viernes, 12 de septiembre de 2014

"ABCdiario"






UN bAZAR DE OBRAS
palabros






"ABCdiario"


Vivo en un barrio que compone mil milagros...







1no:


En la parada de la guagua, 2 desconocidos 2.


-perdón, pasaba por aquí.
-y yo también.
-qué¡ casualidad.
-pues ya ves.
-y entonces?
-qué?
-si me perdonas?
-cada día tropiezo con un desconocido.
-con uno en concreto?
-quiero decir con muchos.
-pero concretos?
-no te entiendo.
-claro, a veces yo tampoco me entiendo.
-pues estamos bien.
-me perdonas entonces?
-aún no sé de qué.
-por interrumpir tu discurrir.
-poca cosa. me olvidé ya.
-por enamorarme.
-de quién?
-de ti.
-y no lo puedes evitar?
-pues podrías ir no tropezándote por ahí¡
-supongo que sí.
-ves, luego pasa lo que pasa.
-ya lo sé.
-no puede uno ir queriendo a todo encuentro que le suceda a ninguno.
-y por qué? no.
-porque si no el mundo no sería lo que es.
-y para qué? quiero yo un lugar que incomoda nada más pensar.
-ves? lo que has hecho?
-no.
-ahora no podemos volver nos atrás.
-ah¡... es eso, sólo eso.
-sí, no dejas lugar a retroceso.
-ni quiero, no pretendo.
-y qué? pasa si yo no te quiero.
-y qué si yo no tropiezo.
-no lo sé.
-yo tampoco.
-a eso se llama azar.
-o amor.





















2os:


En un banco del parque -sin cajero automático de por medio- 2 jubilados 2.

-cada vez hay más cosas, don ismael.
-ya lo sé.
-... que no sirven para nada.
--podríamos quitar algunas.
-y a dónde? las íbamos a poner?
-también es verdad.
-tú crees? que con el otoño se caerán algunas?
-no.
-ya me lo parecía a mi.
-puede que si no las miramos.
-qué?
-... que harán como si no estuvieran.
-pues peor para ellas.
-por qué?
-hombre, ya que son, lo mejor es que estorben.
-sí, la verdad es que sí.
-y tú que piensas hacer?
-no mucho.
-ya, igual que yo.
-por qué?
-porque no me deja la caló.
-quieres? que te preste un poco de agua?
-no, no me cabe ya nada más.
-dónde?
-allá.
-a mi tampoco.
-es que tengo la gana así como llena de arena.
-tú siempre tan sacio.
-no, si yo de política no sé.
-ya me decía yo que caminabas como con una otrora cosa en el pie.
-debe ser una que se me escapó ayer.
-y a dónde? iba a ir sin ti.
-no, si más bien venía.
-ah.
-pero la culpa es mía.
-si es que no se les puede dejar solas.
-claro, luego se juntan con cualquiera.
-y molestan...
-qué¡ cosa.








Bueno, no sé si se compone o descompónese
pero al mío bario lo disfruto así, 
quiérole así. 
Equívoco. 

Delicia de barrio.





























 ABCdiario en el barrio delicia, 2014.









Fotografías y texto "Barrio delicia", extraído de "Edito"de 2001, de enriqueponce.






sábado, 6 de septiembre de 2014

"Joel-Peter Witkin"







BLOg DE NOTAS




Joel-Peter Witkin
EEUU, 1939


Fotografía bajada de la red.


         



















          No cree uno ya gran cosa en lo sagrado del arte, y mucho menos en lo sagrado del arte que hace uno. <<A la busca del tiempo perdido>>, <<La Comedia Humana>>, el cuadro velazqueño de las lanzas, la escultura griega, las catedrales líricas de Gaudí, todo eso vale, antes que nada, como un ejemplo de disciplina. Ahí hay un tipo que ha trabajado de firme, que se ha organizado. En otro momento de este diario me parece que lo digo: uno, con el tiempo, va siendo voyeur de trabajadores, como antes era voyeur de amantes. Me gusta pararme a ver trabajar a Zurbarán, a Cervantes, a Proust, como en la calle, de pequeño, me paraba a ver trabajar a los poceros. Estos otros grandes poceros de la humanidad, Proust o Cervantes son, antes que unos genios, unos grandes trabajadores, y eso me fascina.











