martes, 5 de abril de 2022

"Bruno Barbey"

BLOg DE NOTAS




Bruno Barbey
Rabat [protectorado francés] 1941-2020.





Fotografía bajada de la red.
















"Los italianos"



Lo sé. Sé los nombres de los responsables de lo que llaman golpe (y en realidad es una serie de golpes instaurada como sistema de protección del poder).



Sé los nombres de los responsables del atentado de Milán del 12 de diciembre de 1969

[17 muertos y 88 heridos en un bombazo contra la Banca Nazionale dell"Agricoltura].


Sé los nombres de los responsables de los atentados de Brescia y de Bolonia en los primeros meses de 1974. Sé los nombres del "vértice" que ha manipulado tanto a los viejos fascistas que traman golpes como a los neofascistas autores materiales de los primeros atentados, y a los "desconocidos" autores materiales de los atentados más recientes.

Sé los nombres de quienes han manejado las dos fases distintas, incluso opuestas, de la tensión: una primera fase anticomunista (Milán, 1969) y una segunda fase antifascista (Brescia y Bolonia, 1974).













"Soy un intelectual, un escritor que intenta seguir todo lo que está pasando, conocer todo lo que se escribe"

Sé los nombres del grupo de poderosos que, con la ayuda de la CIA (y en segundo lugar, de los coroneles griegos y la mafia), urdieron primero (aunque fracasaron miserablemente) una cruzada anticomunista para atajar el 68. (...)

Sé los nombres de quienes, entre misa y misa, dieron instrucciones y aseguraron la protección política a viejos generales (para mantener en pie, por si acaso, la organización de un posible golpe de Estado), a jóvenes neofascistas, o más bien neonazis (para crear en concreto la tensión anticomunista), y por último, a criminales comunes, hasta este momento, y quizá para siempre, sin nombre (...)

Sé los nombres de las personas serias e importantes que están detrás de los trágicos muchachos que optaron por las suicidas atrocidades fascistas y de los malhechores comunes, sicilianos o no, que se pusieron a su disposición como asesinos y sicarios. Sé todos estos nombres y sé todos los hechos (atentados contra las instituciones y matanzas) que han cometido.

Lo sé. Pero no tengo pruebas. Ni siquiera tengo indicios.

Lo sé porque soy un intelectual, un escritor, que intenta seguir todo lo que está pasando, conocer todo lo que se escribe al respecto, imaginar todo lo que no se sabe o se calla; que ata cabos a veces lejanos, que junta las piezas desordenadas y fragmentarias de un cuadro político coherente, que restablece la lógica donde aparentemente reinan la arbitrariedad, la locura y el misterio.

Todo eso forma parte de mi oficio y del instinto de mi oficio. Me parece difícil que mi "proyecto de novela" esté equivocado, es decir, que no tenga conexión con la realidad y que sus referencias a hechos y personas reales sean inexactas. Creo, además, que muchos otros intelectuales y novelistas saben lo que yo sé como intelectual y novelista. Porque la reconstrucción de la verdad acerca de lo ocurrido en Italia después de 1968 tampoco es tan difícil.

(...) Probablemente, los periodistas y los políticos también tienen pruebas o, por lo menos, indicios.

El problema es el siguiente: los periodistas y los políticos, aun teniendo pruebas y sin duda indicios, no dan nombres. ¿A quién corresponde, pues, dar esos nombres? Evidentemente, a quien no sólo tiene el valor suficiente, sino que, además, no está comprometido en la práctica con el poder y tampoco tiene, por definición, nada que perder: un intelectual.

De modo que un intelectual podría ser el más apropiado para dar a conocer esos nombres; pero no tiene pruebas ni indicios.

El poder y el mundo que, sin ser del poder, mantiene relaciones prácticas con el poder, por su propia configuración, han excluido a los intelectuales libres de la posibilidad de tener pruebas e indicios.

Podrían objetarme que yo, por ejemplo, como intelectual e inventor de historias, podría entrar en ese mundo explícitamente político (del poder o sus aledaños), comprometerme con él y, por tanto, compartir el derecho a tener, con elevada probabilidad, pruebas e indicios.

Pero a esta objeción contestaría que no es posible, porque es justamente la repugnancia a entrar en ese mundo político lo que se identifica con mi posible atrevimiento intelectual de decir la verdad, es decir, de dar nombres.

