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Original. |
Alexander von Humboldt era un hombre bajo y viejo de cabellos bancos como la nieve. Lo seguían un secretario con el blog de notas abierto, un mandadero de librea y un joven con patillas que portaba un trípode con una caja de madera. Se colocaron en su puesto como si lo hubiesen ensayado. Humboldt alargó los brazos hacia la puerta del carruaje.
Nada sucedió.
En el interior del vehículo se oía palabras agitadas. ¡No!, gritó alguien, ¡no! Resonó un golpe sordo, después, un tercer ¡No! Durante un rato, reinó el silencio.
Al fin se abrió la puerta y Gauss bajó a la calle, cauteloso. Cuando Humboldt lo agarró por los hombros y exclamo cuánto honor, qué gran momento para Alemania, para la ciencia, para él mismo, retrocedió sobresaltado.
Mientras el secretario tomaba notas, el hombre situado tras la caja de madera dijo con voz contenida: ¡Ahora!
Humboldt se quedó inmóvil. Ese es el señor Daguerre, musito sin mover los labios. Un protegido suyo que trabajaba en un aparato que retendría el instante sobre una capa de yoduro de plata sensible a la luz, arrancándosela a la fugacidad del tiempo. ¡Por favor, no había que moverse por nada del mundo!
Gauss dijo que quería irse a casa.
Solo un momento, susurró Humboldt, unos quince minutos, ya habían progresado mucho. Poco antes costaba mucho más, durante los primeros ensayos había pensado que su espalda no lo resistiría. Gauss intentó escabullirse, pero el menudo anciano lo sujetó con sorprendente fuerza murmurando: ¡Informa al rey! Y el mandadero se alejó a la carrera. Después añadió, evidentemente porque la idea acababa de pasarle por la cabeza: ¡Toma nota, analizar la posibilidad de la cría de focas en Wanemünde, las condiciones parecen propicias, presentármelo mañana! El secretario así lo consignó.
Eugen, que bajaba del carruaje cojeando ligeramente, se disculpó por lo tardío de su llegada.
Allí no era temprano ni tarde, murmuró Humboldt. Allí solo había que trabajar. Por fortuna aún había luz. ¡Nada de moverse!
Un policía entró en el patio y pregunto qué ocurría.
Luego, cuchicheo Humboldt con lo labios apretados.
Eso era una revuelta, dijo el policía. O se dispersaban en el acto o procedería de acuerdo con las normas oficiales.
Humboldt precisó en voz baja que era chambelán.
Perdón, ¿cómo dice?, inquirió el policía inclinándoselas hacia adelante.
Chambelán, repitió el secretario de Humboldt. Miembro de la corte.
Daguerre invitó al policía a salir de la imagen.
El policía retrocedió con el ceño fruncido. Primero, cualquiera podía afirmar eso, y segundo, la prohibición de reunión regía para todos. Y ese de ahí, señaló a Eugen, era a todas luces un estudiante. La situación se tornaba muy peliaguda.
Si no se marchaba en el acto, dijo el secretario, se metía en un lío que ni siquiera podía imaginar.
Así no se le habla a un funcionario, respondió vacilante el policía. Les doy cinco minutos.
Gauss gimió y se soltó.
¡Oh no!, exclamó Humboldt.
Daguerre pateó el suelo. ¡El momento se había perdido para siempre!
Como todos los demás, repuso Gauss con calma. Como todos los demás.
Y era cierto: cuando Humboldt, esa misma noche, mientras Gauss roncaba tan fuerte en la habitación contigua que se le oía en toda la casa, examinó con una lupa la plancha de cobre impresionada, no distinguió nada en absoluto. Y solo después de un rato creyó vislumbrar en ella una maraña de contornos fantasmales, el dibujo evanescente de algo que parecía un paisaje bajo el agua. En el centro, una mano, tres zapatos, un hombro, la bocamanga de un uniforme y la parte inferior de una oreja. ¿O no? Suspirando, arrojó la plancha por la ventana y el oyó el golpe sordo contra el suelo del patio. Segundos después lo había olvidado, como todo lo que le había salido mal alguna vez.
“La medición del mundo”, Daniel Kehlmann.
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