          Algunas veces me quedo dentro de unos servicios públicos, aseos los llaman en algunos sitios, aseos pone encima de la flecha indicadora. Hay que quedarse así, quieto, en un inodoro conocido o desconocido, en el baño de casa o en los servicios de una cafetería, en el ataúd vertical y acondicionado del retrete, hasta que la palabra water se disuelva en el aire, sintiendo cómo la vida se detiene. Paredes de azulejo muy menudo, tres azulejos caídos en algún sitio, tres cuadraditos de cal y yeso y pared y tiempo, por donde asoma la crudeza de la construcción, tres huecos de una simetría casual y natural, Klee y Mondrian sentados en la taza, el uno o el otro encarnados en mí, mirando el juego de cuadraditos, buscando más huecos, más cuadraditos caídos, la geometría deficiente, gris y vivida de la pared, en un clima de nalga, orín, silencio y rumor, y las cañerías, las tuberías que tragan agua de vez en cuando, como un reptil dormido que respira o hace la digestión, ese buche de agua negra que pasa por la garganta de la tubería cada cierto tiempo, y afuera el rumor de la ciudad, se llena uno de beatitud y de pronto comprende que no está oyendo nada, que la ciudad se apaga, que ya no existe, pero a lo mejor perdura el rumor del bar, el escándalo de la barra, gritos y gambas, o la conversación de dos parroquianos, ahí afuera, mientras dan suelta a su ácido úrico, vamos a ver si nos dan de comer, y que llevo un hambre que no veas, y yo aquí, sentado en la taza o de pie, mirando la bombilla negra, el rollo de papel higiénico, tan soso, tan servicial, tan maltratado, un grifo cerca del suelo, que no cierra ni abre nada, el polvo y la puerta.
          En la puerta hay inscripciones, roturas, nombres, marcas de bolígrafo, manchas marrones, quemaduras pequeñas, crueldades, el rastro de toda la tribu defecadora que ha pasado por aquí. Una sexualidad elemental, la torpeza de unos órganos genitales que parecen pintados, efectivamente, con los órganos genitales, alguna alusión política, confusa, directa, un nombre de mujer, Petri, una pe demasiado grande, el tipo empezó con entusiasmo, con grandiosidad que luego desfallece en las otras letras, terminadas de cualquier manera. Qué poco dura el amor.
          O hubo algo más urgente. Petri. Alguien ha querido perfeccionar la tarea grabando otro nombre a navaja, trabajando la madera de la puerta, pero también se ha cansado y se ha ido, y al final se ha limitado a dibujar ligeramente las letras con la punta del arma, sin ahondar, uno quisiera llevarse estas puertas de retrete, estos relieves, qué exquisitez, el gusto decadente por lo popular, por lo espontáneo, por lo enigmático, ese arte que ahora se ha puesto de moda, todos juegan a imitar la casualidad de la vida, ya es bastante haber visto, haber sabido ver el arte que hace la vida, la emoción que tiene el tiempo fragmentario de la gente, llevarse la puerta, salir cargado con ella, transportar el tablón por las calles, como un carpintero o un antropólogo, si le pones una firma puede valer mucho dinero en una sala de exposiciones, pero todo eso ha quedado fuera, la cultura, la vida, mi vida, aquí sólo es una puerta de verdad, un aglomerado de realidad, madera artificial sintética contrachapeada que me separa del mundo, me aísla, me entierra, que constituye mi soledad, instaura una individualidad que no tengo, divide el tiempo, mientras el mundo desaparece afuera y sólo me envía olores de guiso, de distancia, de mediodía, de gente. Puedo desencadenar la caída de las aguas, la catarata ruidosa, una catástrofe de cisterna que todo se lo lleva y echa de nuevo sobre mí la actualidad.






















