lunes, 15 de julio de 2013

"Antonio Muñoz Molina & Alexander Gardner"





ARTEsana (LA CrÓNICALUZ)       LOS CAZADORES deMENTES 






Antonio Muñoz Molina                 Alexander Gardner
                                               Úbeda, Jaén. 1956                                                                            Escocia, 1821-1882



Fotografía bajada de la red.
Fotografía bajada de la red.














ESPECTROS FOTOGRÁFICOS


Sobre un patíbulo muy elevado, que no da ninguna impresión de solidez, se alinean los condenados a muerte que en unos pocos minutos colgarán de la horca, así como un grupo numeroso de personas, civiles y militares, tantos que ocupan por entero la plataforma tan estrecha. El patíbulo está levantado en lo que parece el patio de un cuartel, o una cárcel, delante de un murallón sobre el que montan guardia unos soldados, también a mucha altura. Parecen soldados de servicio pero también espectadores de la inminente ejecución. La imagen está tomada desde lejos, como desde lo alto de otro de los muros del cuartel, y las figuras son muy pequeñas, de modo que en el patíbulo no se distinguen los condenados de sus verdugos o sus vigilantes. Un detalle pasaría inadvertido si no se nos llamara la atención sobre él: la figura en el extremo izquierdo del patíbulo se tapa la cabeza con un gran paraguas negro. Hay un pequeño grupo de espectadores o curiosos observando desde abajo, que deberá levantar mucho las cabezas para ver la ejecución.


En la luz cegadora del día resaltan más las figuras negras, los sombreros blancos de verano, el círculo bruñido del paraguas, que están para proteger del sol. Es el 7 de julio de 1865, y en Whashington hace ese calor húmedo de asfixia de los veranos de la costa este. Esa figura del condenado precavido que se protege de una posible insolación antes de colgar de una horca es la señora Mary Surratt, que tomó parte en la conspiración para asesinar al presidente Lincoln unos meses antes, y va a ser la primera mujer ejecutada por el Gobierno federal. En la foto tomada unos minutos después parece que vemos el descampado de un ferial en el que ya no queda público y han empezado a desmontarse deprisa las atracciones. En el parapeto quedan dos o tres soldados nada más, espectadores aburridos que no acaban de irse. En la plataforma del patíbulo no hay nadie. Los cuatro ahorcados cuelgan debajo de ella, las cabezas cubiertas con capuchas blancas. Se ve que a la mujer le ataron las faldas un poco más arriba de las rodillas, sin duda para que no se le levantaran indecorosamente en la caída.


Mary Surrat.









Vivienda de Mary Surrat.
Fotografía de Mathew Brady.

















Atzerodt y Herold.


Sólo la fotografía alumbra de verdad el pasado. La fotografía establece una frontera visual equivalente a la frontera sonora de las grabaciones más antiguas, incluso las más imperfectas. Más allá de esas primeras voces registradas, de esos sonidos chirriantes de música, se extiende un gran silencio en el que yacen sin remisión todas las voces, todas las músicas que sonaron en el mundo. Más allá de los primeros daguerrotipos, están las presencias de la pintura, de la escultura o del dibujo, pero por muy naturalistas que sean sabemos que carecen de ese grado de realidad inmediata y tajante que sólo da la fotografía. Cosas definitivas que sabemos de Baudelaire o de Allan Poe nos serían inaccesibles si no tuviéramos presente sus retratos fotográfico. Courbet, que era un gran pintor y un gran narcisista, se hizo muchos autorretratos, pero sólo cuando lo vemos fotografiado tenemos la sensación de encontrarnos de verdad frente a él, en la imperfección y la fragilidad del presente.


En cualquier libro de historia leemos los pormenores de la ejecución de los conspiradores contra Lincoln (el soldado que estaba justo al lado de Mary Suratt acaba de vomitar, por el calor y los nervios). Pero son esas dos fotos de Alexander Gardner las que nos permiten casi tocar la textura de aquel día preciso, lo impremeditado y lo confuso de la realidad, ese patio carcelario de tierra estéril y hierbajos secos, ese barullo de gente que no sabe muy bien lo que hace, ese soldado en el parapeto que se apoya con pereza o tedio en lo que parece una barandilla, aburrido quizás de que duren tanto los preliminares.