(...) Al intelectual -profunda y visceralmente despreciado por toda la burguesía italiana- se le encomienda una función falsamente elevada y noble, la de debatir los asuntos morales e ideológicos.

Si no cumple esta función se le considera un traidor, y de inmediato se alzan voces (como si estuvieran esperando el momento) contra la "traición de los intelectuales". Gritar contra la "traición de los intelectuales" es una coartada y una gratificación para los políticos y los servidores del poder.

Pero no existe sólo el poder; también existe una oposición al poder. En Italia esta oposición es tan extensa y fuerte, que constituye un poder en sí misma: me refiero, naturalmente, al Partido Comunista Italiano.

Es evidente que en este momento la presencia de un gran partido como el Partido Comunista Italiano en la oposición es la salvación de Italia y de sus pobres instituciones democráticas.

El Partido Comunista Italiano es un país limpio en un país sucio, un país honrado en un país inmoral, un país inteligente en un país idiota, un país culto en un país ignorante, un país humanista en un país consumista.

(...) Pero, precisamente, todo lo positivo que he dicho del Partido Comunista Italiano también constituye su aspecto relativamente negativo.

La división del país en dos países, uno hundido hasta el cuello en la degradación y la degeneración, el otro intacto y limpio, no propicia la paz ni el espíritu constructivo.

Además, entendida tal como la acabo de describir, creo que, objetivamente (como un país en el país), la oposición viene a ser otro poder, pero poder al fin y al cabo. Por consiguiente, los políticos de esa oposición no pueden dejar de comportarse, también ellos, como hombres de poder.

(...) Ahora bien, ¿por qué tampoco los políticos de la oposición, si tienen -como es probable- pruebas, o por lo menos indicios, no dan los nombres de los responsables reales, o sea, políticos, de los cómicos golpes y las espantosas matanzas de este año? Muy sencillo: no los dan en la medida en que distinguen -a diferencia de lo que haría un intelectual- entre verdad política y práctica política. Por tanto, naturalmente, ellos tampoco dan a conocer las pruebas e indicios al intelectual que no es funcionario. Ni se les pasa por la cabeza, como es normal, dada la situación objetiva de hecho.

(...) Sé muy bien que no es pertinente -en este momento concreto de la historia italiana- plantear públicamente una cuestión de confianza a toda la clase política. No es diplomático, no es oportuno. Pero éstas son categorías de la política, no de la verdad política, a la que el impotente intelectual, cuando y como puede, debe servir. Pues bien, precisamente porque no puedo dar los nombres de los responsables de los intentos de golpe de Estado y los atentados (y no en vez de darlos), no puedo dejar de pronunciar mi débil e ideal acusación contra toda la clase política italiana. Lo hago porque creo en la política, creo en los principios "formales" de la democracia, creo en el Parlamento y creo en los partidos. Naturalmente, desde mi visión particular, que es la de un comunista.




























Fotografías y título, extraídos de su libro homónimo "The italians", de Bruno Barbey.
Texto Yo sé los nombres, extraído de "Escritos Corsarios", de Pierre Paolo Pasolini.



www.brunobarbey.com

viernes, 25 de marzo de 2022

"Berenice Abbott"

LOS CAZADORES deMENTES



Berenice Abbott
Springfield, Ohio, USA. 1898-1991





Autorretrato
París, 1925











STEINMETZ era jorobado,
          hijo de un litógrafo jorobado.
          Nació en Breslau en 1865, a los diecisiete años se graduó en el Gymnasium con mención honorífica y enseguida ingresó a la Universidad de Breslau para estudiar matemáticas;


          para Steinmetz las matemáticas eran como la fuerza muscular, las largas caminatas por las colinas, el beso de una muchacha enamorada y las interminables tardes de cerveza compartida con los amigos;
          del mismo modo que los trabajadores y los estudiantes pobres sentían sobre sus espaldas rectas el peso implacable de la sociedad, él lo sentía sobre su espalda deforme; fue mienbro de un club socialista y editor de un periódico llamado La Voz del Pueblo

          Bismarck estaba instalado en Berlín como un gran pisapapeles para proteger el nuevo feudalismo alemán y defender a sus amos los Hohenzollern.
          Como temía que lo metieran preso, Steinmetz se escapó a Zúrich; y en Zúrich sus matemáticas sacudieron la siesta de los profesores del Politécnico;
          pero la Europa de los ochenta no era el mejor lugar para un estudiante alemán sin un céntimo, con la espalda quebrada y la cabeza llena de cálculo simbólico y asombro por la electricidad -que nos es sino las matemáticas hechas energía-,
          y para colmo socialista.

