y, además, está justo de exposición, para nada, en efecto, necesita del retoque. Se producen, no obstante, á diario, negativos que pueden calificarse de perfectos, de modelos verdaderos, y que requieren que se les tapen algunos puntos, que se les den algunas ligeras veladuras en los claros, etc. No pueden, pues, dictarse sentencias absolutas ni en pro ni en contra del retoque que, unas veces es innecesario, otras conveniente y otras indispensable.
          Pero, donde más se discute y controvierte las ventajas é inconvenientes del retoque, es en el género retrato que, naturalmente, es el que cultivan con preferencia los fotógrafos profesionales. Y, respecto de esta especialidad, y dicho sea con perdón de los aficionados á la goma que opinen lo contrario, ya me atrevo á afirmar que, el retoque sensato, bien entendido y artístico, es absolutamente ineludible.
          No hay que confundir, al anatematizar el retoque, lo que es un complemento de la fotografía, lo que es un perfeccionamiento de la imagen, con lo que, á veces, es su destrucción. No es retocar, sino echar á perder clichés, el retocar á la buena de Dios, borrando unas cosas y acentuando otras, como hacen algunos retocadores dignos de..... lástima. Pero, el estudiar la imagen producida por la luz sobre la placa, el suavizar determinadas asperezas y durezas inesperadas, el suprimir detalles innecesarios cuando no nocivos al efecto definitivo de la prueba (como las manchas ó pecas de la piel), el modelar y recorrer el dibujo que pudo ser incorrecto ó defectuoso en el original y salió, por consiguiente, defectuoso en la imagen, el atenuar contrastes demasiado violentos causados hasta por el distinto poder fotográfico de los colores que se han fotografiado, el envolver y fundir en totalidades armónicas lo que puede ser desbarajuste de líneas, hasta enmendar, corregir y embellecer el natural, como debe hacer el que sea capaz de ello...... todo esto es retocar en el sentido legítimo y laudable de la palabra, y todo esto es lo que pueden y deben hacer los buenos fotógrafos. La misión es alta y no todos pueden desempeñarla; pero, eso no quiere decir que deba proscribirse. Son pocos, poquísimos los buenos fotógrafos retocadores Hay, aun entre los buenos retocadores de oficio, muchísimos que no tienen idea de lo que debe ser el retoque y retocan rutinariamente, quitando cosas que no estorban y aun, en casos, hacen falta y dejando otras que son ociosas y hasta contraproducentes. Yo he conocido retocadores habilísimos que creían de buena fe que, el retocar bien una cabeza, consiste en tapar con lápiz todas las arrugas del retratado, dejando la cabeza convertida en una naranja mandarina, sin más líneas que las de los ojos y la boca. Esos camaradas ignoran que, antes de dar un toque de lápiz, precisa enterarse del carácter y del tipo de lo que están retocando, para sostener, y aun acentuar si hiciera falta, lo personal y característico de la imagen, y desvanecer y aun borrar cuanto estorbe ó desdiga de ese carácter principal que ha de dominar en la imagen. Esos colegas ignoran, también, que hay arrugas que favorecen, que hay bocas grandes más hermosas que otras afectadamente chicas, que el borrar una comisura puede aniquilar una sonrisa que pudiera ser el principal encanto de un retrato, que hay cortes criminales, y que los detalles mismos que, en unas partes de la figura afean, en otras favorecen. Yo he visto retocar clichés de niños desnudos, con una implacable prolijidad, anulando las más delicadas bellezas de forma, destruyendo las carnosidades, que son el principal encanto de la carne joven y quitándoles de la cara lo que, precisamente, daba sensación de juventud y de alegría. Estas barbaridades no serán jamás retoque: serán crímenes de leso arte. ¿Dónde, en qué casos, pues, está el retoque indicado?..... El retoque bien entendido y artístico en todos. Señalemos un caso, por ejemplo. El cliché del retrato de un caballero de media edad. La imagen ha reproducido exactamente la forma del retratado. La lente que enfocó maravillosamente hasta el tejido del traje que llena el retratado, ha enfocado igualmente las imperfecciones del cutis. Se cuentan, en el cliché, las piedras de que está compuesto el alfiler de la corbata; pero, se cuentan del mismo modo, las arrugas que bordean los ojos. El caballero tiene (va de ejemplo) en la cabeza, 250 canas que, como es natural, salen negras, para dar luego blanco en las pruebas; pero como la luz en los retratos suele venir de arriba, y cada pelo que brilla á la luz es blanco (hágase la prueba), resulta que el caballero sale en el retrato con 500 canas, es decir, 250 más de las que tiene. Y esto, sumado á las arrugas, á las imperfecciones del cutis, á las venosidades de las manos, al posible aumento, por la postura, de la soto-barba, y á mil detalles más que, en la imagen fotográfica se advierten sin que se adviertan en el natural sacan al retratado más viejo de lo que real y efectivamente es. La máquina ha copiado con la fría inconsciencia con que opera la materia. Ha sido un espejo fiel de lo que pusieron ante ella, sin razonarlo, sin copiar más que la forma, sin apoderarse del espíritu. Y aquí, es donde el retocador-artista, debe suplir las deficiencias de la fotografía, suprimiendo las canas que aumentó el reflejo de la luz, atenuando las arrugas que la inmovilidad hace parecer profundas y mayores, fundiendo incorrecciones que no son necesarias y que afean, cortando lo que estorbe y haciendo, en una palabra, lo que hace el verdadero artista cuando pinta el natural. El natural copiado exacta, matemáticamente, como él es, no será jamás arte. Mienten los modernistas que así lo proclaman. Y la fotografía, si aspira a ser arte, no debe limitarse á producir imágenes copia absoluta y servilmente iguales á la forma del natural. La vida no es sólo forma y línea: la vida es algo que está encerrado entre la forma pero que es infinitamente superior á ella. Hay vida porque hay alma: y el que no atine á dar expresión de alma á lo que pinte ó fotografíe, no será ni pintor ni fotógrafo á la moderna; será un pinta-monas y un mequetrefe; nunca un artista.
          No es que yo entienda que con el retoque pueda darse alma á la silueta gráfica estampada en un cliché; pero, sí se puede despojar á la imagen de su rigidez material, para prestarla esa apariencia de vida que es condición indispensable del buen retrato.
          Y la responsabilidad de los fotógrafos modernos, es ahora mayor que cuando, antiguamente, todavía se pintaba en España. Hoy, que apenas hay pintor que produzca un buen retrato, quedan los fotógrafos como única esperanza de la gente. Y por ello, deben afanarse más en perfeccionar su arte logrado, á fuerza de retoque (en la negativa y en la positiva del que más tarde hablaremos) que, los retratos, sean lo que deben ser, lo que eran, en pintura, antes de sobrevenir el chubasco modernista.