Abraham Lincoln, 1863.



Lewis Powel Thornton.




George Atzerodt.
John Wilkes Booth.
Samuel Sosa Arnold
David Herold.

( ... )
Edman Spangler Everet.



Lewis Payne.



Las fotos están casi al final de una exposición abrumadora en el Metropolitan, Photography and the American Civil War; abrumadora por el número de imágenes y por la cruda fuerza descarnada de muchas de ellas: fotos de generales arrogantes y de soldados casi siempre anónimos de los dos bandos, fotos de muertos conocidos y desconocidos, de niños soldados con cara de susto que no se sabe si de lo que tienen miedo es de la inminencia de la batalla o del objetivo de la cámara aparatosa plantada delante de ellos, fotos de probables viudas que sostienen sobre las faldas abullonadas fotografías enmarcadas de hombres de uniforme, fotos de campos de batalla sembrados de cadáveres y de desperdicios -a los muertos humanos se les hincha el vientre igual que a los caballos-, fotos de llanuras en calma en las que muy poco tiempo atrás sucedió una batalla con decena de millares de muertos, fotos de ciudades arrasadas, de soldados sin brazos o sin piernas, de montones de brazos y piernas amputados, de cirujanos con sierras en la mano y mandilones negros de sangre.







Por primera vez en todas las guerras de la historia, aquí se ven las caras de los pobres sin nombre que combaten y mueren en ellas. Muy jóvenes, casi siempre, flacos, con pómulos muy marcados, con la piel quemada por la intemperie, con miradas que se quedan tan fijas en nosotros como en la lente de la cámara. Los uniformes les están muy grandes, o muy pequeños, y suelen ser viejos y descabalados. Algunos posan de cuerpo entero, muy derechos, con tosca apostura marcial, verticales como el mosquetón con una bayoneta que muchas veces es más alto que ellos. Otros se recrean exhibiendo las armas variadas que llevan, el mosquetón terciado, una pistola sujeta de cualquier manera bajo el cinturón, un cuchillo de caza. Abundan las caras como de forajidos, como de desertores o náufragos. Por primera vez la fotografía ocupaba un lugar decisivo en las vidas cotidianas: una aliada de la memoria, una posible reliquia, un conjuro para la supervivencia. Antes de irse a la guerra un recluta se hacía una foto vestido con el uniforme y el simulacro exacto de su cara quedaba en las habitaciones familiares a las que tal vez no volvería. Cuando miramos una de esas caras y no hay ninguna información sobre su identidad, sus ojos ausentes o fijos en los nuestros nos estremecen con una sugestión de fantasmagórica orfandad. Pero no es menor la extrañeza de mirar una de esas caras y leer el nombre que le corresponde, la edad, el origen, hasta incluso la fecha y la circunstancias de la muerte. El soldado Thomas Gaston, alistado a los 16 años, es flaco, probablemente larguiducho, lleva la gorra con la visera muy levantada sobre la frente, tiene los ojos muy claros y cara de congoja. Lo pusieron a tocar el tambor y a los pocos meses había muerto de neumonía.

Thomas Gaston.



La imaginación, la capacidad humana para la empatía, son muy limitadas. Porque sucedió hace siglo y medio, esa guerra de cuatro años en la que hubo setecientos cincuenta mil muertos no parece tan grave. Extinguidos desde hace mucho los últimos testigos, la escala de su crueldad y su espanto sólo la preserva la fotografía.

Allan Pinkerton, Abraham Lincoln y el General McClernand, 1862.


Richmond, Virginia 1865.








"Espectros fotográficos" es un artículo íntegro de A.M.M. aparecido en la sección "Ida y vuelta" de "El Pais Babelia", el 04.05.13.
Fotografías de Alexander Gardner.





www.antoniomuñozmolina.es






sábado, 13 de julio de 2013

"Shirin Neshat"





BLOg DE NOTAS






Shirin Neshat
Irán, 1957




Autorretrato.