          Así fue como con un amigo danés zarpo hacia Norteamérica en la tercera clase del Lo Champagne, un viejo vapor francés;
          después de vivir en Brooklyn se trasladó a Yonkers, donde consiguió un trabajo de doce dólares por semana a las órdenes de Rudolph Eichemeyer, exiliado alemán desde el cuarenta y ocho, que era inventor, electricista y dueño de una fábrica donde producía máquinas para confeccionar sombreros y generadores eléctricos.
          En Yonkers concibió la teoría de los terceros armónicos y la ley de la histéresis, que establece en la fórmula de las relaciones múltiples entre el calor metálico, la densidad y la frecuencia cuando en el centro de un magneto sometido a corriente alterna los polos cambian de lugar.
          Fue la ley de la histéresis de Steinmetz la que hizo posibles todos los transformadores que vemos en cajitas, en los tejados de las casas y el los postes de alta tensión que hay por todas partes. Los símbolos matemáticos de la ley de Steinmetz son el patrón del cual nacen todos los transformadores.

          En 1892, cuando Eichemeyer vendió la compañía que daría origen a la General Electric, Steinmetz fue incluido en el contrato junto a otros artefactos valiosos. Steinmetz fue durante toda su vida uno de los tantos artefactos pertenecientes a la General Electric.
          Al principio el laboratorio estaba en Lynn, pero más tarde fue trasladado a Shenectady, la ciudad eléctrica, y con él el pequeño jorobado.

          La General Electric le consentía todos los caprichos, le permitía ser socialista y tener un invernadero lleno de cactos, iluminado por luces de mercurio, le permitía tener cocodrilos, cuervos parlanchines y lagartos, y el departamento de publicidad difundía la imagen del mago, el hechicero benefactor que conocía los símbolos capaces de abrir la puerta de la cueva de Ali Babá.
          Steinmetz sacaba una fórmula de la manga y a la mañana siguiente surgían mil fábricas nuevas y las dinamos cantaban una melodía de dólares y los transformadores guardaban un silencio de dólares,
          y el departamento de publicidad derramaba historias lúbricas en los oídos del público americano y Steinmetz se convirtió en el diminuto mago
          capaz de provocar en su laboratorio una tormenta en miniatura, hacer funcionar correctamente los trenes de juguete, conservar la carne fresca en el congelador, mantener encendida la lámapara de la sala y la luz de la calle y el reflector y el gran haz giratorio que por las noches orienta a los aviones de Chicago, San Luis, Nueva York y Los Ángeles;
          así que le permitían ser socialista y pensar que la sociedad humana podía perfeccionarse tal como se perfecciona una dinamo, y le permitían ser germanófilo y escribirle a Lenin una carta ofreciendo sus servicios, porque las matemáticas son esa ciencia abstracta que desarrolla fórmulas con las cuales se construyen talleres, fábricas, redes de metro, luz, calor, resplandor solar, pero en ningún caso relaciones humanas que puedan poner en peligro el dinero de los accionistas o los sueldos de los dirigentes.

          Steinmetz fue un mago famoso que para hablar con Edison tuvo que pulsar un aparato Morse que éste apoyaba en las rodillas porque Edison era sordo como una tapia y viajó por el Oeste
          pronunciando conferencias que nadie comprendía y habló de Dios con Bryan en un tren
          y cuando se encontró con Einstein atrajo a un enjambre de reporteros que no lograron enterarse de lo que esos hombres decían;
          y Steinmetz fue el artefacto más valioso que tuvo en su haber la General Electric
          hasta que se consumió y murió.















Fotografías de Berenice Abbott.
Texto, extraído de "El paralelo 42", de John Dos Passos.







martes, 15 de marzo de 2022

"Día 8"

EL CAJÓN deSASTRE






"DÍA 8"



“La guerra es la salud del Estado”

John Dos Passos






La ventana de Shevchenko.
(Ucrania 2022)







Fotografía de Lev Shevchenko.



"Más vale ser muerto desangrado que vivir con la sangre podrida"
Federico García Lorca






Oscar Valido

sábado, 5 de marzo de 2022

"Nazca"

CRONOcromos




"Nazca"
(las líneas)
























Capturas de pantalla y edición de enriqueponce dosmil21.