Benito Pérez Galdós

José Echegaray

Santiago Ramón y Cajal




"El niño de la silla"

"Madre e hijo"

"Retrato de mi madre, Esperanza de Juan"



Fotografías y texto, extraído de "La fotografía moderna", de Antonio Cánovas.


"Un plagio a Velázquez"

Estudio-galería de Kaulak.

viernes, 15 de noviembre de 2019

"habitación sin vistas"






UN bAZAR DE OBRAS




"habitación sin vistas"
(arquiTECTÓNICA)










Fotografías de enriqueponce dosmil18.



martes, 5 de noviembre de 2019

viernes, 25 de octubre de 2019

"Epílogo de una novela"




EL CAJÓN deSASTRE
LA C(r)ÓNICA LUZ




Adolfo Suárez, fotografía de Alberto Schommer.





"Epílogo de una novela"


          A mediados de marzo de 2008 leí que según una encuesta publicada en el Reino Unido la cuarta parte de los ingleses pensaban que Winston Churchill era un personaje de ficción. Por aquella época yo acababa de terminar el borrador de una novela sobre el golpe de estado del 23 de febrero, estaba lleno de dudas sobre lo que había escrito y recuerdo haberme preguntado cuántos españoles debían de pensar que Adolfo Suárez era un personaje de ficción, que el general Gutiérrez Mellado era un personaje de ficción, que Santiago Carrillo o el teniente coronel Tejero eran personajes de ficción. Sigue sin parecerme una pregunta impertinente. Es cierto que Winston Churchill murió hace más de cuarenta años, que el general Gutiérrez Mellado murió hace menos de quince y que cuando escribo estas líneas Adolfo Suárez, Santiago Carrillo y el teniente coronel Tejero todavía están vivos, pero también es cierto que Churchill es un personaje de primer rango histórico y que, sin bien Suárez comparte con él esa condición al menos en España, es dudoso que lo hagan el general Gutiérrez Mellado y Santiago Carrillo, no digamos el teniente coronel Tejero; además, en tiempos de Churchill la televisión no era aún el principal fabricante de realidad a la vez que el principal fabricante de irrealidad del planeta, mientras que uno de los rasgos que define el golpe del 23 de febrero es que fue grabado por televisión y retransmitido a todo el planeta. De hecho, quién sabe si a estas alturas el teniente coronel Tejero no será sobre todo para muchos un personaje televisivo; quizá incluso Adolfo Suárez, el general Gutiérrez Mellado y Santiago Carrillo lo sean en alguna medida, pero no en la misma que él: aparte de los anuncios de grandes cadenas de electrodomésticos y las carátulas de programas de chismorreo que prodigan su estampa, la vida pública del teniente coronel golpista está confinada a los pocos segundos repetidos cada año por televisión en que, tocado con su tricornio y blandiendo su pistola reglamentaria del nueve corto, irrumpe en el hemiciclo del Congreso y humilla a tiros a los diputados reunidos allí. Aunque sabemos que es un personaje real, es un personaje irreal; aunque sabemos que es una imagen real, es una imagen irreal: la escena de una españolada recién salida del cerebro envenenado de clichés de un mediano imitador de Luis García Berlanga. Ningún personaje real se convierte en ficticio por aparecer en televisión, ni siquiera por ser sobre todo un personaje televisivo, pero es muy probable que la televisión contamine de irrealidad cuanto toca, y que un acontecimiento histórico altere de algún modo su naturaleza al ser retransmitido por televisión, porque la televisión distorsiona el modo en que lo percibimos (si es que no lo trivializa o lo degrada). El golpe del 23 de febrero convive con esa anomalía: que yo sepa, es el único golpe en la historia grabado por televisión, y el hecho de que haya sido filmado es al mismo tiempo su garantía de realidad y su garantía de irrealidad; sumada al asombro reiterado que producen las imágenes, a la magnitud histórica del acontecimiento y a las zonas de sombra reales o supuestas que todavía lo inquietan, esa circunstancia quizá explique el inaudito amasijo de ficciones en forma de teorías sin fundamento, de ideas fantasiosas, de especulaciones noveleras y de recuerdos inventados que lo envuelven.




Portada del diario "El Alcázar" del día 24 de Febrero de 1981.



          Pongo un ejemplo ínfimo de esto último; ínfimo pero no banal, porque guarda precisamente relación con la vida televisiva del golpe. Ningún español que tuviera uso de razón el 23 de febrero de 1981 ha olvidado su peripecia de aquella tarde, y muchas personas dotadas de buena memoria recuerdan con pormenor -qué hora era, dónde estaban, con quién estaban- haber visto en directo y por televisión la entrada en el Congreso del teniente coronel Tejero y sus guardias civiles, hasta el punto de que estarían dispuestas a jurar por lo más sagrado que se trata de un recuerdo real. No lo es: aunque la radio retransmitió en directo el golpe, las imágenes de televisión sólo se emitieron tras la liberación del Congreso secuestrado, poco después de las doce y media de la mañana del día 24, y apenas fueron contempladas en directo por un puñado de periodistas y técnicos de Televisión Española, cuyas cámaras grababan la sesión parlamentaria interrumpida y hacían circular aquellas imágenes por la red interior de la casa a la espera de ser editadas y emitidas en los avances informativos de la tarde y en el telediario de la noche. Eso fue lo que ocurrió, pero todos nos resistimos a que nos extirpen los recuerdos, que son el asidero de la identidad, y algunos anteponen lo que recuerdan a lo que ocurrió, así que siguen recordando que vieron el golpe de estado en directo. Es, supongo una reacción neurótica, aunque lógica, sobre todo tratándose del golpe del 23 de febrero, donde a menudo resulta difícil distinguir lo real de lo ficticio. Al fin y al cabo hay razones para entender el golpe del 23 de febrero como el fruto de una neurosis colectiva. O de una paranoia colectiva. O, más precisamente, de una novela colectiva. En la sociedad del espectáculo fue, en todo caso, un espectáculo más. Pero eso no significa que fuera una ficción: el golpe del 23 de febrero existió, y veintisiete años después de aquel día, cuando sus principales protagonistas ya habían tal vez empezado a perder para muchos su estatuto de personajes históricos y a ingresar en el reino de lo ficticio, yo acababa de terminar el borrador de una novela en que intentaba convertir el 23 de febrero en ficción. Y estaba lleno de dudas.



Teniente coronel Tejero durante el golpe de estado del 23 de febrero de 1981 en el Congreso de los Diputados,
fotografía de Manuel Pérez Barriopedro.



Título y texto, extraídos del prólogo de la novela "Anatomía de un instante", de Javier Cercas
Fotografías de los autores reseñados.





martes, 15 de octubre de 2019

"la puerta de atrás"






UN bAZAR DE OBRAS




"la puerta de atrás"
(arquiTECTÓNICA)





"Moenia mundi"
(Lucrecio)











Fotografías de enriqueponce dosmil18.