"Un rayo de sol"















Durante todo ese tiempo, despojándose de su individualidad, se convertiría en el símbolo viviente que podían usar como escarnio los predicadores y moralistas, y al que podían señalar como prueba viviente de la fragilidad femenina y de sus pecaminosas pasiones. 
Así los jóvenes puros aprenderían a mirarla, con su letra escarlata flameando sobre el pecho -a ella, hija de padres honorables, a ella, madre de una criatura que llegaría un día a ser mujer, a ella, que fue inocente un día-, como la figura, el cuerpo, la realidad misma del pecado. 
Y sobre su tumba, la ignominia que con ella arrastraría sería su único epitafio.







En sus relaciones con la sociedad, nada la hacía sentir que perteneciese a ella. Los gestos, las palabras e incluso el silencio de aquellos con los que entraba en contacto sugerían, a menudo expresaban claramente, que era una mujer proscrita, y tan sólo como si viviera en otro mundo o se comunicara con la naturaleza con otros órganos y otros sentidos que el resto de la humanidad.
Permanecía ajena a los intereses morales, pero cerca de ellos, como un fantasma que vuelve a visitar el hogar familiar y no puede hacerse ver ni sentir; ni sonreír con las alegrías familiares, ni sufrir con las penas de la casa, o, si lograba manifestar su prohibida participación, sólo despertaba terror y una horrible repugnancia.
Estas sensaciones, en efecto, y el más amargo desprecio, además, parecían ser la única porción que conservaba del corazón universal.








El día era helado y sombrío. Grandes extensiones de nubes grises se agitaban apenas con la brisa, y entonces un rayo de sol titubeante podía quizá verse jugueteando solitario por el sendero...se retiraba siempre cuando ellas se le acercaban, y los lugares donde había danzado quedaban entonces más sombríos porque ellas habían tenido la esperanza de encontrarlos iluminados.

     -Madre -dijo la pequeña Pearl-, el rayo de sol no te quiere. Huye y se esconde porque siente temor por algo que guardas en tu pecho. ¡Mira! Ahí está jugando un poco más allá. Quédate aquí y déjame correr para agarrarlo. Yo soy sólo una niña. No huirá de mí, porque yo aún no llevo nada sobre mi pecho.
     -Y espero que jamás lo llevarás -dijo Hester.
     -¿Por qué no, madre? -preguntó Pearl deteniéndose de pronto al iniciar su carrera-. ¿No será natural que lo lleve cuando sea mujer?
     -Corre, hija -respondió la madre-, y anda a agarrar ese rayo de sol. Pronto desaparecerá.


Pearl partió a gran velocidad y Hester sonrió al darse cuenta de que su hija, realmente, lograba atrapar el rayo de sol y, riendo, quedaba de pie en medio de él, iluminada por su esplendor, deslumbradora con la luz que refractaban sus rápidos movimientos. La luz se quedó rezagada junto a la niña solitaria, como si estuviera contenta de haber encontrado a alguien con quien jugar, hasta que su madre casi llegó tan cerca como para ingresar, también, dentro del círculo mágico.

     -¡Ahora desaparecerá! -exclamó Pearl sacudiendo la cabeza.
     -¡Mira! -respondió Hester, sonriente-, ahora puedo adelantar la mano y coger un poco de luz.


Al intentar hacerlo, el rayo desapareció; o, a juzgar por la alegre expresión que bailaba en los rasgos de Pearl, su madre podía haberse imaginado que la niña había absorbido ella misma toda la luz, y que emitiría de nuevo como un resplandor que iluminara su camino si se aventuraban por la sombra más tenebrosa.










Fotografías de Shirin Neshat.
Textos extraídos de "La letra escarlata" de Nathaniel Hawthorne.






jueves, 11 de julio de 2013

"Antonio Saura"





ARTEsana






Antonio Saura
Huesca, 1930-1988




Fotografía bajada de la red.