Fotografías de Joel-Peter Witkin.
Textos, extraídos de "Mortal y rosa", de Francisco Umbral.




lunes, 1 de septiembre de 2014

"Un banquete en la iglesia"








CRONOcromos







"Un banquete en la iglesia"







          Un viajero alemán, Jerónimo Münzer, que visitó España a fines del siglo XV, da su impresión acerca de la vida en Santiago. Dice que <<el pueblo es perezoso y se dedica poco al cultivo de la tierra, ya que vive principalmente de lo que ganan con los peregrinos. El ruido de la gente en la iglesia es tan grande, que aquello parece una feria. Se nota poca devoción. El santísimo apóstol merecería ser venerado con mayor reverencia>>. Vio enterrar un muerto en la iglesia, y para el funeral trajeron <<un pellejo de vino, dos sacos de pan, dos cuartos delanteros de un buey, dos carneros>>. El editor Ludwig Pfandl nota que un viajero inglés observó costumbres semejantes en 1544, al visitar el País Vasco, Castilla, Aragón y Navarra. En Santiago, los familiares de alguien enterrado en la iglesia clamaban junto a su tumba: <<¿Por qué te has muerto? ¿No tenías buenos amigos? ¿No pudieras tener oro, plata, riqueza y buenos vestidos?>>. Una iglesia en aquellos tiempos en nada semejaba a las actuales, aunque todavía no poseemos buenas descripciones de cómo se vivía dentro de los templos españoles. Era costumbre celebrar un banquete fúnebre en la misma iglesia, según dice Münzer y confirma el obispo Antonio de Guevara, en una de sus epístolas: <<No faltará algún hombre rico que se muera, el cual se mande ahí enterrar, y algún treintanario por su alma decir, y en tal caso como éste, podríales, señor Licenciado, juntaros con los que dijeren tales misas, y ayudarles a comer lo que trujeren, y aun a jugar lo que ganaren>>. Que esto no era una broma, sino mera realidad, se prueba por un texto no literario del mismo Guevara:

         "Hallamos tener en costumbre en muchas partes de nuestro obispado [de Mondoñedo] que en los mortuorios que hacen, y el Día de los Finados (que es otro día de Todos los Santos), comen y beben y ponen mesa dentro de las iglesias; y lo que es peor, ponen jarros y platos sobre los altares, haciendo aparador de ellos. Ordenamos y mandamos que nadie sea osado en los semejantes mortuorios y honras, y días de Finados, comer ni beber en las iglesias, pena de que pague cada uno dos ducados, y el cura o rector que lo consintiere, cuatro."






          Sería absurdo interpretar tales hechos como ideas modernas. El templo era casa de Dios, casa de todos y antesala de la otra vida; allí se refugiaban los perseguidos por la justicia, y se producían escenas hoy increíbles. El pecado y la virtud hallaban su unidad en la creencia en la salvación, lo mismo dentro que fuera de la iglesia. Claro está que a pesar de ese marco genérico, la religión tomó en cada país una dirección particular. España acentuó mucho la familiaridad con lo divino, y sus iglesias eran verdaderos clubs aún en los siglos XVI y XVII. Un concilio mexicano de 1555 manda <<que no se hagan velas en las iglesias de noche, ni coman, ni beban, ni hagan danzas, ni otras cosas inhonestas, donde se siguen muchos escándalos>>.
          Aparte de que sea cierto cuanto notaron esos viajeros y censuró el obispo de Mondoñedo, la verdad es que no había motivo para asombrarse demasiado, porque lo mismo acontecía en otros países. Es probable que la comida funeraria llamara más la atención, no tanto por ella misma como por el ambiente en que acontecía, y quizás en el siglo XVI no fuera tan frecuente en el extranjero como en España... La costumbre de la comida fúnebre hace ver, una vez más, la ineficacia de las prohibiciones eclesiásticas para modificar los usos de las gentes; lo mismo que prohíbe el obispo de Mondoñedo venía prohibiéndose desde hacía mil años. Ignoro cuándo se extinguió la comida fúnebre en España.




















Fotografías de enriqueponce, tomadas en el "Museo Diocesano de Jaca".
Texto, extraído de "España en su historia", de Américo Castro.