"Informal"






Se observa en los pintores informalistas una posición radicalmente distinta de toda la problemática planteada por la abstracción constructiva (Mondrian y Malevich serían quienes culminarían, con su canto del cisne, la progresiva solidificación de Cézanne y los cubistas, el fin de una era donde la razón era todopoderosa). La nueva postura no consistirá en una vuelta a la imagen (a pesar de la indiferencia a la ortodoxia abstracta de casi todos estos artistas), sino en una forma inédita de enfocar la realidad. 







El expresionismo clásico deforma bajo los imperativos de la pasión, pero no reconstruye el universo de acuerdo con una nueva necesidad espacial y estructural. Aquí, sí. La acción del pintor obedecerá a una necesidad totalizadora. El objeto -si es que existe- podrá servir de soporte estructural, pero será sobrepasado en el acto dramático de pintar, en su éxtasis, en aquellos instantes lúcidos donde la furia pasional puede verse compensada con el más activo control. En oposición al orden clásico de la abstracción constructiva, se intuye en las pinturas informalistas una realidad estructural que lleva consigo un verdadero replanteamiento del cuadro y que propone, a través de su consciente visión del caos, el reflejo de un ansia de realidad absoluta donde no quepa separación posible entre mundo interior y mundo exterior, materia y espíritu, espacio y gesto. Su ímpetu vital pretende dinamizar el vacío, construir el caos, espiritualizar la materia, sexualizar el universo... 










La pintura informal constituye en sus formas expresivas extremas una acción demoledora como justificación del ser, un testimonio vital del hecho de existir. El expresionismo abstracto lleva en su entraña la dosis más imponente de energía que el arte nos haya ofrecido hasta la fecha. Barroco tumulto en el que, sin embargo, existe una matemática interna, intuitiva, que hace que un gesto vaya justificado por el anterior, en fatal ligazón, creando una serie de reacciones en cadena que finalizan en un momento dado. Una ecuación biológica se ha creado y es imposible añadir o quitar un signo. Cada obra posee un camino determinado, construyéndose como un ser vivo e inalterable, obedeciendo a unas leyes de estructuración por conjuntos de resultados sorprendentes al comparárseles con los que ofrece el universo en sus más recónditas exploraciones.

















Obra y texto, extraído de "Fijeza", ambos de Antonio Saura.


Fotografía de A. Saura en 1960 por Juan Dolcet.





martes, 9 de julio de 2013

"Sausario"






desCONCIERTO EN Mi memoria









SAUSARIO





..."todas las imágenes deben más a otras imágenes que a la naturaleza".







Álvaro I.
Álvaro III.



Álvaro II.





Jorge.


Inma.
Gerardo.


Toño.
Mª José.


Celine.
Pablo.







Rafa I.
Rafa II.



Cita de H. Wölfflin en "Meditaciones sobre un caballo de juguete" de E.H. Gombrich.
Fotografías de primeros años década 2000, por enriqueponce.




Hoja de contactos del reportaje de
Alegría Lacoma
de la exposición "PROYECTO HOMBRE MATERIA"
de enriqueponce
en la "Sala Saura" de la Diputación Provincial de Huesca en 1995.



domingo, 7 de julio de 2013

"Monegros"






EL CAJÓN deSASTRE













La paz de Monegros












mar verde de trigo en invierno
llanura ondulada en Las Planas
mar de mies en verano
olas de amarillo que danzan a ritmo de cierzo
mar de surcos en barbecho
con huebras salpicadas de islotes
de piedras, sabinillos y romero
mar negro en cada atardecer
con lomas de sabinas y pinos
en eterno vaivén modulando silencios
mar de algodón estrellado
surcado por infinitos vuelos
mar de paz en monegros, mi desierto






*  *  *







Fº Rubén Esteban con su "Tiguer", un motero obstinado en buscarle las vueltas a Los Monegros.




Poema contenido en un e-mail de Rubén, extraído de "La guerra que no fue" de Javier Omeñaca.
Fotografías de enriqueponce.





www.javieromenacalabarta.blogspot.com